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Vida de estudiante

No hay más procedimiento que la acción lenta de la educación, que es la que permite pasar del fraude a la honradez y del flagelo de la droga a la virtud.

16 de septiembre de 2013 a las 02:00 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
Vida de estudiante

En torno del temático intríngulis sobre una decadencia de la educación, siempre estamos esperando soluciones definitivas que importan a la seguridad y a la grandeza del país. El pueblo tiene conciencia de que todo lo inherente a la educación no es un asunto abandonado al azar.

En general, en una familia, los padres sienten que no pueden eludir esa caja de sorpresas que presenta cada día el comportamiento del joven escolar que entra en la adolescencia mientras transcurre un tiempo que ya está dimensionado y que urge no desperdiciar.

En la Semana del Estudiante, los adultos contemplan con añoranza a los jóvenes que, dueños del tiempo, se reúnen en multitud con una despreocupación cercana a la irresponsabilidad. Con el sol de la primavera en el corazón, su fogosidad derrocha la dicha.

Pero hay, entre ellos, una franja en la que, como excepción, no parecen dueños de su destino, por lo que nos detendremos en este enemigo. En la sociedad, no hay más procedimiento que la acción lenta y segura de la educación, que es la que permite pasar del fraude a la honradez y del flagelo de la droga a la virtud o, por lo menos, a la corrección. Pero dicho enemigo, el efecto del estupefaciente, nos aterra porque no estamos preparados para enfrentarlo.

Como el sueño nos otorga un placentero descanso, creemos que ello induce al joven a pensar que, si a todos los seres humanos se los ha dotado de imaginación, por qué no viajar en un sueño más duradero donde las imágenes se magnifiquen dejando atrás el sufrimiento y las penas. Con esta ilusión, se procura la degradación sin pausa del poder personal, valiéndose sólo de unas inhalaciones que le permiten remontarse a otro mundo, donde será juguete de las impresiones más diversas, donde la voluntad debilitada lo alejará de las preocupaciones.

Sin embargo, no hay sentimientos perennes. Nadie puede aislarse del mundo en aquellas alturas. Llega indefectiblemente el momento de retornar a la Tierra. Pero aquí abajo el terror se convierte en horror y se buscará ansiosamente volver a aquella engañosa cima.

El espíritu del joven siente que ya le es imposible vivir con los suyos. Para mayor desgracia, las mafias, adueñándose de la drogadicción, son conscientes de ese círculo o cinturón de hierro.

Este egoísmo criminal va por todo, sin escrúpulos, polarizado hacia un objetivo: aumentar su capital. No obstante, nadie tiene derecho de adueñarse del divino paisaje juvenil persiguiendo tales fines que esconden la maldad y la avaricia. Tampoco corresponde tal derecho a ningún estrato social o económico.

Así planteada la situación, para la cual casi nunca tenemos respuesta concreta, es de lamentar que, con el ejemplo que les damos a los jóvenes en lo institucional e individual, se nos hace cuesta arriba inclinarlos hacia la rectitud, porque nos objetarían: “¿Dónde está esa medida suprema? ¿En qué se funda? Que nos presenten, que nos traigan la conciencia modelo o el hombre virtuoso”.

Para salir del paso, sin bajar los brazos, debemos enfrentar la dificultad, debemos luchar hasta que el joven caiga en la cuenta de que la Arcadia de los narcóticos es un falso paraíso donde desea ser otro que él mismo, sin reparar que desear ser otro es desear morir.

En el verdadero paraíso, el legítimo ser yace a sus pies y todavía es posible revivirlo, retornando al lado de sus pares, porque en el corazón de los jóvenes, porque en ese maravilloso mundo, el pensamiento y la voluntad sobresalen, de una a otra primavera, como el cotidiano sol del hermoso amanecer.

*Periodista.