Una cumbre para los más pobres
No puede haber muchas excusas para reunir los modestos recursos necesarios para combatir la pobreza, la desigualdad y el cambio climático. David Smith.
Entre hoy y el próximo miércoles, los líderes del mundo asistirán en Nueva York a una cumbre que debería definir cambios para los más de mil millones de pobres. Las apuestas rara vez han sido tan altas, tanto para la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como para todos los que deseamos ayudar a los que viven en la pobreza o soportan el hambre, a menudo sin un médico y mucho menos una escuela. "Esta reunión representa la máxima expresión de voluntad política que pueda existir hoy", fue la manera en que se refirió a la cumbre el embajador argentino ante la ONU, Jorge Argüello. "Estamos hablando de un compromiso de todos los gobiernos, para combatir la pobreza, la desigualdad y el cambio climático en el marco de ONU." Otra historia. En 2000, el mundo se reunió con un estado de ánimo muy diferente para lanzar los así llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio. Los gigantes políticos de entonces –Bill Clinton, Fernando Henrique Cardoso, Thabo Mbeki, Tony Blair– sacaron provecho de la oportunidad ofrecida por el boom económico de la década de 1990 para establecer el desafío de usar la riqueza global para erradicar la pobreza. Desde terminar con el hambre hasta brindar educación para todos, proteger a las madres y a los recién nacidos de la muerte durante el nacimiento, detener la pandemia del VIH/sida y asegurar un medio ambiente sostenible para el planeta, los Objetivos del Milenio hablaban de una agenda aparentemente alcanzable en la era de los excedentes presupuestarios, el crecimiento de los emergentes y las multimillonarias "punto com". Yo era un periodista en la ONU el día en que esta campaña contra la pobreza fue firmada, y como un contemporáneo de Blair y de Clinton en la universidad, me pareció entonces que la generación baby boom se había fijado a sí misma una tarea de proporciones tan enormes como las guerras libradas por sus padres y sus abuelos. Quince años se otorgaron los líderes a sí mismos para dar vuelta el mundo, para romper la vieja brecha entre los que tienen y los que no tienen, para redistribuir la riqueza en un modo hasta entonces nunca visto. El camino recorrido. Diez años más tarde, dos tercios del camino hacia la fecha tope de 2015, el secretario general Ban Ki-moon ha invitado a evaluar el progreso e invertir a lo largo de los cinco años que nos quedan. El clima político y económico difícilmente podría ser más distinto. Los gobiernos se encuentran endeudados, sin superávit. Existe una recesión que se siente a través de todo el mundo. Los precios de los alimentos y de los combustibles se han disparado. Y el futuro de nuestro planeta continúa siendo el centro de atención de prolongadas, a menudo inconclusas, negociaciones acerca del cambio climático. Un reciente informe sobre el estado de los Objetivos del Milenio muestra un cierto progreso pese a las crisis de la última década. Resultados positivos en la reducción del grado de pobreza extrema, particularmente en Asia y especialmente en China. Fuerte crecimiento en el número de niños que asisten a clase. Millones de vidas salvadas en la batalla contra el VIH, la malaria y la tuberculosis. Inevitablemente, el informe encuentra un paso hacia adelante, un paso hacia atrás. En otras áreas, la cantidad de hambrientos creció hasta un número sin precedentes de más de mil millones en 2009. Ningún país alcanzó la meta de pleno empleo productivo; de hecho, las cifras de desempleo se elevaron de manera descarnada, particularmente entre los jóvenes. La desigualdad de género sigue siendo un hecho persistente, resistente al cambio. Sin embargo, América latina presenta una clara evidencia del sentido ascendente de la curva. La región pudo alcanzar la meta de reducir la pobreza extrema (definida por el Banco Mundial como vivir con menos de 1,25 dólar por día) a la mitad antes de 2015. En América latina y el Caribe, el 90 por ciento de los niños están matriculados en escuelas, lo que significa que está alcanzando el nivel normalmente asociado al llamado mundo desarrollado. Las tasas de mortalidad infantil han bajado. Y en términos de sustentabilidad del medio ambiente, se han hecho progresos enormes en la provisión de agua limpia, potable y saneamiento. ¿Y qué decir de Argentina? Se pueden señalar avances sustanciales. Ya ha cumplido uno de los objetivos clave: la educación para todos. En términos de salud pública, hubo un notable progreso a través del acceso universal al sistema público. Y en la compleja arena de la igualdad de género, Argentina ha llevado la delantera en la región promulgando leyes que promueven el empoderamiento de la mujer, desde la igualdad en el lugar de trabajo hasta la violencia doméstica. Pero cuando se escuchan las historias de la gente común que la ONU ayuda, se ve cuánto queda por andar y cuán serio es el desafío. Las voces de la Argentina, que reflejan las voces de todo nuestro mundo, tienen que tener la esperanza en que la cumbre en Nueva York cumpla con las promesas hechas una década atrás. Como señaló Ban Ki-moon hace unos días: "Seguramente, si el mundo puede movilizar 20 billones de dólares en respuesta a la crisis económica, no puede haber muchas excusas para reunir los, por lejos más modestos, recursos necesarios para dar el paso siguiente hacia los Objetivos del Milenio".

