Sufrimientos incomprensibles
Esta crisis anunciada pero poco paliada por organismos internacionales podría ser la mayor tragedia humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial.
No es una noticia de primera plana, pero en este desquiciado mundo debería serlo, a menos que nos hayamos resignado a coexistir con el drama ajeno: unos seis millones de sudaneses están en grave riesgo de sufrir en 2018 tanto o más hambre de la que ya padecieron este año, afectados por la sequía tanto como por la persistencia de conflictos de baja intensidad.
Y el panorama no es mejor en Yemen, donde se libra una guerra civil encapsulada en el patio trasero del mundo árabe. Nigeria y Somalía gozan del atroz privilegio de estar en la misma lista.
En África y sus inmediaciones, decenas de millones de seres aguardan a que el cielo les traiga la lluvia, mientras los ganados perecen, los cultivos son incinerados por el sol y los campamentos de refugiados se ven engrosados por la diaria diáspora de un mundo en permanente confrontación. Lo dice un informe del Programa Mundial de Alimentos que enfatiza el dato antes consignado: probablemente 2018 sea aún peor.
Esta crisis anunciada pero poco paliada por organismos internacionales, generalmente atrapados en los trapicheos del Consejo de Seguridad de la ONU, podría ser la mayor tragedia humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Según la misma fuente, estarían en peligro no menos de 20 millones de seres humanos.
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A poco que se lo revise, puede constatarse que ese mismo listado viene repitiendo desde hace años los nombres de esas áreas del planeta donde el atraso, la miseria, la pobreza congénita, los conflictos étnicos y religiosos, y los regímenes autoritarios son cotidianos.
El caso de Yemen quizá sea el más digno de mención, por tratarse de un conflicto interno del mundo árabe en el que uno de los miembros más afortunados, Arabia Saudita, ha decidido llevar la guerra al terreno de sus enemigos, con dos armas formidables: sus petrodólares y la tolerante mirada de Estados Unidos.
El ingreso de Arabia al conflicto garantizó el aporte tecnológico basado en los bombardeos masivos que no distinguen a civiles de combatientes.
Su probado poderío regional le ha permitido bloquear por mar y tierra a Yemen, país del que nada entra ni sale, condenando a su población a languidecer sin esperanza.
Vale recordar que la Primera Guerra Mundial iba a ser “la guerra que terminaría con todas las guerras”, frase refutada 20 años después, y que organismos como la Unesco y la FAO fueron creados para combatir males que hoy parecen no formar parte de agenda alguna, lo cual es inadmisible en un mundo donde las globalizaciones tecnológica y comunicacional son una realidad y donde los derechos humanos deberían regir para todos.

