Caso Agostina. El fiscal Garzón y la Justicia que no entendió el momento

La conferencia de prensa del sábado debió ser de explicaciones. Pero se convirtió en una muestra de las dificultades que la Justicia tiene para dar respuestas a una sociedad que descree de sus jueces y fiscales.

31 de mayo de 2026 a las 09:08 p. m.
El fiscal Garzón y la Justicia que no entendió el momento
Conferencia de prensa dada por el fiscal Garzón y el ministro Quinteros sobre el crimen de Agostina Vega.

Era hora de escuchar preguntas y dar respuestas. De asumir que una tragedia había sacudido a Córdoba y que miles de personas esperaban explicaciones. Pero el fiscal Raúl Garzón entendió otra cosa.

La conferencia de prensa del sábado terminó revelando algo más profundo que el estado de una investigación. Expuso una forma de ejercer la autoridad que todavía sobrevive en sectores del Poder Judicial de Córdoba. La idea de que el funcionario explica, corrige y reta. La idea de que las preguntas son una molestia y que las respuestas se dan como si fuera un gesto de generosidad.

Garzón tenía frente a sí a periodistas y también a una sociedad golpeada, desconfiada y atravesada por una pregunta elemental: cómo pudo ocurrir semejante atrocidad.

Hace años que la Justicia no goza de buena salud, que se desliza hacia los últimos lugares de la consideración pública. Su cercanía frecuente con el poder político y económico, la lentitud de muchos procesos, la falta de respuestas en causas trascendentes y una creciente distancia con los ciudadanos han erosionado una confianza que ya venía debilitada. Está en el subsuelo de las encuestas.

Por eso, cada aparición pública de un fiscal es mucho más que una conferencia. También es una oportunidad para fortalecer la legitimidad de una institución que la necesita con urgencia. Más aún si está mirando el país entero.

Lo que muchos observaron el sábado fue a un funcionario más concentrado en corregir a quienes preguntaban que en comprender el clima que rodeaba esas preguntas. Los periodistas podemos equivocarnos; también podemos formular preguntas incómodas, e incluso podemos insistir si las respuestas no nos conforman. Pero nada de eso modificaba un hecho central, y es que los periodistas estabamos haciendo nuestro trabajo.

Y que del otro lado, había un fiscal haciendo el suyo.

Para ser concretos: la conferencia no giraba alrededor de Garzón. Giraba alrededor de Agostina. De su familia devastada y de una sociedad que intentaba —e intenta— comprender qué había ocurrido y si todos los recursos disponibles de la Justicia y la Policía habían sido utilizados en tiempo y forma para intentar encontrarla con vida.

En ese contexto, la reivindicación del propio trabajo de la fiscalía quedó fuera de registro. Es que investigar sin perder tiempo, movilizar efectivos, coordinar operativos, utilizar todas las herramientas legales y materiales disponibles y sostener la búsqueda hasta el final no constituyen una hazaña extraordinaria. Es obligación de la Justicia.

La valoración de ese trabajo llegará más adelante, cuando la investigación concluya y sus resultados puedan ser juzgados con perspectiva. El sábado era tiempo de explicaciones, porque un tremendo dolor acababa de nacer.

Como corolario, la descripción sobre el papel de los perros en la búsqueda terminó convirtiéndose en el símbolo de algo más grande. Lo que estaba en juego ya no era una cuestión técnica, sino que dejó expuesta la distancia entre cierta cultura judicial y una sociedad que exige respuestas.

Garzón parecía estar observando todo desde la atalaya de una autoridad inmune al clima que lo rodeaba. Molesto porque sentía que los cuestionamientos, las dudas y los recelos estaban a flor de piel. Y era natural que así fuera, porque la magnitud de la tragedia imponía ese estado de ánimo.

Es cierto que algunos periodistas interpretaron ese clima mejor que otros. Hubo preguntas que excedían ampliamente a una sala de prensa, y planteos que traspasaron las buenas formas. Pero al fin de cuentas, todos formamos parte de la misma sociedad que frente al televisor, la radio, el diario o al celular quiere saber qué pasó

El sábado no era momento de dar lecciones. Era un instante para agachar la cabeza, aceptar las críticas y entender que la desconfianza no desaparece con retos. Era momento de entender que la legitimidad institucional se fortalece cuando los funcionarios están dispuestos a responder, incluso preguntas incómodas o fuera de lugar.

Muchos jueces y fiscales siguen teniendo dificultades para convivir con la exigencia de explicaciones. Persisten reflejos corporativos, gestos de superioridad y formas de comunicación que parecen diseñados para marcar jerarquías antes que para construir.

Y la Justicia recuperará prestigio el día que entienda que la autoridad no la otorga el cargo. La otorgan los ciudadanos.