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Una verdad sin remedio

Para la coalición occidental, la verdad de Afganistán es dura y, lo que es peor, ya no tendría remedio. Esa fuerza se retirará de allí paulatinamente. Juan F. Marguch.

14 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
Juan F. Marguch (Periodista).
Una verdad sin remedio

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) firmó el 20 de noviembre último en Lisboa, con Hamid Karzai, presidente de Afganistán, un acuerdo para concluir en 2014 el retiro de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (Isaf, según sus siglas en inglés). Ese es el nombre de la coalición internacional urdida en 2001 por el ex presidente norteamericano George Bush con la excusa de eliminar los refugios que Al Qaeda tendría en esa árida región. Zona que, dicho sea al pasar, posee importantes yacimientos de petróleo y gas y es el primer productor mundial de opio, del cual Estados Unidos es el primer consumidor mundial. En 2014, el control del país quedará a cargo de los 306 mil soldados afganos adiestrados por la Isaf. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, anticipó que la Otan mantendrá una presencia "muy modesta" luego de su retiro. El problema, dejado de lado por él y por los estrategas del Pentágono, es que muchos afganos adiestrados por la alianza occidental huyen llevándose las armas y se integran a los combatientes talibanes, que, no por azar, controlan ya más de la mitad de las 34 provincias del país. Un fracaso enorme. Afganistán es la más concluyente y trágica demostración de que la estrategia de combatir con ejércitos convencionales a organizaciones guerrilleras que transformaron al planeta en un inmenso e indefinido frente es uno de los mayores errores del nuevo siglo. En teoría, combatir a 25 mil talibanes con 140 mil soldados (de ellos, 90 mil estadounidenses), armados con el más sofisticado arsenal, no garantiza ni una victoria ni una retirada con honor. Peor aún, cuanto más avanzada es la tecnología bélica, tanto más humillante es el fracaso. La Otan no aprendió nada de Irak y todo parece indicar que tampoco aprenderá nada de Afganistán. Ni siquiera la colaboración de Rusia disminuirá la magnitud del fracaso. Vladimir Putin se ha comprometido a participar de la creación de un sistema antimisiles, que sería el primer paso hacia una "nueva Otan", con una finalidad preventiva, mediante el control y represión del ciberterrorismo, en especial los ataques que podrían realizarse mediante Internet contra instalaciones nucleares y servicios básicos a la población, como el suministro de energía. Seguramente habrá una nueva organización atlántica, porque los Estados Unidos ya no pueden ejercer su habitual hegemonía, ahora erosionada por las cíclicas crisis de su capitalismo y estas frustradas experiencias militares. Barack Obama lo reconoció en forma explícita al anunciar que en junio se iniciará el retorno escalonado de sus soldados. Queda por verse si cumplirá con su palabra, porque ya agotó medio mandato y no sólo no cerró la inhumana cárcel de Guantánamo, sino que la mantendrá en tenebrosa actividad, así como a los tribunales militares que juzgan a musulmanes cuya presunta vinculación con organizaciones terroristas nunca fue demostrada en forma convincente, salvo en un puñado de casos. Números de terror. Al goteo de deserciones de reclutas afganos debe sumarse otro terrible goteo: el de los soldados que son expedidos a Occidente en estremecedoras bolsas de plástico. Lo que prometía ser un paseo militar terminó en un letal peregrinaje por un laberinto de montañas, pedregales y arenales que desde 2001 ha causado 2.215 bajas (de ellas, 1.348 son estadounidenses). Holanda se retiró en agosto último, Canadá lo hará este año, Gran Bretaña a partir de julio próximo y Alemania en 2012. Otro goteo es la creciente condena de la opinión pública: a fines de 2010, seis de cada 10 estadounidenses se oponían a esta guerra de agresión, mientras que en 2001 la apoyaban nueve de cada 10. Por cierto, las víctimas civiles afganas suman más de 13.500, muchas de ellas por ajustes de cuentas de los talibanes y el resto por las fuerzas de la Otan, que están exhibiendo una exasperada agresividad, que se descarga casi siempre sobre la población desarmada. A fines de febrero último, por errores de sus soldados, 65 civiles murieron en dos ataques en la provincia de Kunar y este mes fueron asesinados nueve niños. ¿Cómo es posible que ahora no consigan distinguir entre adultos y criaturas, aun operando en noche cerrada y esgrimiendo armas dotadas de sofisticada tecnología para localizar y eliminar al enemigo? Para los generales David Petraeus y John Campbell, las asociaciones de ideas podrían ser menos apasionantes que un abordaje psicoanalítico o un deleite intelectual. Porque la semana anterior, la fuerza internacional debió abandonar la cuenca del río Pech ante la ofensiva talibán. Petraeus es el comandante en jefe de la Isaf y Campbell es el de la 101ª División, que combatía allí. Ambos habrán soportado una asociación de ideas algo funesta, porque en 1988 las fuerzas de ocupación de la entonces Unión Soviética debieron retirarse de Afganistán, en lo que fue el comienzo del fin de una aventura que les infligió la mayor humillación de la segunda posguerra. Para la coalición occidental, la verdad de Afganistán es dura y, lo que es peor, no tendría remedio.