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Quiénes y cuándo

Éramos buenos, pero nunca lo supimos. “El Pato” Pastoriza. Cinco opciones para el epitafio de Groucho. Daniel Salzano.

03 de noviembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Éramos buenos, pero nunca lo supimos

De mi papá, casi no ha quedado nada. Un frasco, vacío, de gomina Brancato. Busco precisiones en el Archivo General de la Nación: Brancato Achille, farmacéutico italiano, patentó la fórmula de la gomina el 17 de marzo de 1900.

A mi papá, lo imagino engominado y brillando como un faro, mientras se desplaza como un punto en la pantalla del radar de la ciudad. Camina como sabiendo que muchos vendrán detrás de él, silbando tan bien como él, pero ninguno mejor.

Una corbata con el escudito de Ricardo Corazón de León. Es la misma que me prestó para el día de mi casamiento.

Una caja de té Melka, importado de Ceilán. Una de esas cajas de hojalata ideales para guardar tizas, cinta métrica, arandelas, gomas de borrar y sacapuntas. Y un timbre que no tiene ni puerta ni bicicleta.

Un manojo de llaves, un peine Pantera, 20 guitas, un retrato matrimonial, una caja de fósforos Ranchera y un frasquito de colirio de la marca Kalopsis. Todas las mañanas se ponía una gota en cada ojo. Para hacerlo, se arrimaba a la ventana y volteaba la cabeza. Parecía el hijo de un elefante. El corazón de los elefantes mide 40 x 25 x 20. Las gotas se deslizaban patinando sobre su cara. Él, violentamente divertido, gritaba: “¡Aaaa! ¡Aaaaa!”.

Una tijerita para uñas de bebé, una mujer desnuda estampada al dorso de un almanaque gentileza de gomería El Colorado, una tira de aspirinas sin aspirinas y, protegido entre las tapas de una carpeta, un menú del Hotel Savoia, el de Alta Córdoba, fechado en septiembre de 1936, para la fiesta de su casamiento: mayonesa de ave, crema Saint Germain, filé de picadillo a la romana, paella valenciana, torta

Savoia, fruta surtida, café, té, agua mineral San Remo, vino tinto o blanco.

Todas las flores de todas las tumbas de la pobre gente sueñan con un baño de agua mineral San Remo.

Murió en una ambulancia, pero nadie me supo decir si lo hizo con los anteojos puestos.

A él le correspondía votar en el Colegio Güiraldes, en barrio Yapeyú, y yo lo acompañaba. Era un momento glorioso de la vida, en el que nada le pertenecía sino yo. Era un momento glorioso de la vida, en el que nada me pertenecía sino él.

Llegábamos temprano, hacíamos la cola y, cuando él se encerraba en el cuarto oscuro, yo temía por su vida.

Mi viejo era un gringo ferrocarrilero y corpachón y podía doblar una chapita de cerveza entre la pinza de los dedos, pero la oscuridad del cuarto donde desaparecía me hacía sentir solo y en medio de gente extraña.

Sin embargo, no tardaba demasiado en salir, sonriente, con el sobre extendido, listo para introducirlo en la urna. Siempre le estrechaba la mano al presidente de mesa.

Yo ahora hago lo mismo: las reglas de la democracia resultan sagradas: doy por descontado que el jefe de mesa no es un funcionario capón sino un amigo de los hombres.

¿Por qué nunca me cansa esta historia y siempre es como si la escribiera por primera vez?

Antes de volver a casa, hacíamos una escala en la panadería de Santa María Novella para comprar media docena de merengues. ¿Qué les puedo decir de los merengues de la panadería y confitería Santa María Novella? Que podían endulzar la vida de los reyes.

