Sin nostalgia por el año que pasó
El mundo no sabe qué hacer con la tasa de cambio para defenderse de la inundación de dólares, mientras Estados Unidos posterga el día del ajuste final. Fernando Henrique Cardoso.
Es casi una constante empezar un año nuevo con un balance sobre lo que agoniza y con votos de esperanza para el futuro. En este enero, de no ser por el empecinamiento de la esperanza, sería difícil mantener el ánimo. Es mejor imaginar que ocurrirá algo positivo en el futuro, pues del año que terminó, poco queda de bueno. En la economía y las finanzas internacionales, cuando parecíamos estar saliendo de la recesión que arrastrábamos desde 2008, la recuperación mundial frenó su ritmo y la crisis en Europa se profundizó. La desolación campea por doquier.Los estadounidenses, más pragmáticos, nadan en un mar de dólares convertidos en títulos de poca solvencia a costa del resto del mundo. Éste no sabe qué hacer con la tasa de cambio para defenderse de la inundación de dólares, mientras Estados Unidos posterga el día del ajuste final. Su índice de desempleo se mantiene elevado aunque ya no aumenta; no muestra una recuperación vigorosa de la economía; y no va a caer todavía en el abismo fiscal, el temido fiscal cliff . O, mejor dicho, está sumido en él pero con escafandra; mantiene tranquilas las calles y esquiva sin violencia a quienes protestan en las plazas, como el movimiento Occupy Wall Street.No logra, es verdad, escapar del abismo político de las posiciones opuestas entre republicanos y demócratas, abismo mucho más profundo que aquel en el que está hundida la Tesorería. Los dos partidos no se ponen de acuerdo para definir una política fiscal que alivie las cuentas. Sobre todo, los republicanos no aceptan impuestos que graven a los más ricos ni apoyan medidas que alivien las dificultades de los más pobres, especialmente en la cuestión de salud. La sociedad estadounidense parece bloqueada.Los europeos toman en serio lo que los estadounidenses dicen, no lo que hacen. Dirigen la economía con rienda corta, ortodoxos como nadie pudo serlo antes. Y la economía va de austeridad en austeridad, deshaciendo el modelo social europeo, tan difícilmente construido, sofocando al Estado benefactor y destruyendo las bases de un pacto de convivencia aceptable.El desempleo hace que las familias pierdan las ilusiones. Y no hay señales de crecimiento del Producto Interno Bruto ni de mejoría en las cuentas nacionales. De la crisis de liquidez del sector bancario, los europeos pasaron a la quiebra de las tesorerías nacionales, mientras el euro continúa altísimo, como si fuera la bandera de la Alemania triunfante. Ésta, a su vez, empieza a cojear por falta de quien compre sus mercancías, que su productividad vuelve baratas en comparación con las producidas fuera de sus fronteras.Incluso China, cuyo aparato productivo basado en las exportaciones fue creado en alianza con las multinacionales, tuvo que ajustarse a las circunstancias, pues hoy le falta el vigor del mercado externo de antaño. Beijing reconstituyó penosamente sus objetivos, y el modelo viejo ya no arroja resultados exuberantes. Trata de aumentar el consumo interno y crear una red de protección social indispensable para infundir ánimo en la gente y hacer que consuma en lugar de ahorrar para la vejez. Al mismo tiempo, con una demanda interna insuficiente, China redujo sus compras e impulsa la exportación de los numerosos productos manufacturados que fabrica. Repercusiones en Brasil. Brasil padece por esa causa. Si aquí la crisis no produjo un tsunami, sus marejadas se convirtieron en marasmo, que obliga a navegar a vela en tiempos de calma. Si por lo menos la situación política mundial diera indicios de mejoría, podríamos tener consuelo. Las esperanzas suscitadas por el Grupo de los 20 se esfumaron y, hasta ahora, la regulación del mercado financiero quedó en rumores. En las relaciones de poder no hubo avances significativos, a pesar de los logros ya alcanzados: relaciones razonables entre China y Estados Unidos, desplazamiento del eje mundial a Asia, aceptación gradual de Rusia como parte del juego de poder mundial y reconocimiento del peso político específico de algunos de los países de economía emergente, como Brasil.Lo que parecía un resurgimiento que permitiría el reconocimiento del mundo árabe-musulmán como actor global (la llamada Primavera Árabe) todavía es una incógnita. Como si no bastaran la desprolija intervención europea en Libia –que derivó en fraccionamiento y violencia–, la revuelta fomentada en Siria con un enorme costo humano, el fracaso de la intervención en Afganistán y el congelamiento de la precaria situación política en Irak, está también el estancamiento de las relaciones palestino-israelíes. La aceptación en la Organización de Naciones Unidas del Estado palestino en condición de observador es un paso adelante.Hay, sin embargo, buenas razones para sospechar que 2013 nos depara días mejores. Nos queda el consuelo de que, entre los brasileños, a despecho del decepcionante PIB, el Poder Judicial desempeñó su papel. Sin regocijarme por lo que no me anima (la desolación de la cárcel para quienquiera que sea), es forzoso reconocer que sí funcionaron las instituciones republicanas. Hay nerviosismo entre algunos poderosos. Hay tentativas desesperadas de negar las evidencias y acusar de farsa lo que es correcto. Pero prevaleció la serenidad de los que acreditan, como dice la bandera de los mineros sobre la libertad, que la Justicia puede tardar pero no falla. Esos son mis votos para el año que comienza.
*Sociólogo, expresidente de Brasil

