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Síntomas de una sociedad cada vez más conflictiva y violenta

La alta conflictividad y la violencia contribuyen a aumentar en forma notable el riesgo político del país, factor decisivo para los proyectos de inversión de mediano y largo plazo. Patricio Giusto.

11 de abril de 2013 a las 12:01 a. m.
Patricio Giusto*
Síntomas de una sociedad cada vez más conflictiva y violenta

No hace falta ser un agudo analista para percibir el clima de creciente conflictividad social que atraviesa la Argentina, con hechos de violencia cada vez más virulentos y frecuentes. Hay varias causas que explicarían este fenómeno, como ser la situación económica, la crisis de inseguridad o las pujas sindicales, entre otras. Pero mi intención es detenerme en algunos síntomas o indicadores que permiten dimensionar con claridad los alcances y la gravedad de la situación.

En primer lugar, durante 2012 y lo que va de 2013 ha aumentado en forma notable la cantidad de cortes de vías públicas. Se trata a mi entender del termómetro más fiel del nivel de conflictividad social, dado el uso cada vez más generalizado de este método de protesta por todo tipo de actores sociales, a lo largo y a lo ancho del país.

El año pasado se registró un 41 por ciento más de piquetes que en 2011, según datos generados por Diagnóstico Político. Y la tendencia va en aumento para 2013.

Al mismo tiempo, se extendió en los últimos meses el uso de otras formas de protesta, con fuerte incidencia en el espacio público, como los acampes, las tomas de edificios gubernamentales y de empresas. En el caso de los acampes, puede decirse que son una forma complementaria al corte de calles, utilizada fundamentalmente por organizaciones sociales durante protestas de larga duración.

Arma automática. Respecto de las tomas de edificios públicos y empresas, los protagonistas preponderantes son los sindicatos estatales y privados, respectivamente. También es habitual la infiltración en estos conflictos de grupos radicalizados de izquierda.

En cuanto a las medidas de fuerza más tradicionales, como las movilizaciones y los paros, un dato contundente es que, este año, en 17 provincias no comenzaron las clases con normalidad, algo que no sucedía desde hace casi una década.

Los paros se han convertido en un arma casi automática en el marco de las pujas salariales, sobre todo, por parte de los gremios estatales. En muchos casos, se anuncia el paro como forma de presión, inclusive, previa al inicio de la negociación paritaria.

Se ha ido deteriorando de manera progresiva la cultura del diálogo entre gobiernos, sindicatos y otros actores sociales.

Por otra parte, resulta alarmante el creciente nivel de violencia en el ámbito de las barras bravas del fútbol, el deporte más popular de la Argentina. Estas organizaciones delictivas, que en la mayoría de los casos poseen estrechos vínculos con el poder político, históricamente han resuelto sus disputas internas de manera violenta.

Hartazgo social. Lo novedoso, relativo a la conflictividad social, es que los enfrentamientos callejeros, a plena luz del día y con saldos mortales, se están convirtiendo en una tenebrosa escena cotidiana.

Las sangrientas trifulcas se difunden de modo explícito en los medios masivos de comunicación, mientras la opinión pública comienza a acostumbrarse a convivir con esta realidad. De hecho, no ha disminuido la afluencia de espectadores a las canchas de fútbol y tampoco se han adoptado medidas de fondo para revertir la situación.

Sobre la problemática de la inseguridad –principal preocupación de los argentinos, según la mayoría de las encuestas de opinión–, se han desencadenado puebladas que son cada vez más masivas y vandálicas. Lo que sucedió recientemente en la localidad bonaerense de Junín es un claro ejemplo de ello.

Más allá de los condimentos políticos que conviene tener en cuenta en cada caso, es muy probable que semejantes reacciones populares estén expresando un hartazgo social que se ha ido acumulando debido a cuestiones mucho más variadas y profundas.

Hacia un punto crítico. Para concluir, considero que los antes mencionados son síntomas muy visibles de una sociedad que de manera peligrosa se está tornando cada vez más conflictiva y violenta. Esta situación ha afectado seriamente la paz social, pero también el normal funcionamiento del Estado y la actividad económica.

La alta conflictividad y la violencia contribuyen a aumentar en forma notable el riesgo político del país, factor decisivo para los proyectos de inversión de mediano y largo plazo.

Si bien todo indica que como sociedad nos encaminamos a paso firme hacia un punto crítico, todavía estamos a tiempo de revertir este proceso.

* Analista político especializado en conflictividad social, director de Diagnóstico Político