La casa está en orden. Bueno, “orden” es una manera de decir. Está "a lo argentino", medio a los ponchazos, con un pie en el corto plazo y otro en el espejo retrovisor y la historia pisándonos los talones. Después de las elecciones de octubre pasado, los observadores creían que Argentina despegaba: eliminado el "riesgo kuka", abundarían las inversiones y el programa comenzaría a mostrar resultados en materia de actividad y empleo.
Pero eso no pasó. Peor: se aceleró la inflación y el caso Adorni licuó en tres meses el capital político que se podría haber destinado a algo más productivo. Al fin, el jefe de Gabinete renunció: lo que tenía que hacer desde el principio.
Morderse la cola y girar en círculos no fue gratis. El Gobierno no pudo capitalizar los cambios en las leyes laborales ni la sanción del Súper Rigi, entre otras iniciativas.
El semestre que acaba de arrancar no va a ser fácil; al menos no tan fácil como el primero, que resistió al Adornigate. Está claro que tiene mejores bases que el anterior: el Central compró todas las reservas que pudo, la inflación retomó el camino descendente y la incorporación de Diego Santilli, el más sistema del sistema, le da aire desde el punto de vista político.
El nuevo jefe de los ministros llegó para encauzar la relación con los gobernadores, en un momento en el que las provincias empiezan a crujir financieramente sin que hayan hecho, en serio, un esfuerzo por bajar Ingresos Brutos o reducir su estructura de gastos. Córdoba está comiéndose su superávit corriente.
El ministro Luis Caputo acaba de presentar el plan de financiamiento de 2027, mucho más exigente que el de este año. Para 2026, necesita 19.200 millones de dólares y tiene todo cubierto, con un excedente de 3.700 millones que pasa para 2027. El año que viene, en tanto, enfrenta necesidades por 24.900 millones de dólares.
Caputo mostró que los puede reunir aun sin salir a los mercados externos. Y el mercado celebró.

La apertura de paraguas no es menor, porque en todo año electoral la economía sufre. Tener cubiertas desde temprano las necesidades financieras despejará la incertidumbre, porque los acreedores saben que, al menos para ellos, la plata ya está juntada.
Desafíos económicos
Lo que no está claro aún es qué pasará en el metro cuadrado de la gente. Sobrevuela la sensación de que el equipo económico ningunea la micro: espera que se acomode sola.
No es poco, y debiera funcionar así, pero en un país que para funcionar dependió durante tantos años de los incentivos fiscales, crediticios o normativos, es probable que se necesite algún direccionamiento estatal.
El empleo aguanta, pero jugando como Noruega: con un Erling Haaland que hace todo. En el mercado laboral, la pelota se la llevan el monotributo y los trabajos que se ofrecen vía aplicaciones. No hay crisis de empleo como en otros momentos de la historia reciente porque con una moto o una bici algo se puede hacer.
En lo económico, los desafíos principales siguen siendo consolidar la desinflación y lograr un crecimiento más generalizado, pero el contexto será distinto al del primer semestre porque, sobre todo en lo cambiario, el escenario será menos cómodo. Se espera que el tipo de cambio esté más presionado y que el BCRA compre menos reservas, y habrá que ver cuánto espacio queda para mantener tasas bajas.
El frente financiero
Ahí es donde se hará más evidente el trade-off entre priorizar la estabilidad cambiaria o sostener tasas bajas para impulsar la economía, con la presión adicional de llegar a un año electoral con una actividad más pujante. En lo financiero, el desafío más exigente es despejar el programa de vencimientos del año que viene para entrar a 2027 con más oxígeno y sin que la deuda sea un riesgo latente.
La principal variable a monitorear en el corto plazo es el dólar. El argentino piensa en dólares, ahorra en dólares, mide todo en dólares. Cuando el tipo de cambio se agita, la sensación del argentino medio es que todas las variables se descontrolan. Por primera vez en muchos años, el Gobierno enfrentará una elección presidencial sin que el sector energético aspire todos los dólares de la balanza de pagos.
Es más, llegará a la elección sin que sobrevuele la posibilidad de cepo para los argentinos, tan afectos a llevarse los dólares de Vaca Muerta a Miami, como dice el economista Carlos Melconian.
Pero la segunda variable a mirar está en la transformación de la economía. El gran logro de este gobierno es que provincias durante años calificadas como improductivas e inviables hoy están sentadas a la mesa del poder. Es probable que la contribución al empleo global no sea tan relevante –sí lo será en esas provincias–, pero lo más importante es que traerán dólares, por años el talón de Aquiles de la economía argentina.
Eso podría implicar también una revolución demográfica: moldeamos un país en torno del puerto y de las fábricas que se instalaron al calor de un modelo proteccionista que pretendía producir acá lo que el mundo hace mejor y mucho más barato. Eso podría desarmarse en pos de ciudades intermedias, más afines a las ventajas competitivas que el país sí tiene.
En lo financiero, el desafío para 2027 está despejado, lo que es un montón. De lo que se trata ahora es de animar la actividad, porque los mercados influyen pero no votan.

