Quiénes y cuándo
Ya pasó, me decía, ya pasó. León Gieco. Ando bien. Colores. Daniel Salzano.
Ya pasó, me decía, ya pasó
El ogro dibujado por Gustave Doré para ilustrar la historia del niño Pulgarcito tenía los ojos brillantes, el rostro encendido y una panza abultada que le estiraba la camisa porque todas las mañanas se comía un enanito.
A veces, en la oscuridad, se adueñaba de la calle Jerónimo Luis de Cabrera y se detenía delante de mi casa para intentar meter la mano a través de la ventana. No era un sueño. Estaba ahí. Escuchaba sus jadeos. Entonces, yo saltaba de la cama y me iba a buscar a mi mamá.
Ella olía a papel de molde y a tiza de corte y confección. Ya pasó, me decía, ya pasó.
Subido como un mono al respaldo del sillón mayor del comedor, desplegaba los brazos como había visto hacer a las gaviotas en las obras completas de Jack London y me tiraba de cabeza porque no veía las horas de volar. El pelo se me abría en capas superpuestas y a la altura de la boca del estómago sentía como si el pupo se moviera por su cuenta y cambiara de lugar.
Todo duraba el tiempo de una foto. A través del tajo demencial que me hice en el cuero cabelludo, manaban relámpagos de sangre caliente.
¿Había que llorar? Pero ella no me dejaba hablar. Con los dedos envueltos por un copo de algodón, me hacía la cola de rana. Ya pasó, me decía, ya pasó.
Alguna vez he contado la historia del perro Mambrú, al que un bombero que vivía en Charcas liquidó de un balazo porque el perro, al pasar, le mordía el ruedo de los pantalones. Yo nunca había visto una bala. Ni el ruido de una bala. La muerte era una cosa sencilla y terrible que se llevaba todo de una sola vez, como la perinola. Todavía conservo entre las cejas un espacio blanco y redondeado, que se me formó el día de la muerte de Mambrú, supongo que un minuto antes de comenzar a llorar. Ya pasó, me decía ella entretanto, ya pasó.
Cada vez que me cortaba, cada vez que me enfermaba, que me quemaba, que me ardía. Cada vez que me perdía. Un copo de algodón. Una cucharada de sal gruesa. Un dedal de agua oxigenada. Medio tazón de agua tibia. Ya pasó, me decía, ya pasó.
León Gieco
Envuelto en cuerpo y alma por uno de esos sacos de cuero que te vendían en la cortada República de Israel cuando dudabas seriamente entre ser rockero o camionero –además de una cabeza de gringo bien rapada y bien sufrida–, Gieco León era y sigue siendo el único cantante nacional que puede jactarse de haber cruzado todas las tormentas de la República Argentina.
Cuando los coyotes del proceso militar baldeaban por deporte todas las esquinas del país con gases lacrimógenos, ahí mismo estaba Gieco cantando a toda mecha, regalado para el mito. O para el calabozo. No se perdió ni una. Cantó en tenidas predemocráticas, en mitines de filiación confusa y cuando la democracia se aposentó como una sílfide sobre la zigzagueante historia de la patria, siguió y siguió, con la resistencia y convicción de un gato callejero.
Consta en el voluminoso libro de actas de su vida (nacido bajo el signo de Sagitario en Santa Fe durante el año 1951) que sin separarse del sacón de cuero camionero se puso la viola al hombro en Ushuaia y después de ofrecer 600 recitales, llegó a La Quiaca con la voz quebrada y la barba crecida.
Nadie lo ha desmentido todavía: en 1998, mientras protagonizaba un recital en La Pampa, se ofreció a cantar por teléfono y simultáneamente para los damnificados por las inundaciones de Corrientes. Pero, eso sí, que nadie se equivoque: debajo del heroico sacón de caminante Gieco conserva un orgullo imposible de quebrar.
Está por cumplir 60 años y aún se desvive por navegar en las aguas procelosas de una nación donde existe el hambre, el miedo, el dolor inútil y donde sobrevive como puede una infancia que come piedras y arroja caramelos.
Los pibes de La Luciérnaga, hace algunos años, lo invitaron a venir a la ciudad para que presentara su último libro de poemas. Alguien, alguna vez, publicará las fotos de aquel encuentro milagroso: un millón de pibes, como pajaritos, rodean, jacarandosos, a un Raúl Alberto León Gieco que se ve igualito a San Antonio.
Ando bien
De amigos ando bien / supongamos que estoy en un bar / rodeado de sillas / ¿qué hora tiene, mozo? / son las once y diez / ¿Qué hora tiene, mozo? / son las once y veintitrés / de amigos ando bien / pero son las doce menos cinco / y las sillas siguen vacías.
