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La vuelta de la gran rutina

La vuelta a clases pondrá a la sociedad en acción. Es también una ocasión para renovar el anhelo de la oportunidad social. Alejandro Mareco.

27 de febrero de 2011 a las 12:01 a. m.
La vuelta de la gran rutina

Si todos los lunes que hay en el almanaque cargan con el estigma del rigor de la rutina, el de mañana es el más lunes de todos. Es que se pondrá en funcionamiento la gran rutina de todo el año: los chicos vuelven a clases en la mayoría de las provincias. Es decir, el ritmo de muchas ciudades argentinas, pueblos, casas, asumirá el paso de la actividad plena, del engranaje social en marcha, con todos sus actores andando. Por las calles cordobesas pasarán esta semana otra vez los chicos en guardapolvos públicos, en uniformes privados, se treparán a los colectivos, a los transportes escolares, y serán de nuevo una multitud en acción que vive la luz de su tiempo fresco, cada sector con sus circunstancias. Pasarán los que regresan ansiosos al final de un verano azaroso porque encontrarán en la escuela un plato de comida, una merienda; pasarán los que tienen una oportunidad educativa superior porque el destino les ha dado una mejor posición social; pasarán las legiones de clase media en busca del viejo sueño de la oportunidad. También pasarán los que volvieron por la Asignación Universal por Hijo, sí, pero, por sobre todo, volvieron cuando parecía que ya nadie los esperaba. Una puerta abierta. La escuela es la institución por la que la sociedad toma a los chicos de cada casa y, se supone, intenta sumarlos al seno común. Es la sociedad misma tomando parte en el destino de sus hijos, y la que, se supone, les informará del sentido de pertenencia e intentará que las herramientas del conocimiento se transformen en las herramientas que ensanchen el porvenir del conjunto. Para eso, claro, se necesita un proyecto común, entender un horizonte En el desarrollo social argentino, la escuela, sobre todo la pública, significó durante muchos años una puerta abierta a la oportunidad del progreso personal y colectivo. En algún momento del siglo 20, la Argentina fue todo un faro latinoamericano de la movilidad social, y la institución escolar hizo en ese sentido un aporte decisivo. Las herramientas del conocimiento distribuidas hicieron posible que varias generaciones tuvieran la oportunidad de dar un salto cualitativo que, en medio de condiciones sociales favorables, se vio reflejado, incluso, en el acceso de los sectores más bajos a la formación universitaria. En este siglo 21, todavía recién amanecido, la sociedad aún lleva las marcas de la gran debacle que se precipitó a fines de 2001. Entonces, la escuela pública se vio desbordada por la angustia de la necesidad, y quedó patentizada una nueva realidad: las urgencias superaron cualquier estrategia. Los estragos de la pobreza nos hicieron retroceder décadas y los dorados años de la oportunidad parecieron quedar atrás definitivamente, como corolario de una larga agonía, de una decadencia arrastrada por décadas. Todavía no nos hemos recuperado de ese cimbronazo, pero aquel abismo ha quedado atrás, aunque siempre aceche en las sombras que tan bien solemos proyectar sobre nosotros mismos. Los mayores, nuestras voces, nuestro ánimo, nuestras pasiones, somos la patria viva de los chicos; es un dato que conviene no extraviar. Los atardeceres de domingos, a partir de esta semana, traerán de nuevo las ceremonias de cuadernos y carpetas para preparar y guardar en la mochila. Al día siguiente, en los lunes de la rutina nacional, millones de pasos se echarán a andar con rumbo hacia la escuela. Volver a clases es también renovar la esperanza: la oportunidad todavía es posible.