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Sociedad violenta

Los últimos sucesos ocurridos en nuestra provincia, con jóvenes y adolescentes muertos por otros de su misma edad, deben provocar una alarma social proporcional a esa gravedad. Griselda Baldata.

25 de febrero de 2013 a las 12:01 a. m.
Griselda Baldata (Exdiputada nacional)
Sociedad violenta

Hace tiempo que nos despertamos con renovados y elevados índices de delitos violentos seguidos de muerte en nuestro país, fundamentalmente en los centros urbanos más poblados: Córdoba, Rosario, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La crónica de homicidios es casi diaria, no produce sorpresa ni impacto (salvo excepciones) y peligrosamente tiende a naturalizarse.

Si tenemos en cuenta la información de organismos internacionales como el Observatorio Hemisférico de Seguridad de la Organización de Estados Americanos (OEA), Argentina no se encuentra entre los países más castigados por la criminalidad, a pesar de que América latina y el Caribe son dos de 
las regiones más violentas del mundo.

En el primer puesto de ese lamentable ranking está Honduras, con una aterradora tasa de 91,6 homicidios por cada 100 mil habitantes. El Salvador y Guatemala no se quedan atrás. Venezuela, con una tasa de 49,3 homicidios por cada 100 mil habitantes, es el país más violento del Cono Sur.

Causas complejas. Los fríos datos estadísticos indican que aquí es una quimera imaginar una realidad donde el asesinato no forme parte de la vida cotidiana.

Hay quienes encuentran fácilmente la explicación en la existencia de redes del crimen organizado; otros indican que la pobreza, sin pretender criminalizarla, puede ser una de las múltiples causas que hacen 
en extremo complejas las soluciones.

Son muchas e interesantes las investigaciones que se hacen al respecto, como así también la opinión de reconocidos expertos y el análisis e interpretación de esta cruda realidad resultan atractivos, además de necesarios, sin dejar de considerar que hay, también en este tema, una peligrosa confusión, ya sea en cuanto a las causas o a los medios que se proponen para resolverlas.

Sin pretender evitar la profundización del debate, ni hacer injusto reduccionismo, creo que hoy los cordobeses debemos 
mirar más cerca, debemos observar nuestra realidad inmediata.

Los últimos sucesos ocurridos en nuestra provincia, con jóvenes y adolescentes muertos por otros de su misma edad (un pequeño de 3 años fue violentamente golpeado por niños de 8 y 12 años en la ciudad de Río Cuarto), deben provocar una alarma social proporcional a esa gravedad y ameritan que 
los cordobeses nos demos un debate y una discusión, aquí y ahora.

Víctimas y victimarios tienen la misma edad, en muchos casos se conocen entre ellos, pertenecen al mismo barrio o concurren a la misma escuela. El aumento de la violencia en las relaciones sociales y el quiebre de una convivencia más armónica ponen a la intemperie a una sociedad que mira azorada y espera que “la violencia no llegue hasta sus hijos”.

Los niveles de agresividad van creciendo y, si bien no hay que descartar la presencia de redes delictivas, adicciones a los estupefacientes y al alcohol, los negativos efectos de los cambios producidos en la estructura social y familiar o factores económicos, educacionales y hasta jurídicos, es imperioso bucear más en profundidad para encontrar las causas verdaderas.

En busca de soluciones. Es inevitable la realización de diagnósticos que nos acerquen por lo menos en parte a entender, analizar y buscar alternativas y soluciones.

Debemos señalar la ineficiencia cada vez más marcada de la prevención de la criminalidad, que es una de las funciones más importantes del poder público, o exigir gestión e inversión en cuestiones de más relevancia que simples y demagógicos actos de posicionamiento político.

Seguro que hay niveles de responsabilidad diferentes y escalonados. Pero no todas las culpas están ahí. En definitiva, son los pueblos los que van edificando su propio destino. Son las sociedades las que van elaborando sus propios modelos.

Incluso debiéramos ser más audaces y me atrevo a ser provocativa. ¿No debiéramos comenzar a cuestionar el sistema? ¿Es acaso el capitalismo, con su deshumanización, el responsable? ¿Es acaso la obscena y abismal desigualdad que produce este sistema? ¿Es la alteración en la escala de valores producto de su aplicación? ¿Es acaso esta sociedad de consumo que ha materializado hasta los sentimientos? ¿Será ese espíritu competitivo que se lleva puesta cualquier motivación solidaria? ¿No es violencia todo esto?

En su interesante trabajo sobre La economía solidaria como forma de organización económica alternativa al sistema capitalista global , Maite Orellana Gazaga hace una descripción sobre los efectos negativos del sistema. Sería muy bueno que comenzáramos, aunque sea tímidamente, a incorporar estas cuestiones en los debates que de modo necesario y responsable debemos abordar.