Sigamos: un estuche de cuero en cuyo interior descansa una medalla de plata: “Liga Cordobesa de Fútbol. Tercera División. 1933”. O sea, el año en que murió Hipólito Yrigoyen. Yo no había nacido todavía, pero es como si hubiera estado. Él, en cambio, sí estuvo. Viajó a Buenos Aires el día del entierro para cantar el Himno nacional. Cuando lo recordaba, hablaba como un redactor del Diario Popular:

–El ataúd parecía navegar sobre un mar de compatriotas.

Una carpeta de lomo negro donde archivaba los recibos de sueldo. Mi viejo trabajaba en el Belgrano. El sello del Belgrano incluía el dibujo de un tren placentero que se desplazaba como sabiendo que alguna vez dejaríamos de verlo.

¿Epec? ¿Obras Sanitarias? ¿Banco Hipotecario? ¿Casa Muñoz? ¿Los Gobelinos? Papá ligaba los recibos entre sí con un alfiler de gancho.

Esa voz que proviene del baño, debajo de la ducha, le pertenece: “Silencio en la noche, ya todo está en calma, el músculo duerme, la ambición trabaja”.

Él nunca lo supo, pero aquella canción entonada a voz de cuello bajo el agua fría de la ducha implicaba su desprecio por los opresores. Te lo resumo en dos patadas: era enormemente fácil ser hijo de mi viejo.

Con los pocos objetos que sobreviven a una persona, se puede escribir la historia de la humanidad.

Un atado de Particulares, sin abrir, y un auto que nunca pudo comprar.

–¿A qué escuela fuiste, papá?

–A una donde los chicos se abrigaban con lana remendada. Cuando la maestra nos contó que Jorge Newbery se había perdido entre las nubes, sentimos que nos encogíamos. Yo calzaba el 36, pero desde ese día empecé a usar el 35.

Su encendedor Omega de dos velocidades ha desaparecido. Y su sombrero, también. El sombrero era marrón y se parecía al que llevaba Sterling Hayden en La jungla de asfalto. El único catálogo confiable de esta ciudad es la memoria. Escríbanlo 100 veces antes de dormir, niños.

¿Su película preferida? Luces de la ciudad, cuando la policía develaba la estatua y se encontraba con Carlitos dormido. Carlitos Chaplín.

¿Querés que te diga una cosa, papá? Éramos buenos, pero nunca lo supimos.

Y, para terminar, aquí está su libreta de enrolamiento.

Las libretas de enrolamiento, como las ballenas grises, son una especie en vías de extinción. En la primera hoja, está su foto, fondo negro, como si estuviera iluminado por la Luna. Tenía 18 años y llevaba uno trabajando en el ferrocarril.

Freud decía que ningún ser humano puede cometer errores en una audiencia real, en una declaración de amor y en un juicio. Tendría que haber agregado a la lista la foto de la libreta de enrolamiento.

Las hojas de la libreta parecen alas de polilla. En las finales, como bolas desordenadas sobre una mesa de billar, 22 sellos redondos como escarabajos, estampados como constancia de otras tantas elecciones. Nunca faltó a la cita.

Cada vez que voy a votar, cierro a cal y canto el cuarto oscuro, me arrodillo sobre el piso de madera, entrelazo las manos, me cubro el rostro y espío para ver si mi viejo aparece entre los dedos. Simón el Zelota, poco después de la crucifixión, dijo de Cristo:

–Hemos perdido al mejor de los compadres.

El Zelota, sin quererlo, hablaba de mi viejo."El Pato" Pastoriza

Thomas Stearns Eliot, el poeta, decía que abril era el mes más cruel. Sabrá él por qué lo decía, ya que, entre nosotros, basta con echarle una mirada al almanaque de nuestra más entrañable historia popular para advertir que la crueldad es patrimonio de agosto. Por ejemplo, agosto de 2004, que debutó metiendo en el enchufe un cable de alta tensión y lo conectó a su vez con el corazón de Pastoriza.

Las dimensiones del corazón de Pastoriza eran de 55 centímetros de diámetro por 40. Como el de los elefantes.

