La violencia en la Legislatura
Sería inicuo y paradójico que las mujeres, objetos históricos de destrato, seamos representadas por quienes evidencian estos desmadres inaceptables.
Los argentinos asistimos al conocimiento cierto de casos de violencia de género con una periodicidad en aumento y una crueldad inaceptable. Dos mujeres muertas en Buenos Aires, desaparición de jovencitas y una cultura de ribetes incalificables nos llaman a reflexionar sobre el eje de todo esto: la violencia.
Sin duda, la posibilidad de acceder al conocimiento ha facilitado poner en “números” tanta maldad. La violencia ejercida contra la mujer fue durante años invisibilizada, algo así como “de eso no se habla”, y sólo el coraje cívico de hombres y mujeres dispuestos a poner fin a tanta iniquidad ha permitido que al menos sepamos, aunque sea de modo aproximado, el número de víctimas.
La sociedad patriarcal y machista relegó a las mujeres a grado tal que, aun hoy, en determinadas culturas se les impide exhibir hasta su rostro. Una invisibilización física. O se las reduce a una servidumbre sexual inaceptable. Secuestrándoles la vida, el alma y la familia.
Otro tipo de invisibilidad fue la intelectual, donde la mujer, por ejemplo, no podía portar la bandera, pese a ser la mejor alumna de la escuela primaria, porque había un varón, aunque con menor promedio. No hablemos ya de discriminación laboral y el menor salario que a igual tarea percibe una mujer.
Todo esto tiene un vocablo implícito: violencia. Y es la sencilla consistencia del lenguaje la que nos aproxima al punto al que queremos arribar. El diccionario nos dice sobre violencia, violento, violentar, conceptos esclarecedores: acción contra el natural modo de proceder; vencer la repugnancia de alguien a hacer algo; falso, torcido, fuera de lo natural; fuera de razón y justicia.
No es desconocido que esta acción se ejerce contra los seres más vulnerables de la sociedad, ancianos, niños, jóvenes, mujeres, discapacitados, desposeídos.
Y, enancados en estos argumentos y en relación con la situación de la mujer, debemos destacar que se han obtenido normas importantes que permiten al menos posicionarse ya desde lo legislado en los reclamos. Y si hay un lugar donde el predominio masculino ha sido icónico, es en la política. Por eso cada espacio que conquista una mujer, en esa área, debe ser tenido como la “acción de oro”, por el largo derrotero que el género debió transitar para obtenerlo.
Por eso, también, nos parece realmente lamentable lo acaecido en la Legislatura de Córdoba, donde el debate sobre el cuestionado ascenso de un militar por violación a los derechos humanos –violencia extrema si la hay– derivó en un acto también agresivo entre dos legisladoras cordobesas, una de Unión por Córdoba y otra del Frente Cívico y Social, lo que fue ampliamente difundido por los medios.
Señoras legisladoras, si para luchar contra la violencia hay que proceder de igual modo, algo anda mal en Dinamarca o, como decíamos en mi barrio, si uno no quiere, dos no pelean. Sería inicuo y paradójico que las mujeres, objetos históricos de destrato, seamos representadas por quienes evidencian estos desmadres inaceptables.
*Doctora en Derecho y Ciencias Sociales.

