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Tiempos interesantes

El totalitarismo es siempre interesante, mucho más que las aburridas socialdemocracias europeas, digamos, o que el soporífero liberalismo del Partido Demócrata de EE.UU.

12 de mayo de 2016 a las 12:01 a. m.
Fernando Iglesias*
Tiempos interesantes

Corría enero. El gobierno de Cambiemos recién había asumido cuando una de las más reconocidas intelectuales argentinas, Beatriz Sarlo, declaró: "Macri me resulta aburrido. Para usar una palabra suya, mortal". La respuesta no se hizo esperar. Algunos señalaron que el PRO les parecía lo menos mortal de la política argentina en décadas. Otros afirmaron, no sin razón, que entretener a los ciudadanos no es la función del presidente. Muchos destacaron, finalmente, el que me parece el aspecto crucial de este tema: en la política argentina, se aburre sólo el que quiere.Más allá de las ironías, para quienes estimamos a Beatriz quedó flotando la pregunta fatal del porqué de su afirmación. ¿Por qué una fina analista literaria, promotora de muchas de las iniciativas culturales más importantes de las últimas décadas y mujer inteligente si las hay, caía en la trivialidad de convertir sus gustos personales en categoría de análisis político?La respuesta la brindó la propia Beatriz en ese mismo reportaje: "Yo he tenido buenas relaciones con el kirchnerismo. Era antikirchnerista y escribía artículos muy críticos, pero tenía buenas relaciones con Página/12 y varios funcionarios con los que podía sentarme a hablar y almorzar. Hoy conozco a funcionarios del nuevo gobierno en Cultura, pero no más. No conozco gerentes. No hay motivo para conocerlos", dijo.

Una cultura

El párrafo es toda una definición de pertenencia intelectual. En primer lugar, porque tener “buenas relaciones con el kirchnerismo” sólo es posible si se ignora o disculpa su componente autoritario y hasta totalitario; sus listas blancas y negras que privaron de posibilidades de trabajo y de financiación a muchos colegas y medios cercanos a todos nosotros, así como el imperdonable desperdicio de una oportunidad histórica para el país que el kirchnerismo representó.

Pero el párrafo de Beatriz se las trae también porque enuncia con claridad una componente inseparable de la izquierda cultural no sólo argentina: el desprecio por la economía y sus agentes. Actitud remanente del “marxismo occidental” tan bien descripto en sus clichés por Perry Anderson.

No puedo explicarme ese abismo ni semejante

debacle

intelectual sin apelar al extendido sentido de culpa del progresismo vernáculo, de apariencia marxista pero de índole preconciliar judeocristiana. Es esa culpa de pertenecer a la clase “mierda”, como la llamó el exjefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, la que hoy aparece en la condena de la “clase media aspiracional” del populismo.

Ahora bien, ¿qué otra cosa que clases populares aspiracionales, que ambicionaban pasar de la clase baja a la media y de la media a la alta, decía representar en sus comienzos el peronismo? ¿No es vergonzoso que hoy se explayen contra ella los miembros de una oligarquía política muy inferior en su capacidad de desarrollar exitosamente el país que la anterior oligarquía, agroganadera?

¿Y por qué despreciar a los gerentes pero tener buenas relaciones con esa oligarquía peronista corrupta y mafiosa si no porque se comparte su discurso, como en el caso de Sarlo, o intereses patrimoniales, como en el de los miembros de Carta Abierta?

Digresión breve, porque este no es el ámbito: la clase obrera ocupaba un carácter central para Marx porque era la clase productiva de su época, no porque fuese pobre. Mucho más pobre era el campesinado, al que Marx despreciaba políticamente.

Y bien, en la sociedad posindustrial en que vivimos, la clase media es la clase productiva por excelencia, la que produce la mayor parte del producto interno bruto de cualquier país medianamente desarrollado; mientras que buena parte de la clase obrera manual se ha transformado en un sector político reaccionario que vota lo peor del populismo nacionalista autoritario, como hacía ayer el campesinado. En fin, que a Beatriz le parezca que el macrismo es aburrido y el peronismo, interesante, pueda ser que no le falte razón.

Me lo recordó al aire un gran novelista argentino y frustrado embajador, Jorge Asís, en el programa de Alejandro Fantino. Ante mi crítica del cuarto de siglo de indudable hegemonía peronista que dejó el tendal en el país, su respuesta fue contundente: “El peronismo es y ha sido siempre el movimiento político más interesante de la Argentina”.

Pero decir que peronismo ha sido el movimiento político más interesante de la Argentina constituye una verdad que no dice nada a favor del peronismo. No hay movimiento político alemán más interesante que el nazismo, ni italiano que el fascismo, ni ruso que el stalinismo, ni cubano que el castrismo, ni venezolano que el chavismo, etcétera. ¿Quién puede dudarlo? El totalitarismo es siempre interesante, mucho más que las aburridas y grises socialdemocracias europeas, digamos, o que el soporífero liberalismo del Partido Demócrata estadounidense; pero lo es a la manera de la maldición china: “Que vivas tiempos interesantes”.

Estetización de la política

Quienes avalan irresponsables aventuras políticas en nombre del interés antropológico y las fuertes emociones que despiertan, quienes critican a Cambiemos y al PRO por ser aburridos o creen que nada hay de qué hablar con los gerentes, quienes encuentran normal mantener relaciones amistosas con miembros de regímenes que –con muy diferente gravedad, desde luego– oprimieron a millones de ciudadanos, no hacen más que caer en esa estetización de la política que un tal Walter Benjamin denunció como el componente intelectual de la peste totalitaria.

No porque sea malo que millones de ciudadanos se interesen por la suerte de su país, sino porque cuando casi todo un país habla de política y el asunto se torna en el tema obsesivo de la sobremesa y en el divisor de amistades y familias, es porque la política funciona mal.

Cuando funciona bien, como en Suecia o Alemania, la gente no habla de política. Cuando la política funciona, la gente común estudia, trabaja, baila tango, compone sinfonías o se dedica al

trekking

o a mirar fútbol por televisión. Busca, en suma, un sentido a su vida que no necesariamente pasa por lo político.

Ojalá lleguemos pronto a eso en Argentina. Ojalá seamos, lo antes posible, un país aburrido, con presidentes que se defienden de esa acusación tomando medidas, como Macri, y no difundiendo

spots

políticos, como De la Rúa.

Ojalá no volvamos a tiempos interesantes como los que me tocó vivir desde mi adolescencia: la guerrilla, el genocidio, la gesta de Malvinas, la rebelión carapintada, el pasaje sin escalas del Primer Mundo al caos de 2001, la locura demencial del kirchnerismo narrada como relato épico.

Ojalá no sigamos viviendo en un país donde la política es cabaré y espectáculo bizarro cotidiano. Ojalá nos gobiernen personas que sepan lo que hacen y no se dediquen a saquear el país desde el Estado, aunque a algunos les resulten aburridas.

*Politólogo