Quiénes y cuándo
Variaciones sobre la eternidad futbolística. Billy Wilder. Daniel Salzano.
Variaciones sobre la eternidad futbolística
En el año de gracia de 1947, el Banco Central ilustró el anverso de los billetes de un peso con una alegoría de la patria: un mujerón de hombros cuadrados, melena frondosa, cejas espesas, mirada franca y torso de acero. Aquella ilustración de pies descalzos y brazos desnudos, que sostenía una antorcha encendida, no parecía tenerle miedo a nada. Era –sigue siendo– una de las imágenes más rotundas de la República Argentina. El color del billete era igual al del té con leche que servían en la confitería Oriental, otra alegoría.En 1947 yo había cumplido 6 años y cada vez que se cortaba la luz cerraba los ojos. Desde que aquel billete entró en mi vida, la luz dejó de cortarse. Quiero decir que ella, la República, había llegado para protegernos, abrigarnos y hacerse cargo de nuestra inoperancia hasta para memorizar la tabla del nueve.Tal vez haya sido aquel mujerón de acero la causa por la que los niños, en 1947, éramos tan optimistas.Postrados alrededor de sus pies descalzos y por debajo del pollerón bien cincelado, asomaban sus cabezas los angelitos de la riqueza nacional: cataratas, playas, espigas, marlos, buques, ovejas, hortalizas, bueyes, girasoles, percherones y un botellón con forma de pera rebosante de agua mineral.Ese era, así era, el billete de un peso del granero del mundo.¡¿Cómo se le pudo olvidar al Banco Central incluir en el dibujo una pelota?!Lo que quiero decir es que 65 años después, lo único que nos queda de aquella alegoría es la pelota que no estaba.En 1947, la calle donde vivía, Jerónimo Luis de Cabrera, alcanzaba y sobraba para un partido barra contra barra. Y nosotros, socios fundadores del Club Atlético Ferrocarril Belgrano, éramos los únicos habitantes del planeta. Teníamos una camiseta con mangas negras, una botella con linimento, rodilleras, tesorero, delegado y un sello ovalado que a veces, de puro aburridos, utilizábamos para tatuarnos los brazos, la frente, el pescuezo y las rodillas.Tal vez haya sido aquel sello que incluía la imagen de una locomotora echando humo como un dragón la causa por la que los niños, en 1947, éramos tan confiados. Oh, la gloriosa media de la hermana Y ahora, hablemos de la pelota de trapo. Si, como dice el verso de Whitman, en el interior de una manzana hay mucho más que una manzana, en el interior de una pelota hay mucho más que una pelota.Las pelotas de trapo no se compraban sino que se hacían, se cortaba una pajita de escoba a la mitad y el pobre infeliz que la sacaba tenía que ir a su casa y regresar con una media que tanto podía ser de hombre, de mujer o de su hermana.Si la media era de la hermana, entonces estallaba una ovación. La media (de la hermana) iba pasando de mano en mano y algunos, además de olerla, la utilizaban para acariciarse las mejillas como si se acabaran de afeitar. En 1947 estaba de moda la palabra "chuchi".¿Alguien ha visto alguna vez cómo se fabrica una morcilla? Bueno, la pelota de trapo se basaba sobre el mismo principio, sólo que, en lugar de sangre, la media –la tripa– se rellenaba con trapos y papeles: con un ejemplar de La Voz del Interior y un repasador, alcanzaba y sobraba. La pelota comenzaba teniendo forma de muñeca y acababa teniendo forma de planeta.Al final, se cosía, se cerraba, con hilo y aguja. Lo más relevante era cortar el hilo con el filo de los dientes.El siguiente paso consistía en golpear el objeto contra un palo de la luz hasta convertirlo en un pomelo. Luego se amasaba con la planta de los pies. Cuando Ernesto Grillo era el 10 de Independiente, la tribuna le pedía que la "amasara".–¡Amasala, "Pelado", amasala!Desde algún lugar innominado, Dios nos asistía.Los niños de 1947 nos conformábamos con un capítulo de Tarzán , el cine de los curas y un equipo de fútbol cuyo capitán miraba como un gallito de riña.Córdoba era suave y era chica. Vericuetos de la letra chica Nada más parecido al interior de una pelota de trapo que un bebé ovillado en el seno materno. Los partidos duraban:1) hasta que la pelota se descosía y los trapos y papeles salían volando y se desparramaban en distintas direcciones.2) hasta que comenzaba a llover, la correntada se llevaba los arcos por delante y la pelota, pesada como un obús, te partía la ceja en dos mitades.3) hasta que la hora, la luz y el cansancio nos noqueaban.Sabíamos olfatear el olor de la calle de tierra tras la lluvia, hundirnos con el pecho desnudo en la violencia de una tormenta de granizo, y a veces coqueteábamos con el porvenir dando un par de pitadas al pucho de un cigarrillo refumado.En 1947, seis de cada siete niños habían viajado en tranvía, cinco de cada seis no tenían reloj, cuatro de cada cinco no tenían anillo, tres de cada cuatro habían sido mordidos por un perro, dos de cada tres no saludaban por vergüenza y uno solo había hablado por teléfono. Los niños de 1947 se bañaban de pie y compartían con la mamá el jabón de lavar la ropa.Jugamos contra Cochabamba, Charcas, Potosí, Suipacha y Bulnes. Tres a dos a uno a tres a cuatro a seis a cero.Al campeonato Evita, por una cuestión de disciplina partidaria, no lo jugué sino que lo vi sentado en la tribuna.Oh, naturalmente que estas variaciones sobre la eternidad futbolística están gestadas por la campaña de Instituto Atlético Central Córdoba, que avanza hacia la primera división del fútbol nacional con la onomatopeya de un caballo de carrera: sss ss.El ascenso de la Gloria será la prueba de que todavía existimos.Para el próximo billete de 200, propongo en el anverso una pelota de trapo y en el reverso un primer plano de Ernesto Grillo.Sss ss.
