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Quiénes y cuándo

Aguafuerte. Alcón. Atilio López. Amiguito que Dios te bendiga. Por Daniel Salzano.

29 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Aguafuerte

El cine Avenida de la calle Bulnes (calle Bulnes, Córdoba, Argentina) era un buen ejemplo de lo que le sucedía a un cine si en 30 años no le pasabas el plumero y te limitabas a vender entradas, caramelos sueltos y adornar el interior de la boletería con dos fotos de Catita y una de Pampa bárbara.

La primera vez que fui al Avenida –o, lo que es lo mismo: la primera vez que fui al cine– daban (¡daban!) una película en blanco y negro –El hijo de la calle– cuya estrella mayor se llamaba Andrés Poggio, alias Toscanito. Toscanito era un niño prodigioso que se había metido al cine argentino en el bolsillo: se peinaba con saliva, pellizcaba monederos y nunca lo habíamos visto fumar en ningún lado, pero imaginábamos que para ser como él había que saber fumar, jugar indistintamente por las dos puntas y vaciar las botellas de Coca Cola en las bisagras de las butacas del Avenida. Debido a los cientos de litros de bebida pegajosa vertidos en las bisagras, sólo una de cada cuatro butacas estaba en condiciones de sostener con dignidad a un espectador de peso welter.

El hijo de la calle no tenía subtítulos por un motivo que aún sorprende: el público de la calle Bulnes, aunque iba al colegio, no sabía leer.

No recuerdo el precio de la entrada, pero si pagabas con un billete de un peso, con el vuelto te alcanzaba para comprar media docena de churros.

A mí la película me enloqueció porque me hizo llorar. Medio siglo después estoy en condiciones de afirmar que todas las películas que te hacen llorar son extraordinarias. Hay una canción mejicana de Chavela Vargas que lo explica todo: “Yo sólo voy a los cines donde pasan películas de amor”.

El cine argentino me gustaba porque no había que leer, porque Olga Zubarry se desnudaba cuando el público no podía verla, porque Leopoldo Torre Nilsson era hincha de Estudiantes y porque Leonardo Favio era un pibe mendocino que, como a los del cine Avenida, le encantaba aceitar las bisagras de las butacas con chorros de Coca Cola.

Alcón

Éramos muy jóvenes cuando creíamos que a la injusticia de este mundo la iban a solucionar entre los astronautas de la Nasa, la moto del Che Guevara, las películas de Fellini, las pinturas de Berni y la trompeta de Jimmy Porter.

Porter Jimmy era un inglés joven, proceloso, romántico, proletario y furioso que trabajaba como una mula hasta las 6 de la tarde y después, en su casa, leía el diario con las manos en la frente, buscando una revelación extraordinaria. Al anochecer, después de hacer el amor con su mujer, se iba al bar de la esquina a tocar la trompeta.

Jimmy Porter llevaba los cordones de los borceguíes desatados y nunca se olvidaba de dejar un platito con leche para el gato. La obra de teatro que lo contenía se llamaba Recordando con ira, la había escrito John Osborne y, como éramos muy jóvenes y caminábamos todo el día por la ciudad como combóis, creíamos que una de las maneras más razonables de neutralizar la injusticia y promover la felicidad era tocar la trompeta o hacer el amor mañana, tarde y noche, como hacía Jimmy Porter. Cuando teníamos miedo y sufríamos, entonces esperábamos a que apareciera el gato y le pasábamos la yema del pulgar por la línea del cerebro.

El día en que Alfredo Alcón debutó en Córdoba con la obra de Osborne sucedieron dos cosas extraordinarias: nevó desde el amanecer y en el foyer del Comedia colocaron un gran espejo nuevo.

Escribir sobre la nieve es tan sencillo y tan agradable como comer masitas, pero escribir sobre los espejos es bastante más complicado: Henry Miller decía que cuando uno vuelve a mirarse al mismo espejo después del paso de los años, averigua si su espíritu está vivo o está muerto.

Esta mañana, al pasar frente a un bar de la calle Entre Ríos, vi a Alfredo Alcón sentado frente a una botella de agua mineral leyendo el diario con las manos en la frente, exactamente en la misma posición que lo hacía cada vez que Jimmy Porter buscaba una noticia extraordinaria.

Cuando pasé a su lado me vi, durante un instante, reflejado en el cristal.

Alcón sigue vivo y está de puta madre.

A ver si ahora resulta que soy yo el que está muerto.

Atilio López

Tengo una frase que el día de mañana me servirá de contraseña para acceder al Paraíso terrenal:

–Aspiro al Paraíso, señores, porque el guarda de tranvías Hipólito Atilio López supo entregarme un boleto capicúa.

¿Cómo que qué López? El que además de Atilio, llevaba el nombre de Yrigoyen. El que pasó una buena parte de su corta vida como guarda de la línea 2, la que a ritmo de carabela unía el abismo de la calle Roma con el córner de la cancha de Belgrano. El que por expresa decisión electoral ocupó el sillón de vicegobernador de la Provincia. Y, entre otras muchas cosas –en nombre de los derechos humanos, el agua pura y la cordialidad provinciana– fue acribillado en un hotel de Buenos Aires donde, como los tauras de Borges, acaso muriera como si no le importara.

