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Tres en línea

Los números del acuerdo entre Macri y Schiaretti sonaron fuerte. El Gobierno nacional no tenía margen para mezquindades, y no las tuvo. Tampoco entró en dispendios. Las cifras deben ser puestas en perspectiva.

31 de enero de 2016 a las 12:01 a. m.
Tres en línea

Un curioso soplo de desconcierto agitó a la política cordobesa tras la visita del presidente Mauricio Macri y los acuerdos a los que llegó con el gobernador Juan Schiaretti y el intendente Ramón Mestre. Tras largos años en los que se exacerbaron las supuestas virtudes redentoras del conflicto, cuando esa misma política vio una coincidencia institucional de tres en línea, no pudo menos que sorprenderse. Los espantos circularon sin nombre y por lo bajo, claro está, para no disgustar al público. "Parecemos todos lo mismo. Esta unanimidad es peligrosa. Oficialismo y oposición no pueden estar tan cerca. Alguien ya está acordando el 2019", farfullaban las segundas líneas, especulando en los rincones. Hay una generación entera de políticos profesionales a los que el festival de las divisiones sociales les fue, hasta el momento, muy redituable. Al costo enorme de un atraso social generalizado progresaron como prósperos gerentes de una corporación de ingreso restringido. Si se advierte, por el contrario, los modos en que se expresó el electorado cordobés durante el año pasado, se entiende que los compromisos asumidos por los tres gobiernos son una consecuencia natural de mayorías incontrastables.Visto desde la sociedad, el triple encuentro en el Centro Cívico fue el punto de máxima acumulación en el reclamo operativo de sus legítimos intereses. Obtenido con el voto y sólo representado por quienes oficiaron de protagonistas. Por lo tanto, los compromisos asumidos pasaron –con número y apellido– a la lista de devengados que Córdoba puede considerar deuda exigible. Obras y ajuste Los números del acuerdo entre Macri y Schiaretti sonaron fuerte. El Gobierno nacional no tenía margen para mezquindades, y no las tuvo. Tampoco entró en dispendios. Las cifras deben ser puestas en perspectiva. Son lógicas si se comparan con el aporte provincial al producto nacional y si se prorratean en los cuatro años que demandará la ejecución de las obras más voluminosas.Las acciones prometidas, por lo demás, son viejas aspiraciones que habían quedado postergadas mientras el presupuesto nacional sólo atendía a los distritos obedientes al kirchnerismo. Este, a su vez, justificaba esa discriminación argumentando sin esmero que el dinero que Córdoba aportaba al producto nacional volvía en haberes de jubilados nacionales y docentes universitarios. Córdoba no merecía ni sofismas.El Gobierno provincial obtuvo, además, dos objetivos de corto plazo. La obra de los gasoductos que ofreció en China en el lapso entre la elección provincial y la presidencial no sólo consiguió los avales nacionales que fueron el principal obstáculo en años anteriores. También obtuvo un tercio de financiamiento de la Nación. Y la Provincia se sacó de encima una deuda cuyo origen oscuro quedará en los entresijos de la relación de los dos últimos gobernadores: la de la empresa provincial de energía, por la construcción de la Central Pilar. Schiaretti no hubiese conseguido estos beneficios sin la reparación histórica que hizo la Corte Suprema de Justicia de la Nación en su fallo por el reclamo sobre el 15 por ciento de coparticipación destinado al sistema previsional. Con ese expediente bajo el brazo, el diálogo con Macri pudo encaminarse hacia donde el Presidente prefiere: recursos para obras.Pero el gobernador cordobés también lo esperó con argumentos de buena administración: asumió y a los pocos días modificó las normas del sistema previsional provincial. Para levantar el diferimiento del pago de aumentos, pero también modificando el cálculo de haberes en un sentido menos deficitario.Macri se llevó de Córdoba un mejor argumento para enfrentar las demandas de los gobernadores del PJ. En su ciudad, el Presidente se vio obligado a retroceder con un decreto de corrección de los beneficios otorgados al gobierno de Horacio Rodríguez Larreta. Desconfianzas Cada vez que los socios radicales de Macri observan estas coincidencias del Presidente con algunas de las vertientes tácticas del panperonismo, pasan de la aflicción al enojo. Temen que la fuerza de atracción que ejerce la Casa Rosada en un sistema presidencialista los vaya despojando de territorios e identidades. Quienes tienen responsabilidades de gestión buscan potenciar los espacios de coincidencias, pero mascullan advertencias cuando evalúan el ritmo de su coalición. Macri pudo percatarse de la tracción institucional conjunta entre peronistas y radicales de Córdoba. Cuando su ministro de transporte, Guillermo Dietrich, se opuso en la cumbre de El Panal a las obras de circunvalación de la ciudad por detrás del predio de Fadea, Mestre le saltó a la yugular, aunque la obra fuese un emprendimiento de Nación y Provincia. Dicen que Schiaretti le agradeció el gesto, después de que el Presidente enmendó al ministro. El intendente cordobés aprovechó el vuelo en helicóptero desde Traslasierra a la capital para obtener de Macri el respaldo contundente al Ente de Servicios y Obras Públicas (Esop) y la más certera crítica que le hayan propinado a Rubén Daniele en muchos años: está desde hace tanto tiempo entronizado en su gremio que supone que la ciudad a la que sirven sus afiliados es de él. Pero las preocupaciones de los radicales cuando actúan como hombres de partido son otras. Piensan –no sin razones– que si macristas y peronistas encuentran grandes espacios de coincidencia, la UCR perderá poder en Cambiemos y su última oportunidad de subsistencia. Sienten de un lado que el peronismo los criticó siempre por sus inflexibilidades tácticas y el macrismo por su morigerada expresión de cambio. Y que ambos ahora acuerdan por arriba dando por sentado que los radicales se sacrificarán en nombre –precisamente– de los valores que uno y otro no les reconocen. Como sus primos los socialdemócratas españoles, murmuran frente al tironeo: ¿no sería más razonable que quienes nos piden sacrificios nos cuenten primero los que ellos están dispuestos a hacer? Esos reniegos también tienen un límite. Es cierto que acaban de lograr para su esquema político en la ciudad capital el mismo beneficio que Rodríguez Larreta alcanzó con una embajada para su opositor de riesgo, Martín Lousteau. Como él, Luis Juez se irá al exilio dorado de una embajada en Ecuador. Pero visto el revés de la trama, el líder del antiguo Frente Cívico también fue un aliado díscolo del macrismo. Así le fue. Dijo que renunciaba a una hamaca paraguaya en el Senado nacional para desafiar la silla eléctrica del Palacio 6 de Julio. Ahora descansa, con menos problemas, en una tibia mecedora de Quito.