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Quiénes y cuándo

Los murmullos del alma de un mago solitario. Laurel y Hardy. Fumando Ducados. Daniel Salzano.

16 de julio de 2011 a las 08:10 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Los murmullos del alma de un mago solitario

Cada vez que Fellini Federico se disponía a contar una mentira / se tocaba la nariz con la punta de los dedos / eso lo sabía cualquier cinéfilo de Córdoba entrenado en el gimnasio de El Ángel Azul.

Cada vez que Fellini Federico afirmaba que estaba a punto de iniciar el rodaje de una película dedicada al mago Mandrake / se tocaba la nariz con la punta de los dedos / hasta que el 31 de octubre de 1993 quiso tocarse la nariz y no pudo porque había muerto / desde entonces nadie ha vuelto a hablar de hacer una película de Mandrake.

El abuelo de Mandrake era mago / el padre de Mandrake era mago / Mandrake era mago / llegaba a la casa de madrugada / fatigado / extendía el brazo / y ¡hop! / aparecía una cama sostenida en el aire / una mesita de luz / un pijama de seda/ y una copa de fino champán.

Lo mismo que si se le ocurría fumar: / extendía el otro brazo / ¡hop! / y aparecía un atado de Particulares /¡oh! / si lo habremos visto caminar por la ciudad / vestido de etiqueta / las manos en los bolsillos / los zapatos de charol brillando como autitos / o sea: /  los delgados murmullos del alma /de un mago  solitario.

En la escuela Santiago de las Carreras / atravesábamos los fabulosos espacios del recreo hablando de Mandrake / un perturbador del Universo / nunca habíamos visto un sombrero como el suyo / ni siquiera en las películas de Fred Astaire / deducíamos que con ese sombrero jamás se abría golpeado la cabeza / o nunca nadie se la había acariciado.

Además de la galera / los zapatos importados /  y los bigotes que recortaba escuchando música  de Brahms / lo mejor que tenía el mago era su  novia / la princesa Narda / la primera mujer en nuestras vidas / que nos demostró que los hombres éramos sensibles a la belleza / cada vez que Narda chocaba contra el viento se veía que debajo de la ropa iba desnuda.

Notabene: durante su gestión, Benito Mussolini ordenó censurar las piernas de la novia de Mandrake agregándole un par de oscuras pinceladas a la falda. Pobres gringos.

Bueno / ya tenemos a Mandrake / a Narda / y falta uno: / Lotario / el gigante africano que cuando no comprendía alguna cosa se rascaba la mollera / mi no comprender / bwana / oigámoslo cantar a solas en la pieza de servicio: weiala leia wallala leiala leia la / así cantaba el gigante de Borneo / que no dormía con su esposa porque no tenía esposa / que no tenía hijos porque no estaba casado / voy a confesarles una cosa: / si cierro los ojos / Lotario resulta más negro todavía.

¡Oh! si me vieran ahora mismo / encogido como un talabartero frente a la máquina / escribiendo sobre Mandrake / aparece mi mujer en camisón y me dice que estoy haciendo mucho ruido / yo le digo sh / aparece mi hijo y me dice que los pistones de la máquina no le permiten conciliar el sueño / y yo le digo sh.

¿Cómo hago para explicarles que no estoy escribiendo una nota sobre el mago sino que, con centro en mi infancia, estoy trazando una perfecta redondela de mi vida?

Laurel y Hardy

Oliver Hardy, nacido en Georgia, al sur de los Estados Unidos, perdió a su padre, abogado y notorio político conservador, a la edad de 8 años. Nunca logró superar el duelo. La angustia lo hacía comer como una oruga y a los 14 años ya pesaba 120 kilos. La mitad de sus amigos lo incitaba para que estudiara Abogacía. La otra mitad quería que utilizara su voz de tenor para dedicarse al ejercicio de la lírica.

Acabó afincado en Hollywood, haciendo de gordo polifuncional. Ya se sabe: si alguien se resbala y cae, el trastazo provocas risas. Si el que se resbala es un gordo, entonces provoca carcajadas.

Oliver Hardy, que según consta en actas era un hombre dócil, contemporizador, timbero y mujeriego, no pudo evitar, sin embargo, la rigurosa ley de las compensaciones: un gordo no era suficientemente gordo si a su lado no tenía un flaco suficientemente flaco.

El flaco suficientemente flaco que le asignaron en la fábrica resultó ser un actor inglés con nombre de almirante, Arthur Stanley Jefferson: un cómico con orejas de tetera, sonrisa de bebé y unos ojos cuya transparencia producía estupor en la platea (tuvieron que inventar un filtro especial para que sus ojos de leche no se vieran monstruosamente blancos).

