Temas del día:

Quiénes y cuándo

Atilio López. Otoño. Titos. Pugliese. “¡Schifoso!”. Daniel Salzano.

14 de mayo de 2011 a las 08:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Atilio López

Embutido en un uniforme gris plomizo que le cubría su corpachón de gordito macanudo, Atilio Hipólito López se levantaba diariamente a las 6 de la mañana para ocupar su puesto de trabajo en la plataforma trasera del tranvía 2. Con unos bigotes recortados con la tijera del cine mudo y el pelo oscuro peinado con los dedos por encima de la oreja, López daba la impresión de vender nada más que boletos capicúas.

Probablemente fue durante esos homéricos desplazamientos entre la cima de la avenida Patria y el corner de la cancha de Belgrano, que se fue aquerenciando con el paisaje y con la gente. López  era un guarda que hablaba poco y decía lo justo.

Lo mismo que cuando ocupaba el sillón mayor del sindicato.

Hizo carrera el vendedor de capicúas en el seno de la UTA, cuya secretaría general ocupó en 1969, cuando el último tranvía que quedaba en la ciudad pastaba como un mamut de exposición en las colinas del Parque Sarmiento. Ya no usaba el uniforme gris sino, por disciplina partidaria, la camisa abierta a la altura del pescuezo. Con ese estilo familiar y campechano, estamparía su firma en calidad de nuevo vicegobernador de la provincia tras las elecciones de 1973. Era el vicegobernador, consta en actas, pero ya no era ni Atilio ni Hipólito, sino, rotundamente, “el Negro” López.

Un año más tarde era borrado de este mundo en Buenos Aires por un piquete de la Triple A que, por las dudas, le alojó más de 60 balazos en el cuerpo.

Han pasado los años (los de fuego, los de plomo, los de hielo) y cada vez resulta más evidente que el tiempo lleva implícitamente incorporado un sentido natural de la justicia. Por lo menos de la poética. Ya nadie recuerda si López militaba en la central de trabajadores de Azopardo o en la de Buchardo. O tan siquiera si su nombre estaba en las hojas pares o impares de la agenda de Perón. Lo único que se sabe, se presiente, a estas alturas es que al “Negro” López se lo extraña por lo que verdaderamente era: uno de los nuestros.

Otoño

Tomando un cafecito más bien flojo, asistí a la consagración del otoño en un bar de 27 de Abril y Obispo Trejo. A las 10 de la mañana, la vida no es mucho más que un gabán azul marino, un parroquiano de mirada silenciosa y mocasines nuevos y, contra el frontón de la Catedral, el perfil de Jerónimo Luis de Cabrera interpretando una tragedia de gallegos.

Apoyo el oído contra el muro de cristal que me separa de la calle y alcanzo a escuchar el sonido que despide el tubo que conecta a la iglesia de Santa Catalina con el centro de la tierra.

Vista desde el bar, Trejo es la metáfora de un río transitado por miles de personas que no vuelven.

Adiós, adiós. Los pájaros que emigran hacia el norte, el cielo color rata y los mendigos que hacen guardia porque pueden llover pedazos de pan con mortadela. Adiós, adiós. El cajero pone un disco de llorar. La vida es dulce y es terrible. Córdoba es un par de zapatos vacíos, dos docenas de patios a punto de perecer, una mujer con ojos de leona y un jardín que nadie sabe dónde se ha metido.

Estoy a punto a caramelo para escribir una crónica decente.

Aparto el pocillo, despliego una servilleta de papel y desenvaino el lápiz como el espadón de Jerónimo Luis de Cabrera.

Vuelvo a mirar a través del cristal y no veo nada. La magia ha desaparecido.

Titos

Los Titos, uno y dos, nacidos de una misma madre en una misma noche y sobre una misma cama, sólo se diferenciaban entre sí por la visera de la gorra. Uno la llevaba apuntando hacia adelante; el otro, para atrás. Por lo demás, silbaban la misma música, utilizaban el mismo palo de escoba para recorrer los pastizales de la calle Jerónimo Luis de Cabrera, tenían la boca grande con los dientes muy salidos y utilizaban el mismo lápiz y la misma hoja para escribirles a los Reyes Magos. Queridos Reyes, escribía el primer Tito, y a continuación el hermano continuaba: queremos un Ford y un Chevrolet. Después, firmaban los dos por separado: Tito y Tito. Tititoto.

Los Reyes jamás les trajeron los autitos –esas cosas en un barrio se notan enseguida–, pero los Titos con sus gorras al revés y sus dientes salidos no se quejaban; algo debían tener de enorme y misterioso que nosotros no entendíamos. Los dos jugaban al arco (en el mismo arco) y por ahí corría la voz de que el padre, por cualquier cosa, los fajaba. En el colegio se sentaban juntos, sin la gorra, y si los hacían pasar a los dos y los enfrentaban a un mapa de la República Argentina, uno señalaba la provincia de San Juan y el hermano señalaba la provincia de Entre Ríos: los aplazaban a los dos, pero no parecían preocuparse demasiado. O si los invitaba a mi fiesta de cumpleaños, no iban porque no me podían hacer más que un regalo; esas cosas en un barrio se notan enseguida.

