Quiénes y cuándo
Aquello que nos rodea. Robert Redford. De la correspondencia privada del almirante. Los niños viejos. Daniel Salzano.
Aquello que nos rodea
Me escribe la señora Esejotajota / del Cerro de las Rosas/ para decirme que me lee todas las semanas / y se siente preocupada / porque no hago otra cosa que hablar de la muerte / y eso no es bueno para ninguno de nosotros. Querida señora / seré breve: / es probable que yo escriba seguido de la muerte / Carver / salvando las distancias / también lo hacía / "No es tan sencilla. Es tan sencilla".Y como le digo Carver le digo Sócrates / para quien la muerte sólo podía ser parcial ya que la cicuta no alcanzaba para envenenar el alma.Y para terminar, el metódico Schopenauer, para quien la descomposición del cuerpo en la muerte podía equipararse al acto de hacer caca / en serio/ señora.Sea como sea / SJJ / lo que le puedo asegurar es que yo / muerto / no me veo / me veo en cambio/ caminando por la calle Rivadavia / escuchando el terrible sonido del dinero / me veo con guantes de látex violentando la caja fuerte de Chammás para robar la receta de las colaciones / me veo escribiendo con las manos en los bolsillos, / me veo tardando media hora antes de elegir un disco / y una hora en caso que se trate de Piazzolla. Yo me querría ver como Piazzolla / cuando estaba escribiendo Adiós Nonino.En realidad me tiro la vida / poniendo bautizando calles / 9 de Julio debería llamarse León de Francia / 25 de Mayo Hombres por Miles / y si me dieran a elegir / yo viviría en la calle del Agujero en la Media al setecientos.Me veo huyendo del odio / a toda mecha / me veo caminando como Paul Newman en esa película en la que come 50 huevos duros / y me veo subido a una mesa en el bar Sorocabana / haciendo preguntas a la gente / ¿quién viene conmigo? /¿cuántos me acompañan?Me veo ganando un millón de pesos en un programa de preguntas y respuestas / ¿quién compró un encendedor Zippo a las seis de la tarde y se puso a practicar sentado sobre la tapia del Belgrano hasta que se le acabó la bencina a las dos de la mañana? / Yo.
Y ya que empezamos con bardos terminemos con otro, Wallace Stevens: “Somos lo que nos rodea” / señora.
Robert Redford
Tanto escribir sobre César Luis Menotti el último sábado, que pasé por delante del cumpleaños de Redford y seguí de largo. Setenta y cinco años.
Cuando se cumplen setenta y cinco años lo más probable es que ya tengas abierta una cuenta corriente en el Allende. Quiero decir que a los setenta y cinco llegar a la esquina ya se considera una proeza.
Yo no los he cumplido todavía, pero por la costumbre que he adquirido últimamente de leer dormido, juraría que estoy en lo cierto.
A mí Redford me calzó los puntos en el año de gracia de 1969, cuando el Gran Rex estrenó Dos hombres y un destino. Un hombre era Paul Newman y el otro Robert Redford. Dos hombres y un destino era una película sobre la amistad viril y como nueve de cada diez películas del género, en Córdoba fue tan exitosa que la cola nacía en la boletería del Rex, se extendía por General Paz y terminaba, como corresponde, en la plaza del Caballo.
Anoten, niños: esta ciudad adora las películas de amigos de la misma manera que detesta las comedias musicales porque cree que cuando un tipo canta en vez de hablar, está perdiendo el tiempo.
Redford, por elevación, ha sido la historia de nuestra propia vida. Quiero decir que todos, alguna vez, trabajamos en alguna película con Newman.
Al joven Robert Redford, le bastaba en sus comienzos con tomar una birra del gollete en un bar de Colorado –su patria chica– para que a ellas les ardieran los sesos y se les llenara la boca de dulzura. Él aún no se dedicaba al biógrafo sino que ambicionaba convertirse en un pintor de caballete, un niño bien que viajó a París para estudiar la obra de Cézanne y al final se quedó en eso.
Cuando volvió a Estados Unidos, las cosas no habían cambiado demasiado. Él siguió pintando como un aprendiz sin futuro y las chicas del barrio continuaban locas por su mandíbula cuadrada y su pelo de yegua.
Fue así como llegó al cine: tomando una birra en camiseta.
Eso sí, fue un galán formal, casado y con hijos, que invertía lo que ganaba comprando hectáreas de bosques por los alrededores de Utah. Lo hacía, explicó, para el día de mañana poder andar a caballo entre los pinos.
Llegó a cobrar medio millón de dólares por usar un smoking de seda y representar al gran Gatsby, y uno entero por bailar amurado con Barbra Streisand en Nuestros años felices.
Más tarde, cuando los grandes proyectos comenzaron a escasear en su horizonte, se mandó a mudar con dignidad y fundó un instituto –el Sundance– donde reciben casa y comida los guionistas de pantalones cortos y los directores desahuciados.
