Un futuro impredecible, por ausencia de un proyecto nacional
Ningún partido político, ningún líder carismático y menos un grupo privilegiado podrán resolver todo sin el concurso organizado del pueblo.
Treinta años ininterrumpidos de democracia dejan como saldo negativo la falta de un proyecto nacional. Es uno de los grandes fracasos de la dirigencia, en particular, y de alguna manera de la sociedad en general, el no haber podido elaborar un proyecto que nos consolide como nación libre y soberana y como comunidad organizada que asegure la unidad y dignidad de todos los argentinos. Es la tarea pendiente y que irrenunciablemente, hoy más que nunca, depende de la voluntad y el compromiso del pueblo argentino. Hoy no existen políticas de consenso, se ha perdido el concepto de nación y los problemas estructurales del país se han ido agravando, instalando nuevamente la frustración. Transcurrieron 30 años de democracia, que en muchos aspectos desaprovechamos detrás de falsas promesas y proyectos inconfesables. Y más allá del fracaso y la defección de dirigentes e instituciones, es fundamental analizar la responsabilidad que nos cabe como sociedad. Cuando votar significa optar y delegar implica no asumir responsabilidades, es porque al pueblo sólo le queda convalidar lo que eligieron otros, claro síntoma de la degradación democrática del régimen actual. Es imprescindible abrir el sistema democrático para que la sociedad sea la garante fundamental de las soluciones estratégicas de una crisis hoy agravada por los siguiente problemas: El narcotráfico, que gracias a la venalidad de funcionarios e instituciones y los desgraciados estigmas sociales –esencialmente la pobreza estructural– penetró en la vida de los argentinos, resintiendo la solvencia moral en amplias capas de la sociedad. La violencia que se extendió en toda la sociedad y es hoy expresión acabada de un factor que horada la existencia y la paz entre los argentinos. El vaciamiento de las arcas públicas y un mayor endeudamiento, que dieron lugar a la prolongación de la pobreza, el descontrol inflacionario, el desequilibrio fiscal, los problemas en infraestructura energética y vial, salud, educación etc. El fin de la democracia liberal Una de las consecuencias de esta debacle es el quebranto institucional, producto de la aplicación de los paradigmas introducidos por el neoliberalismo que modificaron nuestra forma de vida y que hoy se caen a pedazos, arrastrando consigo a un sistema democrático incapaz de revertir tal situación. Ante este escenario, la sociedad descree del accionar de los representantes partidarios, ya que, ganados por un individualismo y un personalismo acérrimos, degradaron a las propias entidades partidarias en pos de beneficios corporativos y particulares.Muchos gobernantes perdieron la ética y la moral ejerciendo sus funciones como representantes de sus partidos y no del pueblo, y convirtieron a las sedes gubernamentales en sedes partidarias.En sintonía con dicha actitud, generaron normativas y decretos –algunos mal llamados de necesidad y urgencia– que los habilitan a manejarse de modo autocrático y compulsivo en la aplicación de las políticas públicas. Punto de inflexión Los resultados de las últimas elecciones, en el fondo, demuestran la desilusión social, ya que las voluntades se esparcieron por las distintas fuerzas en búsqueda de un cambio del statu quo . Sin embargo, y como continuidad degradante, casi todo el arco partidario sigue enfrascado en un escenario político que resulta inconsistente para encarar un proyecto estratégico. Para muchos, estas elecciones legislativas, sólo fueron una etapa de sueños personales, de cara a 2015.Ante ello, es posible que la comunidad nacional genere un punto de inflexión en el rumbo actual, en busca de revertir el desmadre institucional y el accionar de dirigentes que han perdido la visión estratégica y el espíritu de servicio.Ello posibilitará abocarnos a consensuar los ejes estratégicos del futuro nacional entre todos los sectores, puestos en unidad y a tono con la responsabilidad social de pensar y servir al país en su conjunto. Los apegados al neoliberalismo y sus distintas variables siguen persuadidos de que el pueblo es incapaz por sí solo de dirimir su destino, y necesita de las vanguardias y las clases ilustradas para que les marquen el rumbo. Lo corroboran las palabras del propio vicepresidente Amado Boudou, a cargo de la Presidencia: "La Presidenta es quien tiene claro el camino, es la que hace el surco para que el pueblo sepa dónde sembrar y dónde cosechar".La existencia de las elites es esencial a la hora de prestar un servicio a la nación. Pero muy distinta es la que usufructúa del papel convalidante asignado al pueblo, de la degradación impuesta a amplios sectores sociales, de la pérdida del patrimonio y de recursos estratégicos y del pecaminoso endeudamiento forjado.Estamos inmersos en un proceso mundial inédito, donde los sistemas democráticos devenidos del liberalismo sucumben al no contener y resolver el reclamo de los pueblos, hartos de gobiernos que responden a otros intereses.Ante tamaño escenario, ningún partido político, ningún líder carismático y menos un grupo privilegiado podrán resolver todo sin el concurso organizado del pueblo.Y esto lo simboliza el cambio de época que estamos viviendo a partir de la voluntad y la decisión de construir, sobre la defección de una democracia de elites, el proyecto nacional que establezca las bases fundacionales de una nueva epopeya, en la cual el pueblo ocupe el rol protagónico, acompañado por dirigentes e instituciones provistos de valores y principios esenciales, única posibilidad de proyectar un futuro que haga posible alcanzar la unidad y felicidad del pueblo argentino, tantas veces frustrada.

