Quiénes y cuándo
Y bien que lo sabemos, amor mío. Pesebre. La señora del Correo. Instrucciones para no ser un asesino. Daniel Salzano.
Y bien que lo sabemos, amor míoSi me sintiera llamado a fundar una ciudad / fundaría la ciudad de Córdoba /Argentina / cuyos primitivos habitantes / once cero seis antes de Cristo / bebían agua de lluvia con la boca abierta / se alimentaban con mojarras que comían de sus manos / y de higos que caían del cielo / eran lentos / perezosos / barbudos / pacíficos / en cuanto al sexo / Darwin suponía que en Córdoba había tenido lugar el origen de las especies / sapos cantores / viejas del agua / y aves cordiformes de la familia de los recurvirróstridos / los teros.
Si me sintiera llamado a crear un instrumento / crearía el piano / una vez en la casa de mi abuelo / el inmigrante / me escondí entre el piano y la pared/ justo apareció mi tía y comenzó a tocar / de manera tal que la música me sacudía el cráneo y los hombros y los codos y la barriga / estaba solo / en la oscuridad / y no me importaba nada / tenía sed / y no me importaba nada / tenía hambre / y no me importaba nada / acababa de descubrir que no hay en el mundo / mejor lugar que la espalda del piano / a propósito: / Albert Camus contaba la historia / de un músico judío encarcelado por los nazis / el hombre había tallado un teclado con un clavo / sobre un pedazo de madera / ahí pasaba las horas y los meses tocando / si me sintiera llamado a dar clases de piano / empezaría por repartir un clavo a cada alumno / y un trozo de madera / conozco todos los pianos / conozco todas las sonatas para piano / conozco a todos los pianistas / Ray Charles / Oscar Peterson / Federico el grande Chopin / y estuve presente en el Rivera la noche en que se cortó la luz y “el Mono” Villegas tocó con una vela.
Si me sintiera llamado a escribir el libro de esta ciudad / nombraría madrina honoraria a la biblioteca Vélez Sársfield: / cuando le preguntaban a Bukowski que por qué escribía, decía que lo hacía para no convertirse en asesino / García Lorca escribía para poder tomar agua del pico con los ojitos cerrados / Vallejo, para decir que la Luna era una vieja pelada / Whitman, porque era capaz de permanecer inmóvil como un gato esperando la explosión de una palabra / y yo lo hago porque quiero arrancarle a la máquina el mismo sonido que le arrancaba Joe Louis a la soga en el gimnasio.
Si me sintiera llamado a inventar una hora perfecta / elegiría las 12.40 / cuando salgo a tomar un cafecito / ignoro la razón/ pero a las 12.40 siempre hay un par de hombres perforando la vereda / con cascos amarillos / el pecho desnudo / y una coca de seis litros / a las 12. 40 las faldas de las chicas golpean contra el viento y arden como brasas / a las 12. 40 en el bar no hay más localidades / hola loco / eso me encanta decir / y que me digan / hola loco / o maestro / hola maestro / pido una lágrima y anoto media docena de palabras / a veces compro un billete de la Córdoba / el setenta y siete / los puñales / a las 12.60 estoy de regreso / y como camino leyendo / siempre tropiezo con el mismo escaloncito.
Si me sintiera llamado a fundar un gran amor / recurriría directamente al amor mío / especialmente la parte en que dormimos abrazados / como un fósforo que recibe la llama de otro fósforo / a veces contamos los kilómetros de cine que llevamos recorridos / ¿Tom y Jerry? / la vimos / ¿La dolce vitta? / la vimos / antes de dormir me gusta frotarme contra el ómnibus de mi mujer / en marcha / a veces / sólo a veces / de lo profundo del corazón / suben las lágrimas / y bien que lo sabemos / amor mío. PesebreLa cuna era un cajón de manzanas que nos daba el verdulero; el niño Dios una muñeca que se convertía en hombrecito no bien le cortábamos el pelo y la almohada era un ladrillo forrado con papel barrilete.
Con un par de tachuelas y a golpes de martillo fijábamos las montañas de arpillera y con un truco que habíamos visto practicar en la cocina coronábamos la cima con puñados de azúcar impalpable. Al buey, tres veces más chico que el Niño pero dos veces más grande que San José, lo asomábamos por el borde de la cuna para que soltara a través de la nariz una mezcla de calor y de ternura. El buey a la izquierda, el burro a la derecha, el cajón de manzanas al medio y, repartidos a lo bestia por las laderas de la montaña, los alfiles del ajedrez, una ambulancia de tres ruedas y un espejo rodeado de piedritas para que tomaran agua los chanchos, las ovejas, los elefantes y los camellos.
