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Política

Cristina improvisa un rescate condicionado

Tres requisitos: ordenar Olivos, pacto de impunidad, ruptura con el FMI.

18 de agosto de 2021, 00:01
Cristina improvisa un rescate condicionado
Unidad. El Frente de Todos buscó mostrarse compacto en medio de la crisis por la fiesta de cumpleaños de la primera dama.

El oficialismo salió en conjunto a intentar detener la hemorragia de autoridad que Alberto Fernández se provocó a sí mismo con la crisis por las visitas de privilegio a Olivos. Cristina Kirchner condujo ese esfuerzo en el acto de campaña en la isla Maciel.

Si le retaceaba el apoyo al Presidente, la crisis iba a entrar en una fase ingobernable. De inmediato le rebotaría en contra: Fernández es el vicario que ella pidió votar. Pero si lo respaldaba con argumentos frágiles –para su propia base política y en medio de la campaña– corría el riesgo de perforar el piso de votos con el que espera salir airosa en las elecciones.

De modo que la vicepresidenta eligió darle al Presidente un apoyo condicionado, que explicó en un lenguaje sólo decodificable desde la interna del Gobierno.

Lo más visible es que Cristina Kirchner le recomendó al Presidente que ponga orden donde tenga que ponerlo (porque en el oficialismo, al orden lo impone ella). El escándalo fue en la casa del Presidente. Así que hay una primera condición sugerida por Cristina que no se encuentra precisamente entre las más honrosas para un dirigente político. Se presume que el territorio básico que un dirigente debe tener ordenado es el de su propia casa.

La segunda referencia que presentó la vice vino con una alusión encriptada para Alberto Fernández. Ella recordó que su última visita a la isla Maciel fue en una fecha cercana a su comparecencia en los tribunales de Comodoro Py.

Cristina agradeció a quienes pusieron la cara por ella en la movilización que la acompañó el 13 de abril de 2016 a la citación del juez Claudio Bonadio. Una fecha fundacional para el relato del lawfare, que en el acto de ayer ella recordó mirando a Axel Kicillof, porque en esa época Alberto Fernández caminaba la escena mediática reclamándole que explicara su relación con el empresario Lázaro Báez.

Pocos días antes, Fernández había destilado una ironía al paso, que hasta la fecha la familia Kirchner parece recordar en carne viva. En el programa del periodista Maximiliano Montenegro, lo consultaron por la relación entre Báez y la familia Kirchner mientras miraban el video del momento: el hijo de Báez armando fajos de dólares clandestinos en la financiera La Rosadita.

Fernández eludió como pudo una respuesta contundente. Hasta que le preguntaron por la reunión que mantuvieron Néstor Kirchner y Báez, en El Calafate, la noche en que murió el expresidente. Entre risas, Fernández dijo que desconocía eso porque para entonces ya los Kirchner estaban “enojadísimos” con él.

¿Persiste algún enojo por aquellas sonrisas? Cuando Fernández organizó el año pasado un homenaje en el CCK por el décimo aniversario de la fecha en la que falleció Kirchner, el hijo de la vicepresidenta prefirió recordar a su padre en la sede de la Corriente Peronista 13 de abril.

Máximo Kirchner explicó: “Vine porque soy una persona agradecida. El 13 de abril de 2016 se fueron caminando, una mañana que no paraba de llover, a bancar a Cristina en Comodoro Py”.

Es decir: Cristina respaldó a Alberto Fernández, en el peor momento de este, recordando otro momento en el que él no hizo lo mismo por ella. La referencia al episodio fundacional del lawfare no es gratuita. Para la agenda judicial de la vice, el año de la pandemia fue un primer tiempo frustrado (curiosa analogía con su principal adversario), que se consumió atajando penales.

A la tercera condición del apoyo de Cristina, Alberto Fernández la anticipó el lunes en La Matanza, cuando dijo que pedía disculpas por el escándalo de Olivos pero nunca lo hará por “arrodillarse” ante el FMI.

Tanto impacto político le adjudican Cristina y Alberto Fernández al escándalo por el cumpleaños clandestino de la primera dama Fabiola Yáñez que el control de daños involucra un viraje de emergencia: endurecer los términos de la relación con el FMI y la posición consecuente de política exterior.

¿Podrá cumplir Alberto Fernández con las tres condiciones que le impuso ayer su vice: llamarse al orden en su propia casa, cumplir el pacto de impunidad judicial y plantar al FMI con un discurso que lo condiciona incluso después de las elecciones?

La pregunta conduce a una peor. El escándalo de Olivos no sólo terminó con la autoridad presidencial para conducir la política sanitaria. Las condiciones de Cristina también la afectan para imaginar cualquier salida posible –no traumática y consensuada– para la crisis económica, cuyo cuello de botella es el endeudamiento externo.

¿Y si el libreto de emergencia al que recurrió Cristina termina siendo, como remedio, peor que la enfermedad?