Sólo las madres
No importan la época y el bienestar o el malestar de la cultura: tenemos madre constante y concreta, cósmica o de carne, etérea o de memoria, pero siempre tenemos madre.
“No es que no vuelva porque me he olvidado, es que perdí el camino de regreso”, le contaba/explicaba Joan Manuel Serrat a su madre, y cantaba por tantos que alguna vez dejaron el nido para volar poco o mucho, pero aunque sea para sentir un modo de volar, el de la distancia, ya que hay tantas otras maneras posible de desplegar las alas sin salir al patio.
La palabra madre ha resonado en estos días con voz de locutor y ha sido escrita con resaltador. Es que octubre, entre tanta remembranza histórica que cobija, guarda el tercer domingo para poner a las madres en su sitio, en lo alto de la persistencia de nosotros, de la especie.
Claro que en estos tiempos y en este siglo, y en el que le precedió, para subrayar lo alto es necesario apelar al recurso del mercado que nos cuenta a su manera lo que es el Día de la Madre, pero lo que es, es, según la vida.
No hay manera de no sentir el corazón-espíritu el tercer domingo de octubre. Despierta una defensa contra el olvido. Y si una fecha de origen comercial acude al vigor de un sentimiento, bienvenida sea.
Lo hemos dicho. Es posible que el universo no haya sido hasta el día en que estalló y comenzó su arrolladora expansión; luego, que la Tierra fuera sólo una bola ardiendo, puro fuego, hasta que una incesante y eterna lluvia trajo la gran bendición del agua. Después, la vida. Y entonces, la naturaleza desplegó su insaciable sed creativa para diseñar cuerpos y especies, y grabó el sexo en los instintos para condenarnos a repetir el milagro, vida tras vida.
Tanto tiempo más tarde, como último refugio, nos queda nuestra experiencia existencial, contaminada de historia, de cultura y de pertenencia social: igual, siempre que necesitemos entibiarnos con el calor del origen, volveremos a las luminosas sensaciones de la palabra mamá.
Aunque nada recordemos, bien lo sabemos: ahí, dentro de su cuerpo, luego en sus brazos y frente a sus pechos, abrevando de sus jugos esenciales, fue que alcanzamos la vida. Y no sólo la alcanzamos, sino que fuimos bienvenidos a ella: ser amado sólo por existir es, definitivamente, el aliento decisivo (por eso, tanto desaliento en los que se echan a andar sin ser amados).
En estas latitudes, al Día de la Madre le toca sobrevenir en octubre, cuando la primavera ya está definitivamente aferrada al aire. Acaso el momento para contener este homenaje esencial no podía ser mejor: es que de las madres y de la primavera viene la fecundidad, la vida, en la Tierra.
Pero hay maneras y maneras de ser madres, sin comparar, todas tal vez abundantes y generosas sin par, como sin par son los gestos en la vida. Hay madres del alma o del corazón, cómo uno podría definirlas, que abrigaron a los hijos del olvido de un país desangrado. Como Camila, que cerró los ojos en septiembre. Y que fue una inmensa madre sin preguntar de dónde viene el hálito de vida.
Lo decimos siempre: madre Tierra, madre patria y madre, sólo madre, humana, mujer. Madres de sangre, madres del corazón, madres compañeras. No importan la época y el bienestar o el malestar de la cultura: tenemos madre constante y concreta, cósmica o de carne, etérea o de memoria, pero siempre tenemos madre.
Las madres tienen la llave de la vida. Las madres tienen la llave de la luz.
Siempre estarán brillando contra la oscuridad. Estamos vivos. Gracias.