El rey Melchor era de plástico, lo mismo que el policía que dirigía el tránsito en la puerta del pesebre. Si le bajabas los brazos, pasaban los pastores; si se los subías, pasaba el trencito a cuerda con la estrella de Belén sacudida por el viento.
La Virgen María era un dibujo de Leonardo recortado del Billiken y Papá Noel un oso de trapo guiado por una vaca uncida con hilo de coser al camión de los bomberos. ¡Los famosos bomberos de Belén!Después, cuando ya no nos quedaba nada por agregar, nos tumbábamos durante horas al lado del pesebre para controlar los últimos detalles.
Queríamos cobrar entrada, queríamos sacarnos una foto, agregarle un par de leones (¡los famosos leones de Belén!) y entonces se hacía de noche, teníamos que irnos, apagábamos la luz, no nos podíamos dormir, nos dormíamos, era lo que esperaba el tren para avanzar por su cuenta entre las montañas de arpillera, los camellos levantaban la cabeza, el policía los brazos, Dios pesaba dos kilos novecientos y, reflejada en los ojos húmedos del buey, la estrella de Belén que por su cuenta se prendía y se apagaba y se prendía y se apagaba. Amén.La señora del Correo No digo veinte / ni diez / cinco minutos después de haber editado mi primer libro / ya estaba apilado como un jockey / haciendo encomiendas / y pegando estampillas / en la oficina de Correos. Yo era un muchacho requetefeliz / despachando libros / con toda la vida por delante: / libros para los asesinos / libros para los ciegos / para los sordos / para los suicidas / inclusive le regalé un libro a la señora del Correo / ¿quiere un libro, señora? / Muchas gracias, joven / ¿quiere otro? / No / con uno es suficiente. Le mandé un libro a Scott Fitzgerald / pero no me contestó / estaría borracho / cuando Fitz se emborrachaba las ideas le caían como glicinas / pero no lograba empuñar la lapicera. Le mandé un libro a Walt Whitman / pero yo sabía que no me iba a responder / porque había muerto en 1892 / Whitman había escrito versos como para caerse de una silla: "Tengo 37 años. Mi salud es perfecta. Y con mi aliento puro comienzo a cantar hoy y no terminaré mi canto hasta que muera" / De todas maneras no se salvó de que Dios le diera un palo en la cabeza / Walt Whitman tenía el pelo como si un chico de jardín le hubiera decorado la melena con hielitos. Por supuesto / le mandé un libro a Jules Cortázar / rue Rayuela / París / France / años después supe que la calle Rayuela no existía / la calle Richelieu existía / la calle Racine existía / la calle Ratatouille existía / pero Rayuela no / mi libro se esfumó en París / ese detalle aún me produce una angustia insoportable. Le mandé un libro a Blaise Cendrars / pero nunca supe si contestó porque a Cendrars le faltaba el mismo brazo que a Cervantes / era manco pero no tímido: / llevaba engarzada en el anillo una estrella de diez puntas / cuando me muera iré a visitarlo / a ver / Blaise / el anillo. El único que acusó recibo fue Jorge Luis Borges / el buda del olvido / su carta / incluyendo la fecha / ocupaba cuatro renglones / es probable que fuera una de las primeras que firmaba como ciego / es probable que aún no supiera firmar de memoria / que le llevaran la mano con delicadeza y lo hicieran escribir de la misma forma que un chico sopla las velitas / estimado señor / decía Borges / acuso recibo de su libro / agradezco su gentileza / adiós / oh no / exclamé / y caí desplomado. No / mentiras mías / no caí desplomado / pero anduve con cara de perro un par de meses / llevaba la carta conmigo a todas partes / y la leía a cada rato para ver si Borges había cambiado de opinión / a ver si nos entendemos: / yo era un chico que podía caminar sobre las aguas del Suquía si quería / y estaba convencido de que todo lo demás / incluyendo las palabras / se daría por añadidura. Resulta que había publicado un libro pero que no sabía escribir / o mejor dicho: / había publicado un libro sin saber cuidar de mí mismo / me hubiera dado un millón de bofetadas / y me hubiera tirado de los pelos. Entonces / a la altura del 200 / de la calle Tucumán / hice un bollo con la carta del maestro y lo dejé caer en un papelero con la propaganda de Ferro Quina Bisleri. En serio. ¡Tiré una carta de Borges / tiré una carta de Borges con su firma de bebé! Eso es lo que digo ahora / años después / mientras recorro la calle Tucumán / en ambas direcciones / revisando la basura como un croto / husmeando en todos los zaguanes / y escarbando con la punta de los pies en cada montoncito. Me gustaría encontrarla aunque fuera nada más que por un rato / y después la dejaría ir para siempre / he pensado muchas veces en mudarme a una ciudad donde no exista la calle Tucumán / no hay dolor más verdadero para el poeta / que el de carecer de la debida poesía. Yo escribo para la señora que vende estampillas en la oficina de Correos. Instrucciones para no ser un asesinoLas crónicas dedicadas a los libros son las más fáciles porque se acaban rápido y se escriben solas.Diez pesos a que ésta la termino antes de las 12.
