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Violencia: yo... ¿y el otro?

Nos encontramos ante un fenómeno que no admite excusas ni distracciones. Todos estamos involucrados en su tratamiento y su solución. 

29 de abril de 2014 a las 12:02 a. m.
Ismael Arce*
Violencia: yo... ¿y el otro?

Desde sus orígenes, el hombre se atormenta preguntándose cómo es posible pasar, de un instante al otro, de la calma a la más terrible brutalidad. ¿La eterna disputa entre el bien y mal? Esa pregunta ha recorrido nuestra historia, presentándose como las dos caras de una moneda. Desde Abel y Caín, la cuestión nos perturba. Y el asunto ha tenido tanta importancia que ha sido motivo de desvelo para más de un filósofo. Recuérdese a Jean Jacques Rousseau, para quien el hombre nace bueno, naturalmente bueno, pero se convierte en un ser que requerirá de un contrato o pacto social para poder vivir en comunidad; y aun así, ese pacto suele romperse fácilmente.Casi en las antípodas de este pensamiento un tanto condescendiente de Rousseau, encontramos a Thomas Hobbes, para quien "el hombre es el lobo del hombre" y, como tal, es incapaz de relacionarse con sus semejantes, excepto para hacerse daño; para remediar ese caos, concluye creando un ser "ideal", que pondría orden y paz entre los ciudadanos: el Leviatán, ser fantástico que Hobbes terminó asimilando al Estado todopoderoso al que los hombres ofrendaban buena parte de su libertad en pos de conseguir una aceptable convivencia. En las últimas semanas, esa terrible dicotomía está produciendo estupor, asombro y horror en la Argentina. Es que el ciudadano medio ha demostrado tener una notable predisposición a transformarse en poco tiempo y pasar de lo bello y noble a la crueldad y el ensañamiento más horrendo. De la solidaridad que emociona, al egoísmo más despreciable. En suma, aquellas características que como una "marca de fábrica" hacen posible hablar del "atroz encanto de ser argentinos", aunque se trate también de un flagelo mundial. Y en este contexto de frágil equilibrio se enmarca la ola de violencia que incluye asesinatos, linchamientos, justicia por mano propia, crímenes mafiosos, etcétera, que asedia al país, desafiando a sus instituciones, burlándose de policías y justicias, escabulléndose de los controles sociales y de políticas asistencialistas probadamente ineficaces.La violencia todo lo ha desbordado y nadie parece acertar a la hora de encontrar las causas que la generan. Pero sí pueden ensayarse explicaciones.La crisis económica, la falta de empleo, las pocas expectativas en relación con el futuro, el excesivo consumo de sustancias tóxicas (altamente asociado a la violencia), etcétera.Todos estos ingredientes configuran un cóctel explosivo que compone una imaginaria bomba a la que poco falta para detonar.Pero los principales elementos generadores de violencia son la falta de educación y el desprecio por el otro, al punto de negarle la existencia.La escasa o pobre educación de amplios sectores sociales, que se comprueba hasta el escándalo (y la vergüenza) en cualquier certamen o evaluación de calidad educativa del país, nos enfrenta a la descarnada realidad de advertir que cuanto menos o peor educación tenemos, mayor es la pérdida de oportunidades y la degradación de los valores que una sociedad debe tener. Sumemos una institución familiar cada vez más ausente y el cielo se ensombrece aún más.El resto es negar la existencia del otro. Por eso, el "no existís" que tan a flor de labios tenemos los argentinos implica una práctica simbólicamente homicida y es una forma de agresión verbal (variante de la violencia emocional), que priva al destinatario de la frase de lo más importante que posee: el ser.Este asesinato simbólico de quien no piensa como yo o –simplemente– es diferente es la puerta de acceso a la muerte real, al homicidio que se ha hecho habitual en el país. No admitir el disenso ni la diferencia se asocia a una institucionalización de la reacción violenta como medio habitual para resolver conflictos, olvidando que esa respuesta sólo engendrará una reacción todavía más virulenta.Nos encontramos ante un fenómeno que no admite excusas ni distracciones. Todos estamos involucrados en su tratamiento y su solución. Además, ya no hay tiempo que perder, se nos ha acabado.En lo relativo a la educación, respeto por el otro y valores, cada día desperdiciado equivale a decenios de degradación. Mientras no comprendamos que sin esos pilares que señalamos no hay posibilidad de cambios, la muerte seguirá reinando entre nosotros y pronto hasta quizá nos acostumbremos a ella, sin avergonzarnos.

*Profesor de Historia, coordinador de la  comisión de estudios históricos de la Fundación Arturo Illia