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Un accidente común

Camila llega con sus primos, dos varones y mayores, que se prenden enseguida en un picadito. Ella mira a su alrededor y prefiere quedar más cerca de la vista de su tía. Un problema al nacer le quitó fuerzas a la mitad de su cuerpo; por eso renguea y lleva un brazo retraído. Por eso, también, siempre elige juegos sencillos; hoy, las hamacas.

16 de octubre de 2016 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski | Médico
Un accidente común

La plaza se va poblando apenas el viento da un respiro a los vecinos. Es un domingo luminoso y la tarde invita a pasear sin apuros, jugar con los chicos. Camila llega con sus primos, dos varones y mayores, que se prenden enseguida en un picadito. Ella mira a su alrededor y prefiere quedar más cerca de la vista de su tía. Un problema al nacer le quitó fuerzas a la mitad de su cuerpo; por eso renguea y lleva un brazo retraído. Por eso, también, siempre elige juegos sencillos; hoy, las hamacas.Se balancea al límite del miedo y, cuando se cansa, salta despacio, tomando aliento hasta el próximo turno. Siente que muchos miran su dificultad, pero ya con 5 años está acostumbrada. Camina lento, pero llega adonde quiere. Es una nena preciosa, jugando a la hora perfecta.Pero la vida infantil incluye accidentes, y entonces ocurre. Cami tropieza con un borde cubierto por arena, y en la caída golpea el hombro y el cachete. En segundos brotan puntitos de sangre que le hacen soltar el llanto; más por susto que por dolor. Ahora sí, todos la miran.Se acerca un abuelo que paseaba su perro, y dice con voz cascada: "¿Sos de este barrio?".Cami demora en responder, confundida por el golpe y, ahora, por la pregunta."No... –murmura–, de otro"."Ahhh, me parecía", dice el abuelo y, tironeado por la mascota, sigue su marcha."Está sangrando...", comenta de lejos una pareja, que dejó de besarse por el accidente. "¿Tendrá alguna enfermedad contagiosa?"."No sé", dice Cami haciendo pucheros y creyendo que la escuchan.Un joven de lentes se inclina ante ella: "¿Y tus padres?"."En mi casa; vine con los primos"."Claro, sola, y con tu problema, qué barbaridad", sentencia el muchacho.Cami abre los ojos sin comprender. Recuerda que sangra y vuelve a llorar. Sigue en el piso, siguen sin ayudarla y ya la plaza dejó de ser amigable."No llores, no es nada", comenta en voz alta otro señor, desde un banco cercano. El alboroto interrumpió su lectura del diario."Me duele", explica Camila."Pero vos estás acostumbrada a los golpes, ¿no?", pregunta el señor, mientras pasa a la hoja de Deportes.Desde el suelo arenoso, desde el dolor que aumenta y desde sus escasos años, Camila necesita que dejen de preguntar.Fueron eternos pero apenas segundos hasta que apareció la tía. Estaba charlando con una vecina y no vio la caída de Camila. Ahora la abraza."¡Mi chiquita! Estás sangrando, ¿dónde te duele?"."Estoy bien. Me quiero ir de acá".Los chicos nacen convencidos de contar con la ayuda de los mayores. Crecen confiando en que, llegada la ocasión, nadie dudará en brindarla.Pero rápidamente descubren algunas sorpresas del crecer, como los prejuicios, la desconfianza y el temor por lo distinto.Para ellos, una diferencia física o mental no es un problema, hasta que otro les instala la duda o el temor.La discriminación no es una condición infantil; a discriminar, se enseña y se aprende. Y basta repetirlo para consolidar una construcción que separa y aleja de los demás.Cuando los chicos sufren la falta de amparo o de ayuda –no necesariamente porque muestren rasgos o capacidades diferentes–, reconocen la discriminación, una impensada experiencia contra la que no saben defenderse.El daño comienza cuando los discriminadores entran en acción; naturalizando el prejuicio, estableciendo distancias, mortificando a los definidos como diferentes. Si discriminar es poner a otro en un lugar donde uno no quiere estar, en algún momento todos podemos ser víctimas.La buena noticia es que, así como la discriminación es un aprendizaje, la tolerancia también puede serlo. Así, cuando educamos a nuestros hijos, ¿a qué padres estaremos educando?