Para escribir sobre los libros hay que hacer como Tu Sam: cerrar los ojos, apoyar la frente sobre el lomo de un libro de Borges y la máquina, accionada por un rayo misterioso, arranca la locomotora.Son las 12 menos cuarto.
A los costados de mi escritorio, como las dos paredes de espuma que le abrían el paso a Charlton Heston en Los diez mandamientos, tengo pilas de libros a los que debo mucho más de lo que soy y de los que soy capaz de recordar desde la postura, el bar, la hora y hasta el ómnibus donde los he leído.
Libros de Dickens, de Leopoldo Alas, de Mc Ewan, de Pushkin, de Vian, de Sábato, 10 novelas de Patricia Higsmith, 1.200 poemas de Oliverio Girondo y un ejemplar de bolsillo de El largo adiós, de Raymond Chandler, me pasó la posta: “Todavía no se ha inventado la manera correcta de decir adiós”.
A esto ya lo he contado varias veces, pero lo voy a contar de nuevo: cuando era chico tenía tanto miedo a morir mientras dormía que me acostaba con los libros de Alejandro Dumas metidos en la cama.
No había muerte lo suficientemente hábil con la espada para superar a los tres mosqueteros.
Leí Los siete locos mientras hacia guardia en el cuartel, apostado debajo de una manta y con una linterna que tenía poca pila. Debería haber dejado de leer en ese instante. Habría sido la manera más correcta de celebrar el descubrimiento del escritor más pulenta del Río de la Plata. Después advertí que el mejor no era Arlt sino Tolstoi, un ruso, santo, loco y visionario que escribía 400 páginas de una sentada. Se te caía al piso su opus magnum, Guerra y paz, y se despertaban los vecinos. Tolstoi es uno de los autores que figuran en el examen de ingreso al reino de los cielos. Si no lo has leído, no entrás. Si no has leído Maupassant, tampoco. Y sería mejor que llevaras aprendido algún poema chino del siglo 14: “A las rosas les gustan los despojos de carnicero. Dadle sangre y veréis como florecen”.
¿Quién fue el que dijo que si no hubiera sido por el box, él hubiese sido un asesino? ¿Tyson? ¿La Motta? ¿Patterson? ¿Yo? No, yo no. Pero si no hubiera sido por los libros, hubiera terminado siendo un ignorante, un esclavo o, lo que es lo mismo, un asesino.
Oh, por Dios, ni se les ocurra pensar que soy un coleccionista vicioso de esos que ponen los libros cerca de la C con los libros de la C, los de Hemingway con los de Hemingway y que una vez a la semana los higienizan a golpes de plumero. Nada ofende tanto a un libro como que le pasen un plumero. A los libros se los sopla como a las velas de cumpleaños. O se los lleva en el bolsillo trasero del pantalón para que, cuando hayan acumulado suficiente temperatura, nazca un libro nuevo.
Es, fue o será el Día del Libro. Para mí, el Día del Libro es aquel en el que, siendo un chico, vi cómo mi mamá se inclinaba sobre mi papá y le sacaba un cigarrillo de la boca para que no se quemara ni él ni se quemara el libro.
El libro era mío, Azabache, de la colección Robin Hood.
¿No tendrán una piecita para mí, al fondo, en la librería El Ateneo?

