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¡Tú también, "Pepe"...!

La modalidad de liderazgo y acción política con que el kirchnerismo rige la Argentina es esencialmente thatcheriana. En términos políticos, están en las antípodas, pero la forma de imponer cambios es la misma. Claudio Fantini.

13 de abril de 2013 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Periodista y politólogo)
¡Tú también, "Pepe"...!

De por sí, no es fácil deberle la democracia a una derrota. La Guerra de Malvinas fue humillante, pero también benéfica, porque derrumbó la dictadura criminal. En definitiva, no fue la valiosa lucha de individuos y entidades de derechos humanos la que acabó con el régimen, sino la rendición en el campo de batalla. Ergo, la democracia llegó a la Argentina en las manos castigadoras de una mujer implacable: Margaret Hilda Roberts, la profesora de química y abogada que se abrió camino en la aristocrática dirigencia tory usando el apellido de un marido con pedigrí.Esa paradoja hace un nudo en la memoria. Duele y atraganta. Mucho más cuando de la muerte se trata. Por eso, el fallecimiento de la baronesa Thatcher puso al país contra uno de los tantos fantasmas de un pasado que atormenta. Y hay una complicación más: la modalidad de liderazgo y acción política con que el kirchnerismo rige la Argentina es esencialmente thatcheriana.En términos políticos, están situados en las antípodas, pero el método de imponer cambios es básicamente el mismo: el ideologismo y la confrontación permanente.Los teóricos y los intelectuales del kirchnerismo proclaman ambas cosas como modalidad virtuosa y progresista, pero ahí está la dura Margaret Thatcher desmintiéndolos desde el conservadurismo.Ella no negociaba: imponía. Consideraba que conceder era perder y que dialogar es el rasgo de los pusilánimes que jamás podrán cambiar la historia.También era "fundacional". En materia de economía, repudiaba todo, desde su antecesor laborista James Callaghan hacia atrás, incluido el mismísimo Winston Churchill, a quien sólo le aplaudía la firmeza con que enfrentó al hitlerismo.A la frase "no soy un líder de consensos, sino de convicciones", bien pudieron decirla Néstor Kirchner y su esposa, pero la dijo la premier británica a la que el diario soviético Krasnaya Svedza (Estrella Roja) bautizó "Dama de Hierro", en la crónica sobre un discurso de 1976 en el que exigió a sus aliados intransigencia máxima con Moscú.Así era la mujer que impulsó la "revolución conservadora" desmantelando el "Estado de bienestar". Jamás negociaba, no escuchaba a la oposición y consideraba que hacer concesiones era un signo de debilidad. Lo demostró enfrentando con intransigencia brutal la huelga minera de 1984.Su sangre fría dejó morir a Boby Sand y a otros nueve dirigentes del ejército revolucionario irlandés (IRA, por sus siglas en inglés) que hacían huelga de hambre para pedir estatus de presos políticos. Y acusaba a sus críticos de ser "enemigos de la Nación" al servicio del comunismo.Cuando era legisladora, había mostrado pragmatismo y flexibilidad; por caso, apoyando reformas como la legalización de la homosexualidad y del aborto. Pero desde que entró al 10 de Downing Street, se abrazó de lleno al más férreo dogmatismo ideológico y, "dando cátedra de economía" al mundo, pregonó las privatizaciones a mansalva y la minimización del Estado.Desde otros ideologismos, los kirchneristas justifican su voluntad de imponer confrontando, en lugar de consensuar dialogando. Afirman que así reivindican la política y hacen progresismo. Pero los desmiente la historia de la dura conservadora que también iba "por todo" y que produjo cambios históricos dividiendo a la sociedad con una grieta oscura que llega hasta sus funerales. Disculpa y humillación. Teóricamente, el presidente uruguayo está en la misma vereda política. Pero desde lo humano, está en otra dimensión. Por eso puede pedir disculpas cuando una "metida de pata" crea riesgos para su país. José Mujica tuvo la humildad de disculparse por haber dicho "esta vieja es peor que el tuerto", en referencia a Cristina Fernández y Néstor Kirchner. Esa humildad contrastó con la mujer que recibió la disculpa con un silencio implacable. No respondió los llamados telefónicos y no dijo "ni mu" sobre la sentida carta que le envió y sobre el pedido público de perdón que Mujica hizo por radio.Cristina no se disculpó ante el ministro español Luis de Guindos cuando lo llamó "el pelado ese". Y no había sido en una conversación privada accidentalmente filtrada. Lo dijo en forma conscientemente pública, hablando por cadena nacional.La humilde disculpa de Mujica que Cristina no se dignó a aceptar opacó la imagen de la Presidenta. Quizá más que la frase delatada por un micrófono indiscretamente abierto; esa descripción demoledora por venir de un hombre que, aunque imprudente y bocón, es indudablemente digno, decente y bien intencionado. Además, todas las apreciaciones de Mujica sobre lo humano y lo político son notablemente acertadas. Hay mucho de cierto en eso de que "los argentinos tienen que quererse más"; "los radicales son buenos tipos, pero 'nabos'" y "los kirchneristas son una patota que mamma mía". Y es obvio que una legión de intendentes y gobernadores argentinos, incluidos muchos kirchneristas, siempre dicen en voz baja y con otras palabras lo mismo que el viejo tupamaro expresó con torpeza. La propia Cristina le dio la razón, humillándolo al no atender el teléfono ni aceptar públicamente sus disculpas. Con ese silencio agresivo y rencoroso, corroboró también la afirmación del mandatario uruguayo de que, para que te escuche el Gobierno argentino, tenés que hablarle a través de Brasil.No obstante, la definición "del Pepe" es indudablemente errónea: Cristina no es vieja y Néstor era estrábico, no tuerto.