Retazos en papel de un papá maravilloso
Con fragmentos de sus poemas, me despido del seminarista, empleado de ferrocarril, ocasional mozo, médico, escritor aficionado y, sobre todo, papá cariñoso que me tocó en suerte, cualidad que mejoró cuando fue abuelo.
En tus anaqueles y gavetas, como testimonio de tu paso tierno por el mundo, están tus poesías, algunas publicadas en libritos de talleres literarios; la mayoría, en retazos de papel que aún conservan correcciones y agregados con tu letra de médico perfecta, ilegible, eterna.
Leo y releo “Código de Faltas”, quizá mi preferida. Te imagino silvestre, en la casa con techo de caña brava, en el patio con huerta y animales; un paisaje macondiano donde la abuela, para salvarte del destino, te despojó de la niñez enviándote a un seminario lejano; primer paso en esa larga e injusta carrera de casi dos décadas que finalizó en la primavera de 1985, cuando por primera vez te llamaron “doctor”.
“Encamina tu furia de habitante de la orilla/ para salir al sol a disfrutar tu vuelo/ no pienses que te juzgo por tu futuro incierto./ Saber no es mejor, pero te cuida el sueño./ Para que seas un hombre dueño de su criterio/ no faltes a la escuela aunque estés triste, hijo./ Por no entender condenas prematuras y absurdas/ que transforman la suerte/ y te acercan a la muerte./ No faltes hijo mío/ la cita es con la vida,/ con la tuya y la mía”.
A ella, a la abuela, le escribiste: “¡Ay! Si pudiese encontrarte,/ regando la madrugada,/ y regalarte caricias,/ que me quedaron guardadas”. A él, al abuelo, le deseaste: “Si volviese tu camino/ a cruzar la madrugada/ quisiera que fueras canto/ o pájaro liberado”.
De tu mano trabajadora, aquella que alguna vez sostuvo la guadaña en la cuadrilla de ferroviarios o la bandeja durante tu ocasional changa de mozo sabatino, nació una elegía proletaria para Mariano Ferreyra; como vos, obrero y estudiante:
Ahí sobre las vías,/ donde se aleja el sueño,/ se detiene el silencio,/ y tu sangre brotando se revela./ Es preciso que nadie la detenga,/ que manche las paredes,/ del otro Buenos Aires,/ que se moje la noche,/ que macere la calma,/ y madrugue callada/ la lucha cotidiana.
Te imagino consternado, postrado, incrédulo, ante la imagen de Aylan Kurdi inerte en la playa; te imagino recordando a tu propio niño ahogado, un cuerpo pequeño y sin vida que dejaron en una camilla durante una de tus primeras guardias; y con esa imagen cruel en tu retina, te imagino escribiéndole al niño que no fue refugiado:
“El dolor de ser nadie,/ cuando acudes con hambre/ al banquete del mundo, del poder, del fraude./ Ahora sólo mueves tu gastado reflejo/ para escapar indemne del odio, de la muerte./ (...) Tal vez deje una silla liberada en mi mesa/ para escuchar en vano tu plegaria de espuma./ Quizá les sirva a otros tu muerte de paloma,/ la injusta frialdad de tu cuerpo en la arena”.
Quedan como ingrávidas partes del aire tus mejores cuentos, los inventados, ese mundo de fábula y fantasía, incunables palabras entrelazadas que sembraron en las niñeces que abrigaste cada noche el cariño por la lectura, como bálsamo frente a cualquier soledad, frente a cualquier miedo.
“Alguien te ha dicho adiós y te recuerda/ alguien te ha dicho adiós y te ha olvidado/ alguien se fue en silencio por la tarde/ de este otoño gastado por el viento./ Guarda la soledad bajo tu almohada/ hasta el amanecer sediento de venganza,/ y luego suelta los silencios/ y celebra con ella lo vivido”.
Me pesa la orfandad; no tanto por la muerte, inevitable siempre, sino por el dolor de tus últimos días, cuando la guitarra dejó de entenderte y tu voz dulce y cantora se hizo silencio; cuando el vino decidió negarte, cuando las palabras eligieron escaparse.
“Quiero decirte todas las palabras,/ las de abajo del puente, descuidadas,/ promiscuas, altaneras, callejeras;/ desprovistas de estirpe y de legado./ Quiero que la palabra te cobije,/ te desnude y te vista en las mañanas,/ de rescate de siestas letargosas,/ y enmiende con un verso la nostalgia”.
Te quise como lo haría cualquier hijo; tu mérito fue, en cambio, que te admirara hasta el último suspiro, porque también enseñaste que la vida artificial, la de las máquinas, nunca será vida. Y en tu premonitorio adiós, pediste ser mineral; naturaleza.
“Extraña sensación no sentir nada/ ser sólo una razón deshabitada/ transitando sin rumbos, y sin nostalgias./ Yo he sido mineral en otra vida/ y he de volver allí cuando llegue el día,/ o cuando yo decida”.
Escribo estas líneas íntimas con la esperanza de que, en el futuro, antropólogos las rescaten y corroboren que alguna vez pisó este mundo tirano y triste, haciéndolo más tierno, un niño que dejó su pueblo andino para vencer a su destino; se hizo obrero ferroviario sin dejar de ser estudiante universitario; vecino de las márgenes de Alta Córdoba, habitante de una casa pobre y cálida; médico simple en un pueblo simple; escritor aficionado, coreuta, guitarrero llano de voz templada; un padre que trocó tempranamente la petulancia de enseñar a vivir a sus hijos por la misión inquebrantable de ayudarlos, aunque sus pasos fueran los equivocados; un papá cariñoso, cualidad que mejoró cuando fue abuelo, a quien sus nietos llaman “abuelo Guascho”, extrañándolo con locura por no haberlo disfrutado lo suficiente.
“En el sendero azul de tu silencio./ (Se me ocurre de azul tu lejanía)./ Allí estaré esperando tu regreso,/ que atravieses el muro y alces vuelo/ como pájaro en vísperas del frío”.