Billy Wilder
Y ese hombre sobrado de dioptrías y estampado en cuatricromía en la enciclopedia mundial del siglo 20 es Billy Wilder. Bastaría con echar una mirada a los apuntes para verificar lo que cualquier cinéfilo sabe de memoria: Wilder ocupa el mismo renglón que Orson Welles, Alfred Hitchcock y Ernst Lubitsch.
Wilder, lectores, era un judío tozudo, culto y camorrero que, antes de abandonar Austria, su país de origen, atravesó una enmarañada gama de oficios y rebusques: estudió abogacía, practicó boxeo, bailó tangos profesionales amurado a las chicas de la buena sociedad y acabó convertido en la gran esperanza blanca del periodismo vienés. Con decir que llegó a entrevistar a Sigmund Freud. O, mejor dicho, llegó a atravesar el umbral de la casa del doctor Neurus, pero no consiguió entrevistarlo, porque Freud, enemigo jurado de la prensa, lo expulsó sin miramientos.
Obra en mi poder un retrato de su juventud: lleva un funyi de canalla, de esos que los malevos desplazaban de un tincazo hacia la coronilla. No se parece a un director de cine sino, más bien, a un levantador de quiniela, uno de esos bebedores de café capaces de hablar de filosofía y box al mismo tiempo.
De Europa, lo expulsó el sentido común: no bien leyó las obras completas de Adolf Hitler, advirtió que, a la corta o a la larga, habría un caño en su futuro. Y es que Wilder no se llamaba Billy verdaderamente sino Samuel. Y cada vez que un nazi escuchaba pronunciar ese nombre, sacaba el chumbo y gatillaba.
Corría el año 1933 cuando llegó a la costa oeste de los Estados Unidos con un par de direcciones en el bolsillo y un nombre nuevo, Billy, que le permitía evitar suspicacias y malos entendidos.
Sintetizando: en la fábrica de sueños, entró y prosperó gracias a las enseñanzas de tres grandes expertos de la vida: Erich von Stroheim (le enseñó a observarla), Ernst Lubitsch (a contarla) y Howard Hawks (a fotografiarla).
Era un profesional inflexible, de sus guiones no toleraba ni el cambio de una coma y cuando se reunía con un actor primerizo, le hablaba como un coronel de artillería: “Usted hará todo lo que yo le diga y yo no haré nada de lo que usted me diga. ¿Está claro?”.
Wilder falleció hace 10 años, a los 96, con un Oscar en cada estante de la biblioteca y una pila de guiones que no pudo realizar porque ninguna compañía de seguros estaba dispuesta a bancar ni su incipiente ceguera ni su carácter explosivo.
No es de extrañar que la bandera del Cineclub Municipal hondee desde la semana pasada a media asta.
De memoria: Piso de soltero, Fedora, Amor en la tarde, Infierno 17, Irma la dulce, Días sin huella, Una Eva y dos Adanes, Cadenas de roca, El ocaso de una vida, Perdición, Primera plana y El último secreto de Sherlock Holmes.
Un chiste de Billy Wilder: “Un anciano va a ver a un médico y el médico le pregunta: ¿Qué le pasa? El anciano responde: No puedo mear. El médico pregunta: ¿Cuántos años tiene? El paciente responde: 90. Y el médico dice: Ya ha meado bastante”.
¿Qué hago yo escribiendo una nota sobre Wilder a 12 años de iniciado el nuevo siglo?
No estoy muy seguro de saberlo.
Se me ocurre que lo hago porque hay notas que únicamente se pueden escribir cuando uno ha meado lo suficiente.

