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Sentimientos y sensatez en el Bicentenario

¿Será que nos creemos un pueblo triste, escéptico y desencantado que un momento de alegría nuestra, bien popular, nos sorprende tanto? Alejandro Mareco.

30 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Sentimientos y sensatez en el Bicentenario

¿Será que nos creemos un pueblo triste, escéptico y desencantado que un momento de alegría nuestra, bien popular, nos sorprende tanto? ¿Será que nos conocemos poco, como pueblo entero y como parte de él, que no sabemos ni siquiera presentir con el corazón cómo vamos a reaccionar frente a determinado estímulo? ¿Será que una cosa es pretender hablar en nombre del pueblo, desde las más diversas tribunas y fuentes de poder, y otra cosa es el pueblo mismo?

Parecemos aún no salir del asombro que nos causó la imagen que devolvió de nosotros el espejo del Bicentenario: un pueblo volcado a las calles, en la mayor movilización de multitudes de la historia, dispuesto a sonreír, a llorar y a todo lo que la emoción mandase, hasta sentir la condición argentina, la patria, bien dentro del pecho. Es allí, en el pecho, donde se alojan la conciencia y la esencia de la sangre de los pueblos, y el 25 de Mayo que acaba de pasar, este pueblo fue más consciente que nunca de su entidad, de su historia y de la siembra del porvenir: no habrá un futuro mejor si no somos capaces, ante todo, de sentirnos argentinos. Y latinoamericanos, pues esa conciencia se afirma por fin.

Tan simple como eso, pero a la vez tan trascendente. Es que las generaciones del presente honraron a las que forjaron este destino con la alegría de sentirse dueñas de un legado que, pese a los barquinazos y las desbarrancadas, todavía está en nuestras manos, las manos de hacer el hoy, que también es hacer parte del mañana.

Eso, lo de sentir que estamos hechos de ayer, y que hacemos el hoy y parte del mañana, es lo que las multitudes salieron a enarbolar en las calles. Con una conciencia roja y palpitante que casi nadie parecía esperar.

Hay que creer en lo que un pueblo siente, sobre todo cuando lo expresa de una manera tan contundente. Hay que creer en que el pueblo siente, y que tantas veces siente con más contenido que lo que se piensa… Si nos tuviéramos que fijar en cómo los presentes se disputan el presente, el sentido de pequeñez con la que se abonan los días mientras la grandeza es un camino en la búsqueda de justicia social, sería difícil proyectar un después.

El desfile del Bicentenario en Buenos Aires fue el encuentro perfecto entre la ansiedad por ver y sentir, y el talento para concebir y mostrar el arte y la historia juntos. La gente, con su ánimo puro de banderita agitada, dejó su corazón expuesto en varios cuadros. Como cuando cantó la Marcha de San Lorenzo , con incluso más convicción que en el patio de la escuela; o cuando arengó: "El que no salta es un inglés", frente al episodio de la Guerra de Malvinas. Hay cosas grabadas en el alma colectiva.

El país, profundo y a la vez en superficie, sorprendió en el Bicentenario. Y no fue por triunfos en un Mundial de fútbol en los que, como felizmente nos ha pasado, la gente sale a la calle para soltar su alegría mientras algunos piensan que no se trata sino de alienación. El 25 de Mayo las multitudes tuvieron sentimientos y sensatez. Los alienados, quizá, fueron otros.