¿Alguien recuerda el final de Dos hombres y un destino? Newman y Redford decidían enfrentar al enemigo con una pistola en cada mano y a cara descubierta. Ahí se congelaba la imagen.
Ahora sabemos que ambos se salvaron.
Butch Cassidy y Sundance Kid: todavía puedo sentir en el Gran Rex el olor de la sartén con huevos y panceta que ambos cocinaron antes de desaparecer bellamente de mi vida.
De la correspondencia privada del almirante
Aunque debo confesaros, Majestad, que estas Indias no parecen muy proclives a los fastos ni a las riquezas salvo en lo que atañe a el calor y la humedad.
Hablan los indios una lengua que no puedo comprender y no pariesen esexivamente guerreadores. A punto tal que procedí formalmente a anexar todo lo clavado y lo plantado a la Corona para Su Majestad fuese más servida aún y señorease más territorios sin encontrar ninguna oponencia por parte de ellos.
Témome, Majestad, q’estos aborígenes ignoran la lectura y la escritura, o bien lo disimulan.
Muchas veces pienso en capturar un insecto de la zona, apresarlo entre las páginas de un libro y trasladarlo al viejo mundo para gracia y conocimiento de la corte. Se trata de insectos totalmente desconocidos que por cualquier cosa se enfadan y no dejan dormir con sus picores. Amén de moscas y avispas que por cualquier cosa montan bronca y picando provocan ronchas y, si las rascas, llagan.
A diez mil pasos exactos a partir de la costa, tierra adentro, topamos con las aguas de un río innominado al cual bauticé Isabelón en vuestro homenaje. Hundidos hasta la barbilla en las mansas aguas del río, los indios y indias d’estas tierras, pariesen navegar sin mucho esfuerzo. O bien permanecen mucho rato tumbados como quien se dispone a contar las estrellas. Muchas veces, os lo juro, los he visto aspirar fuego y sacar humos por la boca.
Como los nativos viven en suma desnudez, me pregunto cómo harán para evitar las picaduras de los ciempiés que a mis hombres acarrean grandes calenturas.
Interrogados por el paradero de la ciudad del oro respondieron señalando un árbol en cuyas ramas se posaban unas aves verdes y picudeas que hablaban entre sí. La ciudad del oro, pardiez, bien pudo ser confundida con la ciudad del loro. Tendré que interrogarlos nuevamente.
A doce días del mes de octubre del año de gracia de mil cuatrocientos noventa y dos. Lealmente suyo y devoto de Dios, Cristóbal Colón.
Los niños viejos
De los 500 niños callejeros censados por la Dirección Municipal de la Tristeza, el 501 se llama Andrés y si no figura en el padrón es porque hasta ahora nadie ha podido alcanzarlo. Andrés, el 501, corre como los atletas de Nike, con los codos bien arriba, y lleva los pies embutidos en unas championes del tercer mundo por cuyo agujero de proa asoma el dedo gordo. Se trata de un niño viejo fácilmente reconocible a causa de una mancha color fresa similar a la que tenía Gorvachov, sólo que al ruso se la escaneaban cada vez que posaba para los afiches del partido.
De los 500 niños restantes no hay ninguno, como él, que sepa zigzaguear con tanto estilo entre las mesas de los bares para repartir estampitas de Jesús con el corazón apuñalado. Una vez me negué a darle unas chirolas y entonces empezó a lloriquear mientras se ponía de rodillas al lado de la mesa. Lo levanté de una oreja y le expliqué que una cosa era hacer la diaria y otra, muy distinta, pedir arrodillado. La explicación me costó un completo con manteca, mermelada, jugo de naranjas y pan tostado. Desde entonces, cuando nos vemos, nos saludamos.
A veces lo veo pasar vendiendo La Luciérnaga.
Otras veces lo veo ti-ti-ti apilado como un jockey, bajando marcianos en una de esas máquinas que importaron del Ministerio de Educación de Las Vegas para ver la vida color de rosa.
Hay días que me dice que no sabe leer y otros que se ha olvidado de escribir. A veces tiene cuatro, a veces seis y a veces siete hermanos. Depende del modelo de estampita.
Esta mañana me ha buscado especialmente para preguntarme si sé algo de un trabajo que piensan darle a los pibes callejeros. Algo así como cortar las flores muertas y pasar el rastrillo en los paseos.
¡Cortar flores en los parques!
A propósito, ¿alguien sabe algo?
Los niños viejos, como Andrés, quieren rastrillar las flores muertas, pero no pueden porque en Córdoba las flores se extinguieron durante la última gobernación de Sabattini.
Entonces, por pura inercia, siguen corriendo. A veces vuelven. Sin embargo, la mayor parte desaparece. Y nunca más volvemos a verlos.