A diferencia de Hardy, Laurel era un actor metódico, ingenioso, solidario y con grandes agujeros en los bolsillos (todo lo que ganaba lo perdía en manos de sus múltiples esposas y abogados). Pero eso no era todo: podía bailar y golpearse simultáneamente las rodillas, mientras con el dedo índice se tocaba la punta de la nariz y el lóbulo de las orejas.

Hardy, que orillaba los 140 kilos, era incapaz de ejecutar una proeza semejante, por lo que siempre andaba tramando venganzas y reparaciones.

Una vez, herido en el honor por las habi­lidades, Laurel fue a la cocina y regresó  con una manzana que puso ante los ojos de  su amigo. Entonces le hizo una pregunta envenenada:

–¿A quién querés más? ¿A mí o a la manzana?

Bastó nada más que el Gordo preguntara, que el Flaco dejara de sonreír, perdiera la concentración y comenzara hacer pucheros. Alzaba y bajaba las cejas, retrocedía trastabillando, no podía articular palabra, miraba a la manzana, miraba a su amigo, estiraba un brazo y lo bajaba, se mordía las uñas, y por fin sus ojos de leche, sin llegar a decir una palabra se cuajaban de lágrimas.

Esto es lo primero que se me ocurrió escribir cuando consulté el almanaque y advertí que se avecinaba el Día del Amigo.

Fumando Ducados

Era bueno vivir en Madrid / y meterse en el interior de las palabras / supongamos la palabra “españoles” / bueno / bastaba con tomar el metro.

Hundirse en la palabra / en un asiento iba yo / al lado un español / al frente otro español / todos eran españoles / nada más que por esa profunda inmersión en el anonimato / hubiera valido la pena atravesar los famosos 10 mil kilómetros y pico / yo estaba tan asombrado que a veces cerraba los ojos / y pensaba / en cualquier momento voy a estallar / hagan la prueba / e intenten meterse en el interior de las palabras.

Era bueno vivir en Madrid / iba a la Plaza de España / donde está la estatua de Don Quijote / y esperaba que llegaran los turistas de Japón / sugata chiyota ikiru sikoku / chamuyaban los nipones entre sí, mientras disparaban con un diafrag­­ma 5,6 sobre el ingenioso hidalgo / yo me metía en  el pelotón y trataba de salir en todas las fotos / me parecía importante saber que en algún álbum / supongamos que en Tokio / estaríamos juntos San­­cho, Rocinante y yo / más el Caballero de la Triste Figura / unidos para siempre.

Era bueno vivir en Madrid / a las 12 pasaba el cartero / los españoles son así / a las doce menos cuarto no / a las 12.10 tampoco / a las 12 / ¡coño! / y dejaba en el tercero B un folleto de El Corte Inglés / en el tercero F un extracto de cuenta del Banco de Vizcaya / y a mí un sobre / con el borde celeste y blanco / ¡oh! / ya saben lo que quiero decir / carta  de Córdoba / nunca abría las cartas cuando las  recibía / las guardaba / cerradas / en el bolsillo trasero del pantalón / y salía a caminar / iba a la cervecería alemana / y sentado en la misma mesa donde Hemingway le daba por mitades al coñac y al periodismo / yo decía: ¿la abro o no la abro? / ¿El señor qué se va a servir?/ me preguntaba el mozo / el camarero / y a mí no me salían las palabras.

Era bueno vivir en Madrid / siempre había hombres y mujeres / fumando Ducados / con el codo apoyado en la barra / eran los nietos del millón de muertos de la Guerra Civil / a veces me contaban que Franco cazaba faisanes previamente atados en las ramas de los árboles / pero resulta que después / no teníamos muchas cosas que decir / sencillamente no recordábamos el mundo / los mismos perfumes / la conversación se iba desvaneciendo / desaparecía / era bueno vivir en Madrid / era malo conversar / era bueno ir al cine / porque las imágenes hablaban por ellos y por mí.

Era bueno vivir en Madrid / 15 / 20 años / ya podía señalar la casa donde vivía Alfredo Di Stéfano / y si iba a visitarme algún paisano / lo llevaba al Museo del Prado a ver el perro de Goya que se ahoga y no se ahoga / lo llevaba a ver el banco de plaza donde Juan Ramón Jiménez escribió Platero y yo / pero un día / súbitamente/ comencé a comprar zapatos / veía unos mocasines negros y los compraba / veía un fabuloso par de tamangos combinados y los compraba / compré championes / unas Topper con cordones fosforescentes / veía un par de botas en una vidriera / me las medía / las llevaba / yo no sabía por qué lo hacía pero eso no me preocupaba / hace mucho que había aprendido que las preguntas más difíciles son las que se contestan solas / resulta que era el corazón el que estaba armando todo ese quilombo / era el corazón que quería volver a Argentina / caminando.