Reforma laboral. Sin reglas claras no hay empleo: la apuesta de la modernización laboral

Serán el mercado laboral, la inversión privada y la creación de empleo los que determinen si la modernización sancionada fue apenas un cambio normativo o el punto de inflexión hacia un modelo más equilibrado y sostenible.

12 de marzo de 2026 a las 12:01 a. m.
Marcelo Villegas*
Sin reglas claras no hay empleo: la apuesta de la modernización laboral
Sesión en el Senado por la Ley Penal Juvenil y la reforma laboral (Foto: Comunicación Senado)

Luego de un proceso iniciado con el decreto 70/23 y continuado con la Ley Bases, el Parlamento argentino sancionó la Ley de Modernización Laboral. Se trata de la reforma más profunda en materia de relaciones laborales de las últimas cinco décadas.

Las reacciones no tardaron en aparecer. Para algunos, es un triunfo frente al poder sindical y la llamada "industria del juicio". Para otros, una norma “antitrabajador” que vulnera derechos históricos.

Ambas posiciones, en sus extremos, simplifican el debate. La discusión de fondo es más compleja.

Industria del juicio

El sistema laboral argentino funcionó hasta ahora con la ley 20.744 como eje y con una extensa red de decretos y normas complementarias.

Muchas de ellas –incluida la propia ley madre– nunca fueron reglamentadas. Ese vacío fue ocupado, con el paso del tiempo, por usos y costumbres que terminaron moldeando las relaciones laborales, más por la correlación de fuerzas que por reglas claras.

El esquema se volvió pendular. Según la administración de turno, hubo ganadores y perdedores, aunque con una tendencia sostenida hacia la expansión de los reclamos laborales.

En ese contexto, el Poder Judicial asumió un rol determinante. La interpretación amplia del principio in dubio pro operario derivó, en numerosos casos, en indemnizaciones desproporcionadas.

Más allá de la discusión técnica, el efecto económico fue concreto: especialmente en pequeñas y medianas empresas, se instaló una cultura defensiva. No contratar, no registrar o subregistrar pasó a ser, para muchos, una estrategia de supervivencia.

El círculo se completó con multas, inspecciones, ampliación de facultades sindicales y sucesivas leyes de blanqueo que no lograron resolver el problema estructural. El resultado fue un sistema desbalanceado, ambiguo y crecientemente litigioso.

Así se consolidó la llamada “industria sin chimeneas”: la industria del juicio laboral.

Alterar el equilibrio

En un país que no genera empleo privado genuino desde hace años –y donde el empleo formal se sostuvo en gran medida por la expansión del sector público–, lo que sí creció fue la litigiosidad. Detrás de ese fenómeno operó una maquinaria de estudios jurídicos especializados que encontraron allí un negocio altamente rentable.

El costo lo asumieron, en muchos casos, pequeñas y medianas empresas que terminaron cerrando o reduciendo personal.

La nueva ley busca alterar ese equilibrio.

Introduce simplificación registral, mayor flexibilidad organizacional y reglas más previsibles sobre los costos de desvinculación. Reduce la discrecionalidad judicial en la actualización de créditos laborales y establece parámetros más definidos para la interpretación de ciertos institutos.

También acota prácticas sindicales que, bajo el amparo de los usos y costumbres, interferían procesos productivos mediante bloqueos y piquetes.

¿Alcanzará para generar empleo? Es prematuro afirmarlo.

La norma es una condición necesaria, pero no suficiente. Su impacto dependerá en gran medida de la reglamentación y de su articulación con otras reformas estructurales.

Instrumentos como el Rigi, el Rimi y eventuales modificaciones en materia impositiva y previsional podrían contribuir a conformar un entorno más propicio para la inversión y la generación de empleo genuino.

Pero las leyes, por sí solas, no transforman realidades.

El Poder Ejecutivo deberá avanzar en la reglamentación con claridad técnica para evitar zonas grises que reabran espacios de discrecionalidad.

El sector empleador tendrá la responsabilidad de aplicar las nuevas reglas con profesionalismo, invirtiendo en capacitación y cumplimiento normativo.

Y los sindicatos deberán reconfigurar su accionar dentro del nuevo marco legal, con claridad sobre derechos y límites, evitando prácticas que expongan a sus representados a situaciones irregulares.

Es probable que la judicialización continúe. Habrá debates constitucionales, interpretaciones divergentes y un período inevitable de incertidumbre hasta que se consolide jurisprudencia. Ese tránsito será parte natural de cualquier reforma de esta magnitud.

Modificación necesaria

Sin embargo, más allá de las posiciones ideológicas, lo cierto es que el Congreso ha decidido modificar un esquema que mostraba signos evidentes de agotamiento.

Los pilotos, al aproximarse a una pista, siguen tres líneas imaginarias: inicial, básica y final. En esa metáfora, el decreto 70/23 fue la aproximación inicial. La Ley Bases, la básica. Y esta modernización laboral representa la fase final del descenso.

El aterrizaje no garantiza el éxito del viaje. Pero indica que se ha elegido un rumbo y que, al menos en términos normativos, el país intenta ordenar un sistema que durante años operó entre vacíos legales, interpretaciones expansivas y creciente conflictividad.

La verdadera evaluación llegará con el tiempo. Serán el mercado laboral, la inversión privada y la creación de empleo los que determinen si esta modernización fue apenas un cambio normativo o el punto de inflexión hacia un modelo más equilibrado y sostenible.

*Abogado especialista en negociaciones complejas; exministro de Trabajo de la provincia de Buenos Aires; coach ontológico