Temas del día:

Quiénes y cuándo

Área peatonal. Día de la abuela. Maldito sea. Brando. (Selección de textos por el autor) Daniel Salzano.

30 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Área peatonal

Doblás por 9 de Julio en dirección a La Merced y lo primero que encontrás es un payaso de Chagall que se maquilla ante un espejo atado al palo de la luz con 20 guitas de alambre. El tony se pinta de rojo la nariz, los labios y las orejas, pero nadie se detiene para verlo, porque la humanidad es un río caudaloso que avanza, incontenible, por la calle más atestada del planeta.

Por esa misma calle, cuando recién fue peatonalizada, el intendente Hugo Taboada imaginaba que Córdoba entraría caminando al siglo venidero.

Sigue el clown haciendo monerías frente al palo de la luz, mientras un ciego penado por la ley toca la flauta con la boca cerrada y sobre el brocal de un cantero enteramente destrozado, un inmigrante de “Los 40 Guasos” ofrece tijeras de la China, turrones de ultramar, retratos de San Expedito y garrapiñada caliente.

Avanza el Ganges de la humanidad chungachunga, rodea una incidental loma de basura, pasa frente a un quiosco de revistas que predice la inmediata canonización del presidente y, antes de llegar a Rivera Indarte, se prueba un gorro tejido con lana de Corea.

A todo esto, en la esquina propiamente dicha de la casa Pierino, el acordeonista clava su mirada en un punto invisible del abismo y arranca con su enésima versión de Pájaro campana. Por alguna zanja cavada a espaldas de Aguas Cordobesas, fluye un arroyo por el que alguien deberá pagar el día de mañana.

El cielo del atardecer está rabiosamente despejado. Miles de tordos, tordos de carrera, tordos de exposición, tordos parlanchines, ocupan los grandes percheros del área peatonal y mientras hablan, cuentan, chiflan y discuten, dejan caer al mismo tiempo sus plumas y diarreas. Los pájaros, decía Ferré, tienen ojos de personas.

Puede suceder a esta altura de la expedición que se te ocurra descansar sentado filosóficamente en un cantero acribillado, pero no podrás hacerlo porque hace muchos años que los espacios libres del área peatonal están ocupados por vendedores de paraguas, relojes y tostadoras de panchos electrónicos.

Por fin divisás a lo lejos la cúpula de la iglesia y creés que estás prácticamente amortizado, que ya no te queda nada para ver, pero te equivocás porque, trepado a una caja vacía de cigarrillos Viceroy, un cura trucho del Altiplano te pide un dólar para contarte su verdad: el río de la vida es un encanto, pero hay que andarse con cuidado porque debajo de cada nenúfar se agazapa un cocodrilo. Unido a un cable que lo comunica con el Universo y en nombre de la iglesia de los pobres inocentes, el hermano Peralta advierte que el mundo está por estallar. Por cinco pesos te bendice y por 10 te confiesa arrodillado.

Llegás por fin a la calle Rivadavia creyendo que el show está cumplido, pero volvés a equivocarte: al mando de una jardinera salida de

Calcuta, un ciruja con barba de Jehová y esqueleto tercermundista habla directamente al oído del caballo. Ambos están en desacuerdo. El croto dice que el siglo 21 está para el lado del Parque Sarmiento. El caballo, en cambio, dice que para el lado del río.

Día de la abuela

Yo de las abuelas nuevas no sé nada, porque hace mucho que no tengo, pero recuerdo muy bien cuando en la misma cuadra de la calle Jerónimo Luis de Cabrera vivían todas mis tías y mis tíos y mis primos y había una carnicería y una carpintería y unas sillitas de madera que sacábamos al anochecer para tomar el fresco.

Bueno, ahí, en el centro de la tribu, como el jefe Caballo Loco, se sentaba la abuela, la nonna, que era viuda, que era napolitana y que en el interior de un monedero que llevaba encadenado a la cintura conservaba la estampita de una Virgen a la que le rezaba mientras hundía los pies en una palangana.

Me acuerdo cuando la abuela se metía en la cama y los resortes chirriaban y a ella se le escapaba un gruñido italiano de placer y después yo le leía la vida de un santo de Sorrento que había pasado los últimos años de su vida alimentándose exclusivamente del rocío de las flores. Al final, el santo se iba al cielo y la abuela decía siempre lo mismo: “¡Poverino!” (¡Pobre!).

Lo que quiero decir es que si te sacabas un 10 en Ortografía te regalaba una birome con resorte, y si te sacabas un dos en Aritmética te ponía a pelar chauchas y, entonces, te contaba la historia de su casamiento con el nonno, en la Confitería Oriental, con un menú que incluía cubiertos de plata y lechón con bananas fritas. ¡Bananas fritas!

