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Violencia sin plural

Nadie tiene aún la vacuna contra el fundamentalismo, contra los que toman los fundamentos (que en general son buenos) y te los tiran por la cabeza.

08 de octubre de 2013 a las 07:36 a. m.
Marcelo Polakoff*
Violencia sin plural

Como argentinos, no estamos muy entrenados en el arte del desacuerdo. No tenemos mucha práctica para la escucha; más bien preferimos la “parla”.

Tampoco seamos tremendistas, ya que el nuestro no es un país donde reine la ley de la selva. Y muy a pesar de sus habitantes (nosotros), aún sigue siendo un extraño privilegio vivir en estas latitudes.

Sin embargo, parece que hemos heredado –como pueblo– el mal uso que han hecho las religiones en general de la posibilidad de lo plural, un hecho que es necesario volver a confesar y que produjo a lo largo de los siglos no pocos derramamientos de sangre.

En la tradición hebrea, con más de tres mil años de práctica discursiva y hermenéutica, el tema de las disputas, evidentemente, también es disputado. Y la más clásica de ellas es la que trasunta entre los sabios Hilel y 
Shamai, titulares de las famosas bimilenarias escuelas rabínicas del Talmud, que –sin 
dudas– es un modelo a imitar.

Se cuenta que ambas corrientes perseveraron en disentir acerca de un asunto específico (¡nada menos que la necesidad o no de la raza humana!) durante tres años, hasta que se definió que sendas opiniones eran válidas. De cualquier manera, en cuestiones de ley prevaleció casi siempre la postura de Hilel. ¿Por qué? El mismo texto responde: “Porque eran amables y humildes y porque analizaban primero la opinión de su adversario”.

Esta virtud de la divergencia, embebida en un profundo reconocimiento a la pluralidad de las versiones, no era una mera postura simulada. Era un compromiso inexorable con la certeza de saberse humanos y, por ende, falibles. Era una puerta abierta al aprendizaje, aun si proviniera de un casual contrincante.

La palabra hebrea para definir semejantes discrepancias es " majloket ", un vocablo que proviene de jelek, cuyo significado es "parte, porción". Un testimonio lingüístico que adelanta en su misma semántica la función más preciosa de todo debate: el repartir (y si se puede aumentar, mejor) las porciones de la verdad que fueron puestas en consideración.

Tal vez el hecho de que el judaísmo, desde sus primeras páginas, no postule que hace falta ser judío “para ganarse el cielo”, sino que, como lo indica la máxima rabínica, “los justos de todas las naciones tendrán su parte en el mundo venidero”, fue –paradójicamente– motivo de repulsión.

No era un mensaje muy común (tampoco lo es en estas épocas), por lo que escuchar semejante osadía filosófica también enojaba a algún que otro teólogo que veía en aquel postulado una posible puerta de debilidad para su propia ideología.

Admitamos que nadie tiene todavía la vacuna contra el fundamentalismo, contra los que toman los fundamentos (que en general son buenos) y te los tiran por la cabeza de manera absoluta, maniquea e irracional, como si fueran los únicos embajadores de lo divino.

Sin embargo, hay muchos antídotos: la democracia, el diálogo interreligioso, el debate serio y responsable, la cultura de la divergencia, y la convivencia sana con la duda y lo incierto, entre otros tantos.

Aquel pasaje talmúdico que antes citamos contiene en su seno una imagen impecable cuando dice que, de repente, al final del debate trienal entre las dos escuelas de sabios, “irrumpió una voz celestial que sentenció: ¡ambas opiniones son la expresión del Dios viviente!”.  Un canto supremo al pluralismo, una oda divina a lo dual y una invitación eterna a la paz. Es que, en última instancia, lo contrario de lo plural no es lo uniforme. Lo contrario de lo plural termina siendo siempre, más tarde o más temprano, lo violento.

*Rabino, integrante del Comipaz.