Sin palabras
Construir prácticas de enseñanza significativa implica volver sobre las palabras, para sentirlas y generar un ámbito de realización a través de la expresión. José Luis Lázaro.
La profesora termina de leer el cuento por segunda vez en uno de los primeros años de la educación secundaria; los chicos se quedan mirando.
La pregunta, por parte de la docente, no se hace esperar: “¿Quién me cuenta lo que terminamos de leer?”. Los chicos se miran, algunos ríen, se inquietan, hasta que uno dice: “Se trata de un montón de palabras que no entendemos”.
La escena no tiene nada de original. Ocurre a diario en muchas escuelas y en otras tantas situaciones de lectura que atraviesan la mayoría de nuestros adolescentes y jóvenes.
Sin embargo, este hecho da cuenta de una preocupante realidad: considerando que el texto leído fue seleccionado para el nivel, lo sustantivo es que, para los jóvenes, las palabras han perdido significado. Y, desde luego, sin ese significado es imposible construir sentidos. Y sin esos sentidos, no hay aprendizaje.
En este punto, aparece la novedad: esta práctica del desencuentro con textos significativos se está naturalizando.
La escuela está ligada desde sus orígenes al lenguaje, a las palabras, a la transmisión de saberes a través de estas. Y hoy, paradójicamente, en épocas de hiperinformación, de chicos que transitan horas por las redes sociales, por el chat y frente a pantallas de celulares enviando mensajes, las palabras reflejan cierto vacío.
Distintos códigos. A la brecha intergeneracional, debemos sumarle, ahora, códigos no compartidos, que imposibilitan el hecho comunicativo entre adultos que intentan enseñar y adolescentes que no pueden aprender, al menos lo que se les pretende enseñar.
Diversos informes dan cuenta de las problemáticas en torno de la enseñanza y del aprendizaje de la lectura y de la escritura en la escuela de hoy. Señalan las profundas dificultades y el déficit latente en quienes logran avanzar en los distintos estadios del sistema educativo, sin que ello signifique necesariamente la adquisición de conocimientos, competencias y habilidades que, en teoría, la finalización de cada ciclo del sistema debiera habilitar en el alumno.
Jóvenes sin capacidad de atribuir significados, palabras que aparecen entonces difusas, vagas, indefinidas, con sus significantes huecos, inciertos, imprecisos, cuando asimilar la lectura y la escritura implica comprender que tienen significado, que son lenguaje y que son un instrumento útil para desenvolverse en la vida diaria.
Construir prácticas de enseñanza significativa implica volver sobre las palabras, para sentirlas, apropiándose de ellas, para generar un ámbito de realización a través de la expresión.
Pero esas palabras, además, deberán portar un compromiso ético, habilitando un diálogo que promueva encuentros y coherencias entre lo que se dice y lo que se hace. Algo que en el ámbito social está peligrosamente devaluado.
Cansadas y maltratadas. Nuestro pensamiento se realiza a través del lenguaje. Es decir, en palabras. En palabras que no pocas veces se presentan cansadas, saturadas, desgastadas, maltratadas.
En 1981, Julio Cortázar presagió el desafortunado destino para las palabras: “Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados”.
Certero análisis, real y lamentable. Porque de palabras estamos hechos y palabras es lo que damos y recibimos todo el tiempo.
Ahora bien, si esas mismas palabras están deshabitadas, ¿qué es lo que comunicamos? ¿Qué es lo que nos dicen? ¿Qué posibilidad de construcción social y de aprendizaje estamos afrontando como desafío?
Pensar que, en el mundo actual, leer y escribir se han convertido en imperiosa necesidad, en una práctica donde se resignifica el diálogo entre poder e inclusión, es desarticular el discurso latente en el colectivo docente acerca de que la escuela es un centro asistencial y que los sectores más vulnerables asisten a ella por un plato de comida.
Vínculo y diálogo. La necesidad y la urgencia de la tarea cotidiana de los maestros y maestras argumenta la importancia de encontrar y poner en acción estrategias pedagógicas y didácticas a través de las cuales los alumnos aprendan a leer y a escribir.
El filólogo español Pedro Salinas sostenía que “el hombre se posee en la medida en que posee su lengua”. Nada más veraz. Y agregaba: “No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva adentro, y esa expresión sólo se cumple por medio del lenguaje”.
Ahora bien, esa expresión tiene la urgencia de ser auténtica. El mandato que subyace se refiere a un adulto capaz de edificar vínculos con palabras. A devolverles la vida, a recuperarlas, a sentirlas, para poder transmitirlas. Ese será el mejor legado pedagógico. Pero si entre los mayores la palabra no cuenta, como correlato, la gestión docente pierde sentido.
Seguir trabajando sin palabras sentidas es privarnos de la comunicación; porque la pedagogía es ante todo vínculo y diálogo. Y el diálogo es palabra que humaniza.
Las mismas escenas se seguirán repitiendo si no le ponemos contenido a las palabras y si no volvemos al lenguaje para reconstruir el diálogo.
Será, además de lograr una promoción efectiva de aprendizajes, una de las más eficaces respuestas contra la violencia.

