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Una oportunidad perdida

La constante marcación de enemigos que obsesiona al kirchnerismo no es inocua para la sociedad. Julio C. Perotti.

23 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Una oportunidad perdida

Apenas los destellos que logra emitir la sociedad civil iluminan los festejos del Bicentenario de la patria. En cambio, no se encuentra luz en las acciones de los que fueron elegidos para ejercer o controlar el poder.

Las fechas importantes, esas que están marcadas a fuego en el calendario porque son únicas e irrepetibles, suelen ser motivo para el reencuentro. Se deponen las pasiones para dar lugar a la comprensión, al olvido de viejos enconos; en fin, se le otorga al corazón el derecho a una amnistía.

El esfuerzo de los docentes por entusiasmar a los niños resulta en animados festejos con sus padres en las escuelas. Y las organizaciones que armaron debates para revisar el pasado y, mejor aún, para pensar el futuro, se encuentran con cientos de argentinos deseosos de compartir el momento. Son estas, por caso, dos bellas postales sobre las que se dibuja la llegada del 25 de Mayo.

Desde la cima del poder, al contrario, la alteración de los espíritus no cesa tan siquiera en un momento que debería ser sublime, vale reiterar, por irrepetible.

Parece que el mensaje que los argentinos depositaron en las urnas el 28 de junio del año pasado no se entendió bien: al Gobierno le marcó con claridad los límites para que deje de vapulear a las instituciones y a la oposición le asignó la tarea de controlar.

Esto no debe implicar complacencia mutua, pero tampoco una persistente agresión. El culebrón del jueves entre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, por la invitación a asistir a la velada de gala para reinaugurar el Teatro Colón, es una patética muestra de incapacidad para establecer un diálogo maduro.

Ni qué hablar de la decisión de no invitar al vicepresidente Julio Cobos a la fiesta de gala. "No sé en condición de qué habría que invitarlo", afirmó, de manera increíble, el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.

Propios y enemigos. La constante marcación de enemigos que obsesiona al kirchnerismo obra sus efectos: todo aquel que se atreva a criticar o, tan siquiera, a observar alguna actitud del Gobierno, quedará de inmediato ubicado en una lista negra para el poder. Todo lo que diga y haga luego será susceptible de ser descalificado por desestabilizante o destituyente.

Es obvio que esta tajante divisoria de aguas no es inocua para la sociedad. Aun cuando una mayoría silenciosa observa sin entender muy bien las razones de tanto ánimo destructivo, los grupos más ideologizados asumen posturas irreductibles.

Hoy, los argentinos son forzados a convertirse en kirchneristas o antikirchneristas; los gobernadores o legisladores, que deben representar a sus provincias, en obsecuentes de la Casa Rosada o quedar fuera de toda negociación o reparto; los medios, en oficialistas u opositores. Así de simple. No importa si unos y otros tienen la mejor intención de ejercer el derecho al disenso.

Córdoba, de temporada. Entre tanta oportunidad perdida por el Bicentenario, la acción política deja poco para intentar trazar un panorama de lo que vendrá.

En las últimas dos semanas, Córdoba se convirtió en escenario político privilegiado. Por fuera de las actividades oficiales que trajeron el viernes a Cristina y a Cobos -por separado, obviamente-, también anduvieron Néstor Kirchner, buscando convencer sobre las bondades del modelo, y Eduardo Duhalde, intentando conseguir adeptos en su decisión de arrasar en las urnas al santacruceño al que él ayudó a instalar en la cima del poder.

Mientras Kirchner busca generar una fuerza que no lo obligue a caer del todo en los brazos del peronismo cordobés, refractario a su figura, Duhalde cree que allí hay una oportunidad para remontar su imagen.

Quienes acompañaron a Duhalde en su visita a Córdoba aseguraron que cuentan con encuestas que revelan que, en una eventual interna abierta, el bonaerense saca en esta provincia una ventaja de 24 puntos, que se acrecienta si se trata de una elección general. "Es el voto útil; Duhalde puede captar a peronistas y no peronistas si el que está al frente es Kirchner", aseguraron.

¿Cuál será el papel de José Manuel de la Sota, como líder del peronismo? Para el kirchnerismo, hay un acuerdo abrochado que está a la espera de que De la Sota decida meterse en la cancha y no alargar los tiempos.

Para los duhaldistas, nada está firmado y lacrado: "Si De la Sota no está seguro de ganar, no se va a meter. Y eso deja margen para sumar a sectores peronistas más jóvenes, como el intendente de San Francisco, Martín Llaryora".

¿Sólo Llaryora?, se preguntó.

En Córdoba pocos intendentes quieren quedar pegados a Kirchner y con más razón aun cuando tengan que revalidar su poder territorial; los muchachos saben que deben salvar su propio pellejo, se responde desde el duhaldismo.

Papel en mano, un fino analista de la realidad política cordobesa detalló los puntos fuertes y débiles de cada uno en este territorio:

Kirchner consigue más respaldo en algunos sectores urbanos e intelectuales azuzados por el mensaje contra factores empresariales y medios de comunicación. "Con esto no le alcanza, pero le sirve de plataforma".

Duhalde llega mejor en las zonas rurales, entre empresarios, preocupados por ciertas señales de la economía, y en el entramado peronista de base porque llena un espacio alternativo que el justicialismo tiene desocupado. "Su problema no está en gobernar, porque tiene experiencia y equipo; está en lo electoral, por su imagen negativa".

Son estos, al fin de cuentas, vaticinios coyunturales en una Argentina que tiene por delante un difícil e incierto camino que ni siquiera su magna fiesta del Bicentenario logra iluminar. Que esta oportunidad perdida no se lleve consigo la esperanza.