De libros ando bien / uno en la mochila para leer en la cola del supermercado / cuatro ocultos debajo de la alfombra (uno en cada extremo) / en el baño también / el baño es el único lugar de la casa donde aún se puede leer tranquilo / y los que pongo entre las sábanas para que duerman conmigo / ¿por qué leo tanto? / porque aún le temo a la ignorancia.
De penas ando bien / las penas se meten en la vida / y se instalan / a partir de los 40 / cuando los hombres salen de una habitación y cierran la puerta con cuidado / sabiendo que nunca más volverán a abrirla / a los 40 dejamos de mirar fijamente a las mujeres / caminamos arrastrando los pies y las palabras / nos usan el champú / el teléfono y a veces nos encontramos con el empleado más caradura de la oficina sentado como Clint Eastwood con las botas cruzadas encima de la mesa.
De sueño ando bien / la última vez que fui a San Pedro / en el Vaticano / me senté en un divino banco de madera / y me dormí sin que me importaran un carajo / la ambición / el rencor / la envidia / y los siete pecados capitales / por las dudas / a la salida puse un euro en la alcancía / el sueño, Padre, es el triunfo de la dicha.
Supongamos que por un millón de pesos me preguntaran qué es el cielo / sólo Walt Whitman conoce la respuesta:
–El cielo es el viejo lugar azul.
O sea que también ando bien de astronomía.
De fotos ando bien / tengo una de Orson Welles / otra del Pato Donald / y una del año 1983 / en la que salgo / después de las elecciones / levantando los brazos / ¡oé, oé, oé!
Del corazón en cambio no ando bien / la última vez que me operaron las enfermeras se paseaban / a mi alrededor / apesadumbradas como Las Niñas de Ayohuma / resulta que de las tres coronarias originales dos se habían perdido en el camino / no me puedo morir / razoné / yo todavía formo parte de esta historia / sentí unos enormes deseos de sacarme un moco y pegarlo debajo de la camilla / lo cierto es que cada tanto aparece un elefante y se sienta sobre mi pecho / pensándolo bien / en un loteo como el del cuerpo humano / no puede existir otro dios que el corazón.
A veces juego a la quiniela / el 77 los puñales / el 18 la sangre / y el 75 la insulina.
De amores ando bien / tengo dos nietas que ya caminan solas / cada vez que llueve ponen a secar sus caballitos de tela / sobre el radiador.
Colores
Desde el primer día de clases, quedó claro que yo iba a ser un niño azul. Era fácil percibirlo. Me dieron un dibujo que incluía un rancho, una vaca, un tren y seis patitos, y a todos los pinté de azul. El molino de viento era azul. Y las nubes azules apenas si lograban distinguirse estampadas en un cielo azul clarito. Los niños azules gozaban de muy buena reputación dentro y fuera del hogar: las mujeres afirmaban que eran niños hipersensibles, los hombres no se iban a dormir sin antes acariciarles la cabeza y cada vez que cumplían años recogían entre 10 y 12 juegos de lapiceras Parker. Los niños azules, se suponía, podían, el día de mañana, ganar el Premio Nobel.
Me acuerdo muy bien del día en que dejé de ser un niño azul para convertirme en un niño amarillo. Nos preparábamos para jugar al Ludo y, cuando me disponía a pedir las fichas azules, Nelly Nelly las pidió antes que yo. Alguna vez ya mencioné a Nelly Nelly. Tenía los ojos como bombones y unos dedos de muñeca que se movían como pescaditos. Ella pidió las azules y yo, sorprendido, me vi obligado a pedir las amarillas. Ahí comenzó todo.
Los niños amarillos son sentimentalmente incompletos y poco valorados en el aspecto educativo, porque el amarillo es un color con el que no se puede pintar la noche, ni el mar, ni las vacas, ni los molinos de viento. Sólo el desierto es amarillo. Y las lamparitas de 25 voltios que sólo sirven para potenciar la soledad.
Y sin embargo, por propia voluntad, yo había pasado del azul al amarillo.
¿Han visto escribir alguna vez a un hombre amarillo? Bueno, se agazapan delante del teclado como un catcher, esperan que se asomen las palabras y, cuando aparecen, sin miramientos, les retuercen el pescuezo. O las abrazan con tanta desesperación que les comen todas las vocales.
También hay niños rojos. Y verdes.
El verdadero problema, para todos, se presenta cuando los guardan en una caja de útiles, cierran la tapa, pasa el tiempo y nadie vuelve a levantarla. Eso significa que se han convertido en niños incoloros; o sea, hombres muertos.

