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Saber ganar, saber perder, cerrar la grieta

Hay que demostrar, desde las más altas esferas del nuevo gobierno, un gran grado de generosidad y altruismo. Por eso, los primeros gestos van a ser fundamentales.

26 de noviembre de 2015 a las 12:01 a. m.
Daniel Gattás | Doctor en Ciencia Política, docente de la UNC, la UCC y el CUP
Saber ganar, saber perder, cerrar la grieta

Sin dudas que la elección del pasado 22 de noviembre ha sido de una importancia capital y novedosa, no sólo por el hecho de que fue definida en segunda vuelta, sino por una serie de curiosidades que no se habían visto nunca en nuestro país a lo largo de su joven historia.

Virulencia

La primera de ellas tiene que ver con la gran virulencia de la campaña proselitista, en especial en las últimas dos semanas. Y cuando uso la palabra “virulencia”, lo expreso en el sentido literal de la expresión, es decir el exitoso y lamentable hecho de haber logrado impregnar a nuestra sociedad de un microorganismo nocivo, de una bacteria devastadora basada en el terror, en la intolerancia y la descalificación del ocasional adversario.

Si bien este hecho –que se conoció como la “campaña del miedo”– fue llevado a cabo de manera expresa y a la luz pública por el equipo de propaganda del Frente para la Victoria en un intento desesperado de no perder el poder, ya estaba instalada en otro de los grandes protagonistas de esta elección: las redes sociales.

En efecto, los niveles de agresión y de división entre los argentinos eran muy fáciles de percibir y verificar, básicamente en Facebook y Twitter, donde la brecha de la que tanto se ha hablado en los últimos tiempos lejos de ir cicatrizando, se profundizaba cada día más.

Las responsabilidades eran concurrentes, tanto de quienes defendían al Gobierno nacional planteando una visión apocalíptica en el caso en que ganara Mauricio Macri –aun sin la certeza de que Daniel Scioli los representara de verdad– como de algunos adherentes al cambio que, desde su trinchera, eran incapaces de reconocer, aunque más no fuera, un mínimo logro de los últimos 12 años.

Los niveles de incomprensión y de falta de diálogo en las redes eran de tal magnitud, que se hacía muy difícil exponer alguna posición razonable o sostener una idea sin que del otro lado se respondiera con una dureza inusitada, a través de palabras e insultos que dolían más que piedras.

Lo más curioso es que era una misión casi imposible que cada uno de los protagonistas de las redes asumiera su responsabilidad de semejante virulencia, la cual se trasladaba de unos a otros. En realidad, lo que mostraba con claridad palmaria era la enorme división entre los argentinos, casi como si se hablara de dos países diferentes.

La reconstrucción

Hoy, la suerte ya está echada y Macri es el nuevo presidente de todos los argentinos, de los que lo votaron y de los que no lo votaron.

Se podrá aducir que el porcentaje que separó a ambos candidatos fue exiguo, pero estos se encuentran dentro de la lógica de la mayoría de los balotajes en distintas partes del mundo.

Ahora viene lo más difícil. Y no me estoy refiriendo sólo a la cuestión económica, sino a que hay una prioridad, y esta tiene que ver con la reconstrucción y pacificación de una sociedad crispada y a la cual se le ha inculcado temor sobre su futuro.

Este es el primer paso. 
A partir de allí habrá que disipar el miedo, volver a creer en la importancia de nuestras fuerzas, recuperar algunos valores perdidos y garantizar la inclusión de los sectores más postergados en este nuevo proyecto de país.

Usando terminología futbolística, se suele decir que en la vida hay que saber perder. Pero la mayor grandeza de las personas virtuosas está en saber ganar. Este es el gran desafío de Macri, quien, de acuerdo a sus expresiones públicas, tiene muy claro que es indispensable una reconciliación para poder avanzar hacia un futuro venturoso.

Nueva oportunidad

Nadie puede soslayar que la única manera en que nuestro país vuelva a ser una tierra de oportunidades, como lo fue en la época de nuestros abuelos inmigrantes, confiable, inclusivo y atractivo, es que la sociedad en general comprenda que estamos todos subidos en el mismo barco y que el ejemplo viene desde arriba. De allí que hay que demostrar, desde las más altas esferas del nuevo gobierno, un alto grado de generosidad y altruismo. Por eso, los primeros gestos van a ser fundamentales.

La gran noticia para un país y una sociedad acostumbrada a personajes mesiánicos e infalibles es que el nuevo presidente es un hombre que no se siente un iluminado, que sabe sus limitaciones como ser humano, que comprende que hay que rodearse de gente idónea y honesta. Lo más importante: tiene clara conciencia de que la única manera de resolver los complejos problemas que plantean estos tiempos es a través del trabajo mancomunado y en equipo.

Hay que cerrar la grieta, tener los pies sobre la tierra, pero nuestra mirada en el firmamento. Estamos frente a una nueva oportunidad histórica; de nosotros y de la claridad y madurez de la clase dirigente dependerá saber aprovecharla, pensando en el futuro y en las próximas generaciones.