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Illia: la destitución de la honestidad

Se cumplen hoy 50 años del derrocamiento cívico militar de Arturo Illia, símbolo de honradez y conducta entre la dirigencia política. El expresidente impulsó importantes leyes en los cerca de tres años en los que estuvo en el poder. Pregonó la idea de una “revolución democrática”.

28 de junio de 2016 a las 12:31 a. m.
Guillermo Lyall *
Illia: la destitución de la honestidad
28 de junio de 1966. Después de ser derrocado, Arturo Illia llega con un par de colaboradores a la casa de su hermano en Martínez. (Gentileza La Nación)

Si hoy, a 50 años de aquel 28 de junio de 1966 en el que fue derrocado el expresidente Arturo Illia, acudiéramos a los datos que se encuentran disponibles, en cualquier libro de historia o haciendo un simple clic en un buscador en internet, nos encontraríamos con un sinnúmero de textos homenajeando a su figura y enumerando sus logros.

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Ver gráfico en tamaño completo.  La legislación del salario mínimo, vital y móvil, la política petrolera, la ley de medicamentos, una política económica de disminución de la deuda pública, la industrialización, el presupuesto nacional para educación (el mayor en la historia del país), los planes de alfabetización y la reducción de la desocupación.Y en otros textos, un poco más anecdóticos, encontraríamos la descripción acabada de sus declaraciones juradas de bienes, aquellas que realizó al entrar o salir del ejercicio de sus funciones públicas, como legislador, vicegobernador o presidente. Toda esa información nos describe a un estadista excepcional y a un hombre de una condición moral superlativa. Pero quizás lo más importante de Arturo Illia –aquello que no se encuentra tan fácilmente en la web– es su pensamiento político, sus ideas sobre el hombre, la República y la Nación. Son ideas que remarcaba en los pocos discursos que dio y que pretendía que comprendiéramos. Ideas fuerzas que quedaron latentes, adormecidas en el trajinar histórico de una Argentina convulsionada.

Una revolución democrática

Ese pensamiento aparece re­sumido en un escueto párrafo de su discurso al asumir la presidencia en 1963: “Esta es la hora de la gran revolución democrática, la única que el pueblo quiere y es­pera. Pacífica sí, pero profunda, ética y vivificante, que al restaurar las fuerzas morales de la nacionalidad nos permita afrontar un destino promisorio con fe y esperanza.”

Para Illia, la revolución democrática se trataba de un enfoque integrado en el cual debían considerarse igualmente los aspectos culturales, sociales, institucionales y de desarrollo humano.

Es decir, acciones encaminadas a la profundización de la participación, del ejercicio continuo de los derechos ciudadanos, a la lucha contra la pobreza y la marginación, pero por sobre todo un proceso de humanización del poder y las instituciones.

Para llevar adelante esta transformación y acercar la democracia real a la construcción ideal de la teoría se necesita de individuos y ciudadanos libres provistos de los medios indispensables para asegurar su libertad, su capacidad de decisión y su desenvolvimiento autónomo en la vida.

Contraste con el presente

Pasados 50 años de ese momento, pareciera que sus ideas son exactamente las que este país hoy necesita. Si citamos las palabras de su hija, Emma Illia, entenderemos de qué se trata: “El mal argentino es, hoy por hoy, moral antes que económico. Y su gangrena carcome todas las instituciones”.

Homenaje

Hoy, a las 15, se realizará una sesión especial en la Unicameral.

EN LA CASA RADICAL. A las 20.30, la UCR realizará un acto para recordar a la figura de Illia. Habrá dirigentes que compartieron militancia con el expresidente. * Licenciado en Ciencias Políticas y magíster en Administración Pública.