Vuelos en la dimensión desconocida
Históricamente, existen dos poderosas razones que impiden una genuina alianza entre Irán y las naciones árabes. Juan Marguch.
Históricamente, existen dos poderosas razones que impiden una genuina alianza entre Irán y las naciones árabes.
La más importante de ellas es de origen religioso: la división del mundo musulmán entre sunnitas y chiítas al producirse la muerte del profeta Mahoma (año 632 de la era actual). La mayoría se decantó por los sunnitas, que representan entre el 85 y 90 por ciento de los musulmanes. El resto es chiíta, que tiene su mayor fortaleza en Irán (89 por ciento de la población), Irak (60) y la pequeña monarquía de Bahrein (55 por ciento).
De manera curiosa, en 1970 un plebiscito organizado por las Naciones Unidas reveló que la mayoría de los habitantes de Bahrein prefería ser independiente antes que pertenecer a Irán; de hecho, desde el siglo XVII son gobernados por la dinastía de la familia de origen árabe Al Kalifa.
Los chiítas constituyen, pues, menos del 15 por ciento del millar de millones de musulmanes de todo el mundo, son minoría en Arabia Saudita, Kuwait, Siria y el Líbano, y existen pequeñas comunidades en Afganistán, Pakistán y Tayikistán.
La segunda poderosa razón de la escasa afinidad árabe-persa es étnica. Mientras la casi totalidad de las naciones de Levante son árabes, Irán es una nación de origen persa. Curiosamente, o no, Irán es una derivación de ario, de donde es posible deducir que los iraníes son más arios que todos los hiperbóreos europeos que pretenden serlo.
El pasado ha sido pródigo en dilatados desencuentros y efímeras afinidades. El último trágico testimonio de esa imposible afinidad étnico-religiosa fue la guerra de usura que libraron Irak e Irán, las mayores naciones chiítas, entre 1980 y 1988.
La invasión de las fuerzas iraquíes se produjo en una zona habitada por tres millones de árabes.
Saddam Hussein esperaba que se rebelarían contra el régimen de Teherán, pero se encontró con una encarnizada resistencia, origen de la dilatada guerra de trincheras que terminó sin vencedores ni vencidos, pero dejó el doloroso saldo de un millón de muertos (60 por ciento de ellos, iraníes), casi dos millones de heridos y gigantescas pérdidas materiales.
Ironías del destino, Hussein tuvo el apoyo de Estados Unidos, que le proveyó de armas químicas y tecnología para producirlas. Hussein las usó entre el 16 y el 19 de marzo de 1988 contra la ciudad kurdo-iraquí de Halabja, lo que causó la muerte de más de cinco mil personas.
Por esa acción, prohibida por las convenciones internacionales sobre los usos de armas químicas en guerras, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, hizo ahorcar a Hussein el 30 de diciembre de 2006. ¿No había sido el aliado más fiel de la superpotencia occidental en Medio Oriente, inmediatamente después de Israel? Y los gases letales, ¿no eran estadounidenses?
Brecha política. Y bien, en los últimos años, a medida que el régimen iraní de Mahmoud Ahmadinejad avanzaba en su programa de desarrollo de tecnología nuclear bélica, la brecha política entre árabes y persas se ensanchaba y profundizaba. Es que ningún país árabe puede permanecer indiferente ni tranquilo ante la transformación de Irán en una potencia atómica, sobre todo bajo el liderazgo de un político ultranacionalista y mesiánico y de fuerte vocación hegemónica como el líder chiíta.
De ahí que durante la cruenta invasión de Israel contra la Franja de Gaza (enero de 2009) se produjo un episodio sorprendente: Ahmadinejad dispuso el envío de armamentos y municiones para Hamas, que controla esa región palestina desde las elecciones generales de 2006, en las que obtuvo la mayoría absoluta, que no fue reconocida por varios países de Occidente y del mundo árabe, por considerar que Hamas es una organización terrorista que puede poner en riesgo la frágil paz en la región.
Así sucedió con las invasiones israelíes en el Líbano (2006), que concluyó con una crisis político-militar en Israel, por la deficiente conducción de las operaciones bélicas, y de la Franja de Gaza (2009), que produjo conmoción internacional por la extremada violencia con que actuaron las fuerzas incursoras.
Durante estas operaciones, el gabinete militar israelí montó un operativo en el desierto de Sudán para impedir que armamentos y pertrechos enviados por Ahmadinejad en ayuda de Hamas ingresaran en la Franja. Para ello, negoció con gobiernos de tres países árabes el permiso para que su fuerza aérea cruzara sus espacios aéreos.
Los tres países árabes apagaron los sistemas de radares de sus plataformas de misiles el tiempo suficiente para que los aviones de guerra de Israel destruyeran los convoyes enviados por Irán y regresaran a sus bases.
Redoblar la apuesta. La extraña alianza funcionó porque árabes e israelíes no están unidos por el amor sino por el espanto. Según reveló el diario The Times , de Londres, estarían ahora dispuestos a redoblar la apuesta.
Para que la fuerza aérea israelí pueda alcanzar los objetivos atómicos en Irán (en particular, el reactor nuclear de Arak y las inmensas reservas gasíferas de Ispahán), deberá cubrir una distancia de 2.250 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, lo que sólo podría realizar con abastecimiento de combustible en pleno vuelo. Además, sus cazabombarderos necesitarían cruzar los espacios aéreos de Jordania, Egipto y Arabia Saudita.
El periódico londinense, que se caracteriza por la prudencia, documentación y responsabilidad de la información, afirma que ya se habría alcanzado ese acuerdo, con la bendición del Departamento de Estado de los Estados Unidos.
Si se aplica el inquietante lema de una vieja serie televisiva, "todo es posible en la dimensión desconocida", que no otra cosa es la convulsiva geopolítica de Medio Oriente.

