Un orden anclado en la conciencia
Hace poco más de un mes, recordamos que no hay democracia ni paz sin orden jurídico, y que el orden jurídico se construye sobre la Justicia, pero también sobre el amor. Pedro Torres.
Hace poco más de un mes, en esta misma columna, recordábamos que no hay democracia ni paz sin orden jurídico, y que el orden jurídico se construye sobre la Justicia, pero también sobre el amor.
Precisamente, el amor es el alma de toda ley y de toda virtud, es la fuerza de la libertad. Por eso qué importante es que los que legislan y ejecutan, busquen expresar un orden jurídico desde la conciencia (como se recordó estos días), pero reconociendo que la conciencia tiene que formarse para reconocer la verdad que promueve una genuina libertad.
Grave empeño y responsabilidad los de las autoridades; profundo compromiso el de los ciudadanos, para construir un mañana mejor desde la honestidad y el respeto que posibilitan la convivencia social.
Debajo de temas muy concretos y polémicos (que a veces parecen cortinas de humo), se juega la cuestión sobre cuál es el papel de la ley: si reconocer y regular simplemente "lo que hay" (concepción muy difusa y peligrosa), o buscar expresar un proyecto de vida plena, humana y humanizante, en el marco de la Constitución y de la ley natural.
Una ley que no toma fuerza de la verdad termina imponiéndose por la fuerza bruta y el miedo, por el sofisma o por mero hecho de consensuar intereses materiales que al final nos esclavizan.
Muchas veces en nuestra cultura se exalta la transgresión como afirmación de la libertad, oponiendo abusivamente ley y libertad. Pero Jesucristo nos ha enseñado (y la historia lo confirma) que la fuente de la esclavitud es el pecado (Evangelio según San Juan, capítulo 8, versículo 34) y que la fuente de libertad es la verdad (Juan: 8,32). La verdadera libertad no es la de la autoafirmación egoísta de sí, sino la de amar (Carta del apóstol Pablo a los Gálatas, capítulo 5, versículo 13).
Ante este proyecto de vida de Jesús, los apóstoles descubrieron la insuficiencia y pobreza de las formulaciones humanas y proclamaron con la firmeza que les dio Pentecostés que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres -Libro de los Hechos (de los Apóstoles), capítulo 5, versículo 29-, y vivir el coraje de una conciencia recta (Hechos 23,1-11).
El Evangelio es ante todo una buena noticia, no un código. Sin embargo, contiene una ley y promueve el bien de la persona que se concretiza en muchos bienes particulares.
Promover el bien. La vigencia de la ley justa y humana hará posible que los ciudadanos, sobre todo los más débiles, no se sientan amenazados por ella, sino, por el contrario, ayudados y protegidos en el ejercicio de su libertad. Necesitamos leyes que respeten y promuevan el bien ante los nuevos desafíos que nos interpelan para construir una verdadera cultura de vida.
La familia como institución, ¿qué espera de la sociedad? Ante todo, que "sea reconocida su identidad y aceptada su naturaleza de sujeto social". Fundada en el matrimonio y abierta a la descendencia, es la realidad básica que articula las relaciones primeras y los derechos fundamentales de la persona. Institución natural anterior a cualquier otra comunidad, incluido el Estado.

