Pensar la infancia. La vida en dos mochilas
Dicen que ser hijo de padres separados es más común que antes. Debe de ser verdad; en mi curso somos más de la mitad, sin contar a los que todavía no se han enterado.
Ya nada me sorprende. Ni los mensajes que los enojan, ni la excusa por la falta de tiempo, ni las reuniones para organizar la (mi) semana. Tampoco las discusiones, como si el desamor les generara una sordera selectiva.
Por mi lado, sigo a la espera, entre estas dos buenas personas que confiesan las mejores intenciones, pero hasta ahora son inoperantes.
“Que estos días conmigo, que estos días con vos. Que alterne los fines de semana. Que mejor así, que mejor asá…”.
Las palabras tejen algo parecido a una tela que no me sirve como abrigo ni como mantel.
Vivían separados mucho antes de haberse separado. Eso significa que ahora están en casas distintas. Eso no me preocupa, sino las indecisiones. No decidir es lo más parecido a la indiferencia.
Cada mañana, “ni dormido ni despierto” –como Enrique del meñique–, abro los ojos y por unos segundos me angustia no saber dónde amanezco.
Enseguida, el progenitor de turno saluda con tono preocupado: “¿Cómo dormiste?”.
No parece interesarle la respuesta, porque vuelve a preguntar “¿Te preparo algo? ¿Por qué esa cara? ¿A qué hora entrás al colegio?”.
Aprendí que, en un diálogo, dos o más personas participan con alguna alternancia; pero ciertos adultos –en este caso, mis viejos– parecen ignorarlo. ¿O es que les asustan las posibles respuestas?
Por ejemplo: “No duermo bien cuando cambio de colchón cada tres días”. O “No quiero desayuno, quiero estabilidad”.
Quizá sean frases demasiado directas; podrían pensar que soy desagradecido. Para nada. Ya tengo edad para entender que, en las parejas, el amor eterno, antes o después, es transitorio.
No niego la eternidad, pero, según de quienes se trate, dura pocos días, algunos meses o, raramente, algunos años.
Habría que contar con diferentes promesas de amor como “todos los días” o “con toda el alma", al momento de encarar siguientes etapas de convivencia.
De verdad lo digo: no me importa lo que hagan o deshagan entre ellos. Sólo pido coherencia.
Que me sigan queriendo igual (o más) y que nunca me abandonen. El peor miedo que tenemos los chicos es ese: el abandono. Ya sea que vivan o no bajo el mismo techo, encuentren o no novio/a y sumen o no hermanos al árbol genealógico.
Dicen que ser hijo de padres separados es más común que antes. Debe de ser verdad; en mi curso, somos más de la mitad, sin contar a quienes todavía no se han enterado. Sugiero estar atento, más que a los gritos, a los silencios conyugales.
Y un mensaje especial para quienes recién se enteran: traten de no mostrar esa patética cara de compasión. Sin pronunciar palabra, se les nota el gesto de “pobrecito”.
Pobrecitos mis padres, que por el momento sólo saben lo que no quieren. Sobre todo lo demás, dudan.
Un comentario extra: me encantan los días sin actividades. He llegado a sonreír (y agradecer) cuando me liberan de decidir con quién pasar un cumpleaños, una vacación o un viaje. El nomadismo agota; pierdo rutinas, referencias y hasta amigos.
Por el momento, y hasta nuevo aviso, tengo cargada mi vida en dos mochilas. Elegir qué guardar en cada una aclaró mis prioridades.
Así podrán reconocerme: liviano, nunca pobrecito y a la espera. También, por mi perseverancia para estar al acecho de novedades. Uno nunca sabe… los milagros existen.
Ahora todo depende de que mis viejos descubran lo que, de verdad, buscan.
Entonces sí encontraré mi lugar.
Médico