No sé si se han fijado pero, a medida que envejecen, las personas se parecen cada vez más entre sí y a veces, en la calle Jerónimo Luis de Cabrera, sucedía que había 10 ó 12 abuelas tomando el fresco en la vereda con el pelo recogido en un pañuelo negro y las manos aferradas al monedero. Y si pegabas un grito: ¡Chau nonna!, todas te decían “chau”, porque ya no veían bien, ni oían bien y si tenían un loro y ellas se morían, entonces el loro dejaba de comer, se alimentaba exclusivamente del rocío de las flores y, como el santo napolitano, se iba directamente al cielo.

¡Poverino!

Maldito sea

Todas las noches al dar las 9 se sienta solo a ver la tele. Unas papitas unos palitos bastante whisky pocos cubitos. Le da lo mismo cualquier programa, lo que no quiere es ir a la cama. Hace unos días que lo ha dejado, le sobra cama por todos lados. Todas las noches de mal en peor, ella se ha ido, maldito sea, cuánto dolor. Qué cosa extraña los sentimientos, te hacen de goma en un momento. Mucho desorden, sombra de barba, 50 puchos en una parva. No está en el baño, ni en la terraza, no está en ningún lugar de la casa. Quedan las fotos y algún vestido, pero no hay caso, ella se ha ido. Todas las noches de mal en peor, ella se ha ido, maldito sea, cuánto dolor. Todas las noches al dar la 1 camina un rato bajo la luna. A esa hora hay poca gente, sólo unas locas fosforescentes. Nadie lo mira, no mira a nadie, cierra los ojos, cruza las calles. Probablemente si la encontrara haría todo y no haría nada. Todas las noches de mal en peor, ella se ha ido, maldito sea, cuánto dolor. Cuando regresa a la madrugada vuelve a su casa trayendo nada. Igual que cuando dieron las 9 se sienta solo frente a la tele. Dan una triste con Julia Roberts ella se mata y el novio muere.

Le da lo mismo cualquier programa, lo que no quiere es ir a la cama.Hace unos días que lo ha dejado, le sobra casa, le sobra pena, le sobra cama por todos lados.

Brando

En 1965, con la caja chica en menos 10, la Fox decidió combatir la recesión apostando una fortuna a la mano de Morituri, un plomo al que las gacetillas obsecuentes definían como una película de, para, sobre, tras y con Marlon Brando (el mismo tipo de gacetillas que insistía en definir al actor como un comediante radiactivo).

Aprovechó la bolada el radiactivo para demostrar que el profundo desprecio que sentía por Hollywood continuaba intacto. En lugar de colaborar con el lanzamiento del filme enfundándose en un buzo de la Fox y hacer footing jacarandosamente por los jardines del show business, prefirió, a lo bestia, arrojarse de cabeza a la pileta de las excentricidades.

No sólo dio la vuelta al mundo (por cuenta del estudio) soltando eructos y discutiendo con la prensa sobre lo divino y lo humano, sino que comparaba a Morituri con una cáscara de banana olvidada en la puerta de un colegio. De un colegio para ciegos.

Cuando la película inició su andadura comercial, fue recompensada por un inapelable chaparrón de patadas en el trasero. La película naufragó, la Fox tuvo que pedir un préstamo al Fondo Monetario Internacional y Brando dio comienzo a una prolongada etapa de oscurecimiento exiliado en una isla de Tahití, obvia, freudiana, meteorológica y metafóricamente azotada por el viento. A lo largo de una profunda virada psicológica, inició los trámites para cambiar de nombre. Rudyard, eligió. Como Kipling.

En la Muni recibieron la solicitud de Brando y la archivaron sin siquiera detenerse a analizarla. Era habitual que el actor, cada vez que se sentía confundido, buscara solucionar sus cuitas convirtiéndose en otra persona.

¿Fue feliz haciéndose el mono por cuenta de la Fox y boicoteando descaradamente la película? No. Brando no fue feliz nunca. Ni siquiera cuando tendría que haberlo sido. Una constante estremecedora: condenado por misteriosas razones, tuvo que ver a lo largo de su vida cómo todo lo que construía, de inmediato se derrumbaba. Incluida su propia familia. Comenzaron cediendo sus cinco mujeres y después siguieron sus hijos. Cheyene Brando (25), su hija, siempre pálida, siempre nerviosa, siempre dominada por la gripe, amaneció colgada de una viga en la casa más famosa de la isla. El actor fue el más afectado de toda la tribu. Estaba emocionado, abstraído de golpe y continuamente aterrado.

Los gritos que Brando gritó en Un tranvía llamado deseo no fueron gritos. Las lágrimas que lloró en El padrino no fueron lágrimas. Sólo un entrenamiento intensivo para su pálido final.

Pesaba dos veces más de lo necesario para convertirse en el quesito preferido de su corazón. Ni siquiera podía agacharse para ponerse las medias. Estaba gordo como un animal. ¡Flop!, hizo el corazón de Rudyard, que no se llamaba Rudyard.

Cuando me enteré de su deceso, escribí en una libreta el título de la nota necrológica que con toda seguridad me iban a encargar: “Brando nos da una oportunidad de ganar”.

Después me dio vergüenza y la taché.