López Hipólito Atilio, vecino del pasaje Revol, alumno de la Escuela Olmos y atleta dominguero especializado en 200 metros llanos, era, ciudadanos, un gordito de mangas cortas, camisa a cuadros y bigotes peronistas, que mantenía un frasco de Glostora al alcance de la mano porque a él, el pelo le gustaba brillante y con onditas. Le gustaba tanto, en realidad, que cuando ocupaba su puesto en el tranvía, despreciaba ostensiblemente el uso de la gorra reglamentaria colgándola de un clavo. Lo que quiero decir es que su pinta era tan explícita que es el único López, en el Libro Gordo de Ilustres Argentinos, que carga un solo apellido en el currículum: López Buchardo, López Anaya, López y Planes, López Claro, López Furst, López Armentina y el Negro Atilio.

Convertido en líder sindical de los tranviarios, alcanzó la secretaría general prácticamente al mismo tiempo que, en una noche terrible, arriaron a todos los tranvías de la ciudad y los desguazaron en beneficio de unos colectivos que, desde 1969 y hasta ahora, seguimos esperando en la misma cola. Y no han pasado.

A partir de entonces y tras atravesar nadando con la cabeza fuera del agua la procelosa corriente del Cordobazo, López llegó, secundando a Obregón Cano, a ocupar la Casa de Gobierno.

Estamos hablando de 1973, ciudadanos, el año en que, por rojos, balearon hasta a los hinchas de Independiente, y que aquí, a Córdoba, lo mismo que en el poema de Kavafis, llegaron los bárbaros. Llegaron los bárbaros y Atilio López tuvo que irse para siempre. Y desde aquel día dejamos de soñar con los tranvías.

La Historia, ciudadanos, es como una casa vieja que mantiene, durante la noche, las luces encendidas. Y en su interior una explosión de susurros que proviene de los que se han ido. Para comprenderla, debemos entrar y escuchar lo que dicen. Y mirar los adornos diseminados en las estanterías y los cuadros que hay en las paredes. Y pisar la alfombra. Y contar los jarritos de aluminio que hay en la cocina. Y oler los olores. Y abrir los libros para ver si entre sus hojas se esconden pétalos de rosas.

La Historia, ciudadanos, es un boleto de tranvía.

Amiguito que Dios te bendiga

Mirá, decía, sacando de la caja una uña de gallina. La caja contenía un guante de tres dedos, bujías, peines, cables, revistas, carreteles, anillos, bulones, planchas, perfumes, velas, cucharas de madera, sacapuntas, cortaplumas, cartuchos, sotas, caballos, reyes y una estampilla timbrada en Rosario con la imagen de Eva Perón.

Metía la mano en el guante de tres dedos y decía “soy el León de Francia”. Y lo era.

A ese tipo de amigo me refiero. A ese tipo de tesoros. A ese almanaque de bolsillo ilustrado por una mujer semidesnuda que posaba sobre el guardabarros de un tractor. Él era quien administraba el tema de las minas. Las mujeres, me explicaba, tienen gambas, regla, y los pelos que se les asoman a través de las bombachas se llaman tegobis.

La mujer del almanaque se llamaba Natasha porque era rusa. Eso habíamos deducido por la presencia del tractor.

Ay, Natasha, decíamos, mientras la estudiábamos con la lupa de mirar estampillas. Cada pecho, calculaba, debe pesar como dos kilos. Le encantaba hacer ese tipo de especulaciones. Cuatro kilos de teta por mujer. No debíamos preocuparnos. Había para todos.

Otra deducción de su autoría: los Reyes Magos existen; los padres, no.

Nos encantaba descoyuntar frases: “Una mañano de verana”, “De puto se pronso”, “Al rabo de un cato”, “Los ladros perran”. A ese tipo de amiguito me refiero.

Una vez dijo “se ha volatilizado”. ¡Qué coño leía cuando no estábamos juntos!

Nuestro récord sin dirigirnos la palabra era de cinco días, seis horas y 20 minutos. A ese tipo de amigo me refiero.

Él era bueno como vigilante y yo como ladrón. Él era bueno para los eructos y yo para aguantar el aire debajo del agua. Para aguantar el aire debajo del agua de la pileta de lavar la ropa.

Perro no teníamos, sólo el nombre: Ringo. Una vez nos insolamos juntos. Esas cosas marcan.

En 1955, durante la balacera de la Revolución Libertadora, se subió al techo de su casa para ver lo que pasaba y no alcanzó a ver nada. Le embocaron un balazo en la frente y se murió.

Se viene el día del amiguito.

“Nos tunjábamos dotos los días a las cuarto y yo empegaza a ser filez desde las tres”.

“Nos juntábamos todos los días a las cuatro y yo empezaba a ser feliz desde las tres”.