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Un país moralmente débil

Aquí, mientras haya consumo, el Gobierno tiene derecho a la rapiña y la jefa es una papisa infalible. En el cuerpo argentino, la neurona que piensa la política está en el bolsillo.

18 de abril de 2015 a las 12:01 a. m.
Un país moralmente débil

En la investigación que lo condujo a fundar la antropogeografía, Frederich Ratzel concluyó que la fuerza que permite a un gobernante ser arbitrario no radica en su poder, sino en la “debilidad moral” de los pueblos que toleran la arbitrariedad.

Siguiendo el razonamiento del impulsor del concepto de lebensraum (espacio vital), Argentina no muestra la fortaleza moral que sí exhiben sus vecinos a la hora de poner límites a las arbitrariedades del poder.

Intendentes y gobernadores dilapidan fortunas en publicitarse ellos mismos. Protagonizan propagandas absurdas en las que relatan sus gestiones. ¿Cuántos pueblos permiten a sus gobernantes usar fondos públicos en campañas propias? ¿Cuántas sociedades permiten a un defensor del Pueblo plagar la ciudad de carteles con su cara, sin indignarse por la inmensidad del descaro?

Usar el dinero de la gente para financiar sus aspiraciones políticas es corrupción. A diario, los cordobeses y demás argentinos vemos a gobernantes corruptos gastando dinero de la sociedad para convencerla de que son serios.

En el centro de la ciudad de Córdoba, un gigantesco mural anaranjado muestra a policías bonaerenses como un ejército que protege a los habitantes de la provincia de Buenos Aires. Esos habitantes pagan la millonaria propaganda que Daniel Scioli usa como campaña nacional. Y en radio y televisión, compite con Mauricio Macri en pagar con la plata pública lo que debiera pagar de sus bolsillos.

Lo más grave es que la sociedad no dice nada. Igual que con los oceánicos gastos de la Presidenta para su culto personalista.

No todas las sociedades se dejan robar a cara descubierta. Por haber usado su influencia para obtener un crédito millonario, el hijo de Michelle Bachelet fue echado del gobierno de su madre y tuvo que pedir perdón en público. Además, lo expulsaron del partido oficialista y la propia presidenta chilena apareció en cámara lamentando lo ocurrido. Aun así, la imagen de Bachelet se desplomó.

También cayó la imagen de Dilma Rousseff por el escándalo en Petrobras y por la crisis económica. Más que criticarle el ajuste que está haciendo, la sociedad le critica haber mentido en la campaña electoral sobre la situación real de la economía para vencer a Aecio Neves, el candidato que decía la verdad sobre el exceso de gasto.

En Brasil, un líder no puede mentir ni encubrir corrupción sin indignar a la sociedad. En Argentina, en cambio, puede eso y mucho más. Por caso, patear el cadáver del fiscal que pedía investigar a la Presidenta; apretar a los jueces que husmean la multiplicación de la fortuna familiar y mantener en sus cargos a quienes hacen y dicen barbaridades.

Impunidad

Evo Morales echó al ministro de Defensa por llevar ayuda humanitaria a los inundados de Chile portando el lema “El mar es de Bolivia”. El presidente boliviano también le exigió pedir perdón al pueblo chileno por su desubicación. Fue una muestra más de la calidad humana y política de Evo. Y también un gesto inimaginable en Argentina.

En Estados Unidos, al poderoso senador demócrata Bob Menéndez le imputaron favores a un donante de campaña. Y a la investigación no la hizo la oposición sino la Secretaría de Justicia, o sea el propio gobierno del legislador imputado.

El ministro de Economía brasileño criticó la primera gestión de su jefa, la presidenta. Pero Dilma aceptó la crítica. Todo eso en Argentina es impensable.

Aquí, mientras haya consumo, el Gobierno tiene derecho a la rapiña y la jefa es una papisa infalible. En el cuerpo argentino, la neurona que piensa la política está en el bolsillo.

A la oposición, sólo se le permite el abuso publicitario en el distrito que gobierne, incluidas las ridículas propagandas en las que gobernadores e intendentes relatan sus “logros”. Pero a la hora de enfrentar a un gobierno peronista, no tiene derecho al error ni al estropicio.

La economía vive una primavera consumista que puede ser la ficcional consecuencia de un fuerte endeudamiento. Los economistas críticos dicen que esta jugada demagógica –sumada a los defectos del modelo– dejará una bomba al próximo gobierno.

El problema es que son los mismos economistas que, en la década de 1990, afirmaban que la convertibilidad era indestructible y que el “uno a uno” se sostendría eternamente. Los mismos, también, que llevan años diciendo que el modelo K se derrumba de manera estrepitosa en un abismo de recesión.

Si pasó lo que dijeron que no pasaría con la convertibilidad, y lo que llevan años diciendo que ocurriría con este modelo no ocurrió, ¿por qué se supone que la sociedad deba creerles una vez más?

Los errores tienen consecuencias. Y las tendrá para el radicalismo haber anunciado con bombos y platillos el Frente Amplio-Unen, para desarmarlo a renglón seguido y casarse con Mauricio Macri.

Por razones enigmáticas, sólo al peronismo la sociedad le perdona todo tipo de estropicios. Algunos trágicos, como el de Perón y los Montoneros; y otros socioeconómicos, como el de Menem.

Quizá la “debilidad moral” que sin duda diagnosticaría a la Argentina el geógrafo decimonónico alemán, se deba a la sensación de que sólo el peronismo sabe sostener y dominar el poder, mientras que radicales y semejantes nunca pueden sujetarlo y dominarlo.

Desde el fondo de la historia, lo que más temen los pueblos es la anarquía, el desgobierno. Lo explicó Herodoto cinco siglos antes de Cristo, en el primer tratado de regímenes comparados. Lo repitió Maquiavelo en el Renacimiento y ahora se lo están advirtiendo las encuestas a los confiados y erráticos opositores.