Opinión. A 50 años del Golpe: un rojo en el calendario
La conmemoración del Golpe debe enfocarse en unirnos como ciudadanos responsables, comprometidos a proteger la democracia y los derechos humanos.
El calendario impone la fecha y la obligación de la memoria. Medio siglo nos separa de aquel 24 de marzo de 1976 que siempre será lo que fue: el día fatídico de nuestra historia reciente.
El golpe de Estado que partió la historia contemporánea dejó muertos, desaparecidos, institucionalizó el terror, amordazó la palabra. Y al aislarnos por el miedo y la desconfianza, mató la política, que es palabra y acción con los otros.
El 24 de marzo nos humilló como país y nos rezagó como Nación. Pocos saben que la jerga militar bautizó al golpe “operación Aries”, porque coincidió con el cumpleaños del hijo del dictador Jorge Videla.
Estrategia de ocultamiento
Dicen que fue Henry Kissinger quien aconsejó a Videla que el golpe debía ser rápido y oculto, para evitar la reacción mundial que sucedió contra el dictador chileno, Augusto Pinochet, quien abrió un estadio de fútbol para llenarlo con los presos. Aquí se llenaron de los gritos de los goles en el Mundial del ‘78, para tapar y ocultar lo que vivía escondido.

En Argentina, todo fue oculto, como respuesta a lo que también había sido clandestino; desde las bombas de la guerrilla hasta los crímenes de los paramilitares o parapoliciales de la triple A.
Esa espiral de violencia que antecedió al golpe y la apropiación ideológica del 24 de marzo postergó la comprensión de una asonada militar que no fue una tarea solitaria de los cuarteles, ya que amplios sectores de la sociedad civil apoyaron o bendijeron la toma del poder, como la Iglesia católica y vastos sectores de la prensa, el empresariado y la política.
La mención no es para hacer un mea culpa, sino para integrar la verdad completa del golpe del ‘76, que no necesita adjetivos para aumentar su crueldad. Un plan de muerte en el que deliberadamente se ocultaron los cadáveres para negar los crímenes. Una estrategia perversa para evitar que esos cadáveres, como prueba macabra, pudieran condenar a un Estado que se hizo terrorista.
A los presos desaparecidos los ocultaron en campos de detención clandestinos. A los desaparecidos nadie los vio morir. Sin embargo, esa ausencia es la prueba innegable de que en Argentina todo fue clandestino y mentiroso.

Hasta las palabras nos delatan. El eufemismo impuso su disfraz. Nombramos desaparecidos a los que son presos asesinados. Y “proceso” a lo que lo niega: la inmovilidad de una sociedad maniatada por el terror.
Un país dividido
En la medida en que nos fuimos alejando de aquella fecha trágica, se partidizó su evocación. La glorificación de los combatientes congeló y falsificó el pasado, y despertó lo que estaba dormido: la velada reivindicación de la “guerra sucia”. Sin que podamos instaurar una verdad histórica fuera de expediente judicial ni reconocer que en cada víctima hay una parte nuestra que negamos cuando creímos que lo que sucedía nos era ajeno.
Mi vida adulta se confunde con ese tiempo que hoy sabemos trágico. Recuerdo hasta la ropa que vestía aquel día, ya fuera de Córdoba, que como un ensayo general anticipó el terror que se extendió por el resto del país.
Fue un golpe anunciado. En las redacciones se hacían apuestas sobre el día que detonaría el golpe. En las vísperas, se cerró el Congreso, con el pretexto de una “desratización”, Una diputada del entonces oficialismo daba alaridos porque había visto ratas correr por los pasillos del palacio legislativo. Literal, sin metáforas.
Reconciliación democrática
Han pasado ya 50 años. Con generaciones nacidas en libertad pero adoctrinadas por la apropiación ideológica del kirchnerismo, que impuso el feriado del 24 de marzo. Un rojo en el calendario cuya etimología me exime de toda explicación.
Sagrado o profano, el día que Dios descansó de su creación o el feriado del turismo, el feriado es un día festivo. ¿Qué celebran las bombas de estruendos y los gritos de las consignas que llenaron de ruidos las plazas del país y nos expulsaron a los que acudimos en silencio sin preguntarnos si sos peronista, radical o comunista? Como hicieron las madres del pañuelo blanco en el inicio, antes de que identificaran con la muerte los derechos humanos, una filosofía humanista, liberal.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, nacida sobre las cenizas del nazismo, es la más bella utopía; conjuga con la vida; garantiza derechos que no son la dádiva generosa de los gobiernos, sino su obligación.
Con todo, el golpe del 24 de marzo y su evocación crearon anticuerpos contra los golpes militares, a juzgar por la alta valoración de la democracia en nuestro país, según los últimos estudios del Latinobarómetro.
Nos resta la reconciliación democrática. No la de una víctima con un verdugo, como promueve la Iglesia católica, sino la del respeto a la pluralidad democrática.
Resta a la política erradicar el autoritarismo, y a la educación, las lecciones morales para que los valores de la tolerancia y el respeto no sólo expíen los resquemores dejados por el terror, sino para evitar que nuevos muros se levanten entre nosotros.
Si realmente encarnamos en nuestros corazones el Nunca Más, debemos salir del lugar de la indiferencia para tornarnos auténticos ciudadanos, responsables con el devenir en defensa de la vida y la libertad que se les negó a tantos de nuestros compatriotas.