Ya le había sucedido lo mismo en ocasiones anteriores, pero nunca le había pasado en agosto, el mes más cruel. Y por eso se murió.

Es muy probable que, antes de rendirse, su corazón haya intentado dar pelea. O soltar un estertor capaz de hacer saltar la banca en la escala sentimental de Richter.

Era bueno para eso Pastoriza José Omar, de quien conservo sus señas particulares redactadas por él mismo en una servilleta. Fecha de nacimiento: 21/05/42. Padres: Arminda Vílchez y Manuel Pastoriza. Comienzos: club barrial Las Malvinas, de Rosario. Y al final agregó: 34 goles convertidos / 212 partidos disputados.

Ya había colgado los botines y se desempeñaba como técnico de Independiente, rojo sangre, cuando dejó al Club Atlético Talleres en el umbral de la más grande hazaña futbolística cordobesa de todos los tiempos.

No era necesario que muriera para saber que pertenecía a esa raza de hombres que piden brutalmente piedad para sus adversarios. No era necesario que “el Pato” muriera para saber que tendría que haber sido cordobés.

Cada vez que sus equipos no daban pie con bola, organizaba un asadito, enganchaba con el tenedor una tira de costilla, la levantaba de la parrilla y la exhibía delante del plantel.

“Muchachos, este trozo de carne parece que está muy bien, pero le falta un poco de brasa.

Lo mismo que nos está pasando a nosotros”. Maestro.

En serio: 55 centímetros de diámetro por 40.

¿Para cuándo una calle con el nombre del "Pato" en el barrio de los cordobeses que nacieron en otro lado?Cinco opciones para el epitafio de Groucho

Si contamos a Minnie, la madre, los hermanos Marx no fueron cinco sino seis.

Minnie era una inmigrante judía de caderas puntiagudas y bolsillos agujereados que, antes de dormir, se empolvaba la nariz y, rodeada por sus retoños Gummo, Zeppo, Harpo, Chico y Groucho, cantaba, bailaba y taconeaba sobre la mesa de la cocina.

Gummo y Zeppo se llamaban Marx pero eran más Menox que Marx. Gummo fue el primero en abandonar los entresijos del show y Zeppo el segundo. Cuando ambos murieron, tuvieron un entierro decente, pero la verdad es que cuando la gente pasa delante de sus tumbas, nadie se detiene a leer sus epitafios.

Harpo, a causa de su timidez, era el preferido de Minnie. Harpo debutó en un papel dramático, pero la gente se rió durante toda la función. La mamá le aconsejó que siguiera actuando, pero sin abrir la boca. Eso explica la razón por la cual Harpo Marx permaneció callado durante toda su filmografía.

Chico Marx no era demasiado bueno en nada ni demasiado malo en todo; tocaba el piano con el mismo dedo que orejeaba los naipes. Era un timbero sobrado de experiencia, con la cuenta en rojo. Minnie, antes de morir, pidió a sus hijos que no descuidaran al chico. No lo hicieron. Él, por las dudas, nunca se alejó de la familia.

Julius Henry Marx obtuvo, antes de convertirse en Groucho Marx, el rechazo de 27 editores cuyos nombres deberían figurar en la Historia universal de la infamia. Groucho era tan bueno en lo suyo como lo había sido Karl en lo ajeno. Es un chiste suyo. Ahora se sabe que aquellas 27 negativas contaron con el visto bueno del FBI, que lo tenía catalogado en un mismo expediente como bolche, ácrata, sátiro y espía.

En 2012 se cumplieron 35 años de su muerte.

¿Por qué no votamos para decidir cuál de estas frases figurará al pie de su monumento?

1) “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

2) “El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida... y después ya no hay manera de sacárselo de encima”.

3) “Nunca olvido una cara, pero con usted voy a hacer una excepción”.

4) “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.

5) “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y después aplicar un remedio equivocado”.

¡Ea, concejales! ¿Para cuándo el monumento?