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Tiempo para soñar y concluir en algo

Ser joven es una oportunidad para reinventar el mundo. Suele ser una quimera pero hay que intentarla: mientras la mayoría de los adultos quieren que las cosas se queden como están, los jóvenes las quieren mejor. Alejandro Mareco.

15 de enero de 2012 a las 12:01 a. m.
Tiempo para soñar y concluir en algo

“Tengo tiempo para saber si lo que sueño concluye en algo”. Luis Alberto Spinetta había vivido (¿apenas?) 23 años cuando escribió esta línea para abrir su canción Bajan.

El tiempo es como un camino que se pierde en el horizonte. Es siempre así, una noción hogareña de infinito, hasta que en el horizonte se empiezan a divisar formas, las formas del final, que, de todos modos, no tiene forma.

Aunque vaya a saber uno lo que es el tiempo (apenas si alguna vez leyó a Stephen Hawkins y sus teorías de las flechas que van; mientras, uno espera que vuelvan). Cuando uno habla del tiempo habla de la vida, ay, de esta vida, la de uno, la que algún día tiene o tendrá que verse con esas formas sin formas del final.

Como dijo el enorme pensador rumano Mircea Eliade, no es que somos mortales sino murientes, es decir, desde el mismo día en que nacemos estamos muriendo.

Está claro, es la enfermedad de “el Flaco” lo que conmueve, lo que a uno lo tiene con la existencia en la punta de la lengua del existir (y por otro flaco querido, Fernando).

Pero antes de pensar en el final, celebremos el principio. Ese verso de Spinetta tiene ya una respuesta, contundente. El Flaco y todos esos muchachos que andaban soñando hace 40 años, lo lograron. ¿Qué lograron, ¿qué logró “el Flaco”?

Antes que nada, podría parecer que no tenían gran cosa, sólo talento (nada menos) y la increíble fuerza hormonal y espiritual de la juventud. Ser joven es una oportu­nidad para reinventar el mundo. Suele ser una quimera pero hay que intentarla: mientras la mayoría de los adultos quieren que las cosas se queden como están, los jóvenes las quieren mejor.

John Lennon (por citar a mi más querido de Los Beatles, aunque amo, amo a los otros tres, cada cual con su talento) nació en Londres en medio de un bombardeo alemán (vaya si tenía razones para cantar sobre la paz) y, por ejemplo, nunca dejó de sentir las cosas del modo en que aprendió a soñar un mundo mejor. Un balazo lo congeló cuando tenía 40 años, o sea, no lo dejó ser viejo, aunque nunca habría sido viejo, siempre, como había sido, sería John, el mismo joven que quería un mundo distinto.

Bien, ¿qué podemos decir de la juventud, de la que uno tuvo y de los que la tienen en presente? Muchachos, seamos de verdad. Este mundo está sostenido en mentiras. Así es desde los primeros días: los diez mandamientos son sabios, en cuanto fijaron reglas elementales para que convivamos, sólo que nos pusieron a Dios como vigilante para que, con la zanahoria del cielo, nos comportemos bien en esta vida.

Dios es una invención humana, nuestra más genial invención. Pero, nosotros, de a pie, sabemos que vamos marchando, andamos sin pensar que esta marcha no nos lleva sino hacia el final, como toda marcha.

Pues bien, hay final. Entonces esos versos casi adolescentes de “el Flaco” (para vos, Pico), tienen la pregunta, el tiempo de la  pregunta, y la respuesta, el tiempo de la respuesta.

Los sueños de Spinetta han concluido en algo. No se trata sólo del eco de lo que se canta, sino del eco del corazón. “El Flaco” abrió miles de pechos a una sensibilidad distinta. De eso se trata ser un artista en serio. Por eso seremos agradecidos, por esta y por las generaciones que vendrán.