Rebelde sin causa
La película de James Dean podría ser un buen entretenimiento para los chicos de las escuelas secundarias que han tomado los colegios. Ángel Stival.
"En el país de la democracia casi perfecta, las jóvenes generaciones cultivan, junto con el vicio de los chicles y las cocacolas, algunas otras diversiones, menos extendidas, pero más excitantes: el robo, el asesinato y la locura", dice un tal Vincent N. sobre Rebelde sin causa , película de 1955 que consagró a James Dean como el símbolo universal de una época. En ella, el director Nicholas Ray cuenta la historia de una familia norteamericana –madre más bien autoritaria y padre sumiso, dubitativo y "pollerudo"– a la que le ha nacido un polvorín con forma adolescente que, en su frenética búsqueda, no deja lío en qué meterse. En la huida de esos líos que los convierten en nómades, los padres del buen Jimmy recalan en Los Ángeles, donde anhelan echar raíces. Pero el niño, de entrada nomás, se enreda con la novia del jefe de una pandilla estudiantil y un desafío típico de la edad desencadena una tragedia tras otra.Verla hoy acarrea sus problemas. No sólo porque uno tiende a identificarse más con el padre que con el impetuoso joven que exige respuestas negro sobre blanco, sino también porque, después de La naranja mecánica y otras películas espeluznantes pero menos notorias, esa rebeldía suena un tanto ingenua.No harían nada mal los jóvenes que hoy sacuden la modorra ciudadana con sus tomas de colegios en correrse a un videoclub y alquilarla, aunque sea para llenar los tiempos muertos. No encontrarán explicaciones políticas, pero sí, quizá, unas cuantas claves de por qué son infructuosos los esfuerzos de algunos adultos por comprenderlos. "La cinta de jóvenes terroristas –decía Vincent N.– sirve, por lo menos, para obtener la certeza indiscutible de que, con la muerte de James Dean, Hollywood quedó privado de un excelente actor". Vincent N. no es otro que Mario Vargas Llosa, quien, a los 19 años, empezaba a hacer los palotes de una obra extensa –devorada en sus primeros brotes también en la década de 1960, mezclada con Julio Cortázar y Gabriel García Márquez–, que ahora recibió el reconocimiento de los académicos del Premio Nobel. Se lo merece. Nadie nada hoy como él en el río castellano.

