Temas del día:

Un arquitecto político de la Nación

La Campaña del Desierto hizo efectiva la soberanía argentina sobre la Patagonia y puso fin a las pretensiones chilenas sobre esos territorios.

04 de octubre de 2013 a las 12:02 a. m.
Raúl Faure*
Un arquitecto político de la Nación

En tiempos del dominio colonial sobre las regiones que luego formaron nuestra patria, el desierto imponía su ley sobre las pequeñas y humildes poblaciones cristianas. Las distancias, la soledad y la dureza del clima contribuían a robustecer el control que imponían las tribus indígenas que, tributarias del imperio araucano chileno, realizaban cruentas excursiones depredadoras sobre las vastas regiones situadas al sur de las actuales provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza.

Entre fines del siglo XVIII y 1835 –año de su muerte–, el cacique Yanquetruz, socio de los hacendados chilenos, asoló la campiña bonaerense. Calfucurá, su continuador, acaudilló las legiones que se arrojaron sobre las poblaciones y estancias en procura de cautivos y haciendas. Gigantescos arreos de miles de cabezas trasponían la frontera con Chile, para regocijo y fortuna de nuestros vecinos.

Ezequiel Martínez Estrada, en  Radiografía de la Pampa, evocó con estas palabras la célebre expedición científica realizada en 1833: “Darwin vio las saturnales de los hunos argentinos, el degüello de las reses, las borracheras con la sangre humeante... era la victoria sobre la tierra, el triunfo de la prehistoria...”.

Luego, bajo los duros tiempos de nuestra organización como país independiente, entre 1852 y 1878, Catriel, Pincén e Italoo, para mencionar sólo algunos de los temibles caciques, humillaron a la incipiente y paupérrima nación, imponiéndole gravosas concesiones.

Leopoldo Lugones, en El payador, describió el escenario donde la épica criolla escribió heroicos y legendarios episodios: “En este mar de hierbas, indivisa comarca de tribus bravías, la conquista española fracasó... la barbarie pampeana continuó irreducida en su dominio... nada hay más conmovedor en nuestra historia como el penoso avance que fue, durante años, una especie de ascetismo combatiente... la ocupación definitiva de la Patagonia fue, pues, verdadera conquista del desierto”.

Recién a fines de 1877, con la designación del joven general Julio Argentino Roca (contaba entonces con 34 años de edad) como ministro de Guerra, se inició y culminó el último capitulo de una gesta secular.

El plan básico era el de ocupar ambas márgenes del río Negro para “no dejar indios en nuestras espaldas” y marchar hacia la frontera andina. Este plan fue sometido a la consideración del Congreso y convertido en ley de la Nación, número 947, el 5 de octubre de 1878.

En la Cámara de Diputados lo defendieron, entre otros, Bartolomé Mitre, Carlos Pellegrini y Olegario Víctor Andrade; en la Cámara Alta, Domingo Faustino Sarmiento, Manuel Lucero y Jerónimo Cortés, nuestros “padres fundadores”,  como los norteamericanos calificaron a los arquitectos políticos de su país.

Para que se entiendan sus fundamentos históricos, tal vez sea suficiente transcribir estos párrafos del mensaje redactado por el presidente Nicolás Avellaneda cuando envió el proyecto de ley al Congreso: “La importancia política de esta operación está al alcance de todo el mundo. No hay argentino que no comprenda en momentos en que estamos agredidos por las pretensiones chilenas, que debemos tomar posesión real y efectiva de la Patagonia, empezando por llevar a la población hacia el río Negro, que puede sustentar en sus márgenes a numerosos pueblos, capaces de ser salvaguarda de nuestros intereses y centro de un nuevo Estado federal... hemos sido pródigos con nuestro dinero y nuestra sangre en las luchas para constituirnos y hemos permanecido en perpetua alarma y zozobra, viendo arrasar nuestra campaña, incendiar sus poblaciones, sitiar las ciudades del Sur y por eso debemos extirpar el mal de raíz, y destruir esos nidos de bandoleros que incuba y mantiene el desierto”.

Alfredo Terzaga, nuestro historiador eminente, quien jamás descendió a la irresponsable demagogia, ni a la improvisación, ni a la diatriba, ni al banal panegírico, escribió que fue el general Roca quien echó las bases del Estado nacional y que, cuando se inició la campaña, la supremacía de la civilización era inevitable “porque las tribus estaban en un proceso de regresión cultural y habían traspuesto los límites de la producción para ingresar al campo de la depredación, el contrabando y el sangriento malón”, afirma en Historia de Roca.

Contrariamente, pues, a erradas y facciosas interpretaciones de quienes sostienen que se cometió un genocidio, los más serios y documentados estudios históricos demuestran que la Campaña del Desierto hizo efectiva la soberanía argentina sobre la Patagonia y que puso fin a las pretensiones chilenas sobre esos territorios. Fue, además, el punto de partida de la gesta que, en pocos años, transformó al país más austral del planeta en una Nación próspera y civilizada.

*Abogado.