Quiénes y cuándo
Alfred Hitchcock. Teoría de conjunto. Daniel Salzano.
Alfred Hitchcock
A Hitchcock Alfred, sir, le encantaba aparecer en sus películas, por ejemplo, arrastrando un contrabajo. O sentado en un colectivo, leyendo el diario, junto a la ventana.
Incluidas las de sus festejadas y relampagueantes apariciones cinematográficas, no hay ninguna característica en su obra que –en opinión de la cátedra– no provenga en línea directa de su rigurosa formación con los jesuitas.
Los curas del colegio San Ignacio (en Londres) le aplicaron tan concienzudamente el reglamento que el pequeño Alfredo acumuló 25 kilos de obsesiones, de las cuales nunca logró desprenderse. Por un lado, los jesuitas; por el otro, su padre, que un día lo mandó acompañado de una nota a la comisaría.
Señor comisario, explicaba la misiva, el portador de la presente es mi hijo Alfredo, quien niega haber astillado por desidia y/o premeditación un jarrón al que yo dispensaba un singular aprecio por provenir de un antepasado del siglo XVII.
El comisario leyó la nota y luego confinó al chico en un calabozo, donde permaneció más de tres y menos de cuatro horas.
Hitchcock hizo cine desde los 23 años hasta el día de su muerte, sobre todo en Hollywood, donde emigró con su sobrepeso de obsesiones. Su primer trabajo en los Estados Unidos fue Rebecca.
A partir de ese momento, fue promocionado –y aclamado– como el rey del suspenso, una especialidad que, según él, consistía en desviar la atención de la bomba oculta en las entrañas de un cabrito enfocando al cuchillo del cocinero.
Como consecuencia de un pedido efectuado por el Cineclub Municipal Hugo del Carril, su canonización se tramita en los despachos vaticanos.
Sir Alfred falleció en 1980 y nadie se animaba a arrimarse a su cadáver porque podía tratarse de otra de sus bromas terroríficas. Pero no. La bomba había estallado de verdad. Y el cocinero había muerto.
Teoría de conjunto
Aquí está el espadachín mayor de la ciudad, Jerónimo Luis de Cabrera, que sabía contar cuentos de gallegos y que, después de buscar afanosamente, fundó la ciudad de Córdoba en el fondo del pozo más profundo que encontró.
Aquí está su estatua prodigiosa: se trata de un hombre apuesto, cargado de penas armoniosas y dulces movimientos. ¡Observad las chispas que arranca su espadón, mientras se arrastra por el suelo de la Nueva Andalucía!
Aquí está el río Suquía de 14 brazas y 20 centímetros de altura, por el que, navegando sobre una rueda de tractor, es posible desembarcar en Pernambuco y/o Montevideo. Aquí está el amor, ¡oh, cuánto!
¡Cuánto! Y aquí está la caja fuerte del Banco de la Provincia de Córdoba, en cuyo ambicionado interior descansa la fórmula original del dulce de leche: leche de vaca, canela, azúcar, agua bendita, fuego lento y cucharón.
Aquí está la pileta de natación del parque Sarmiento protegida desde tiempo inmemorial por un ejército de sapos cantores, cuya selección se efectúa con el mismo celo con que se eligen los guardias vati-canos.
Aquí está mi tío, el italiano, que después de nadar en la pileta pelaba un peine rojo y se hacía la raya a la derecha para impedir la voracidad de sus re-molinos.
Aquí están los chicos de la calle Charcas estrenando las camisetas que les mandó la Fundación Evita. Blancas y con una estrella naranja estampada sobre el pecho. Pobrecitos. Ignoran que se comerán cuatro pepas en su debut frente a Deportivo Potosí, camisetas naranjas con una estrella blanca.
Aquí está el norte, aquí está el sur y, entre los dos, los pibes de Trejo y San Juan, limpiando parabrisas y aprendiendo a vivir como canallas.
Aquí están los discos del saxofonista Hugo Forestieri ocasionando vibraciones que, a la larga, acabarán resultando más perdurables que los coros de la Iglesia Catedral. Aquí está la brasa del cigarro entrevista, mientras pasan los vagones vagones vagones de un tren que no se sabe si va o vuelve, porque los trenes, escuchando con atención, son como solos de batería.
Aquí está el corner del Chateau de Mario Alberto Kempes, flameando en dirección a la tribuna de los perdedores. Aquí está el piano del bar Unión. Aquí está el pastito de la plaza San Martín, siempre tan madrugador. Aquí están los que se fueron para volver y no volvieron. Aquí están los que esperaron para irse y nunca se fueron.
Aquí está la bicicleta con la que Pedro Salas ganó el Oscar. Aquí está la calle de los bancos, donde crece el dinero. Aquí estoy yo: soy una de las tres lucecitas coloradas que brilla entre 500 luces blancas, en el techo de Cinerama.
Aquí está Saráchaga, aquí está la calle Lamadrid y aquí está el Pasaje Nueve Noventa. Aquí estamos todos. Y aquí estaremos dentro de 100, 200 años, volando como tuquitos y flotando como nubes en esta ciudad libre, temeraria y desobediente que tanto queremos.