Han pasado muchos años desde entonces, pero esta mañana vi a un tipo algo huesudo, con la boca grande y los dientes salidos, apoyado en la barra de un bar de la calle Rivadavia. Era un Tito, estoy seguro. Algo terrible debe haberle pasado al otro, porque el alto y huesudo que vi esta mañana pidió dos cafés, pero tomó uno.

Pugliese

Venía Pugliese a tocar al club Rieles Argentinos y había veces que no venía, no llegaba, lo encañonaban como a Dillinger en la estación de trenes de Retiro y lo llevaban detenido en averiguación de unos antecedentes que la Policía conocía de memoria, pero lo mismo lo llevaban. Detenido. Viajaba la orquesta, pero el maestro se quedaba. A pan y agua.

Pugliese Osvaldo, nacido en Villa Crespo, pianista de la madonna y corazón de la milonga porteña, pero también Pugliese Osvaldo, afiliado al Partido Comunista.

No se podía, no era bien visto, pertenecer al Partido Comunista en los años en que el autor de Negracha quería y no podía tocar en el club, que, a su vez, ponía y no ponía las entradas a la venta, pero que casi siempre vendía porque en Córdoba el maestro la gastaba.

Si Pugliese no llegaba, simbólicamente se posaba una rosa colorada sobre el piano, pero si en cambio acudía a la cita, el club, por las dudas, empezaba el baile bien temprano. Aunque lo del baile también era relativo, porque con Pugliese Osvaldo tanto se podía bailar como estar quieto.

La cancha de básquet, de mosaicos, se dividía en dos mitades irreconciliables: la de adelante se pegaba al escenario para escuchar a la orquesta, como en misa, y la de atrás se amuraba en dos baldosas, según las instrucciones formuladas por la Academia Nacional del Tango: la mujer girando constantemente alrededor del hombre y el hombre avanzando hasta morir en línea recta.

La única vez que lo detuvieron en Córdoba en averiguación de antecedentes fue en el propio club. Pugliese acababa de tocar La yumba y se preparaba para empezar La mariposa. Habituado como estaba a este tipo de rutinas, abandonó el piano, protegió a su flaco esqueleto con un pesado sobretodo moscovita y saludó a la popular como en el Luna saludaba Nicolino.

La orquesta, por solidaridad, dejó de tocar; la gente, en cambio, se quedó más de una hora escuchando y bailando. Los aplausos.

“¡Schifoso!”

Sin discusiones. Lo que más me impresionaba de la casa de mi nona era la pieza de arriba. Un cuarto solitario, húmedo y sombrío, invariablemente clausurado con una llave que llevaba enhebrada a una cadena que, a su vez, le rodeaba la cintura.

Mi abuela tenía 80 años, nueve hijos, siete nietos, una hermana que se había quedado en Nápoles con los gatos y la panadería y un peine de madera con el que había que alisarle la melena mientras ella tomaba sol en una reposera. Solamente hablaba en italiano y leía con un solo ojo –especulaba–para que el otro le durara mucho tiempo. No iba al cine, aclaraba, por culpa de los microbios. Y si te pillaba meando contra la pared del gallinero, cerraba el puño y te pegaba en la nuca sin otra explicación que un adjetivo inapelable:

–¡Schifoso!

La nona te daba la llave del altillo únicamente el día de tu cumpleaños. Todo un ceremonial. Te llamaba, te entregaba la llave con la misma pompa con que Humberto Primero consagraba a sus más valientes oficiales y con un preciso golpe de mentón te señalaba los peldaños que conducían al paraíso. Solo. Nadie podía acompañarte.

La verdad es que en el altillo no había cosas especialmente interesantes. Pedazos de heladera, estufas en desuso y las patas de madera de un caballo que mi abuelo había tallado en Italia, antes del exilio.

Mi abuela destacaba de su finado marido que todas las mañanas se lavaba los ojos. Y yo crecí arrastrando la imagen de un viejito –mi nono– que no paraba de llorar.

En realidad, lo que la nona controlaba tan celosamente eran los 20 tomos de El tesoro de la juventud, una enciclopedia que había comprado a plazos. Y no es que dosificara el saber con cuentagotas. Sino que su verdadero pánico era que cualquiera de los nietos los ensuciara. No podías mojar la yema del pulgar para pasar las hojas. No podías arrancarlas. No podías doblar la esquina de la página para saber dónde dejabas. No podías apoyar el papel de seda y calcar el mapa de Oceanía.

Si había que vivir borracho de algo, como decía Baudelaire, a mí me hubiera gustado vivir chupado con

El tesoro de la juventud, donde podías aprender las diferencias que hay entre un elfo y un gnomo y también podías –si querías– saber donde nacía y moría el río Pilcomayo. Pero lo que principalmente lograbas percibir eran las diferencias que mediaban entre una mujer desnuda y una mujer vestida.

La mujer desnuda (tomo XIV, página 165) no parecía desnuda sino muerta. Tenía los ojos cerrados y su inquietante melena desordenada caía artísticamente a los lados de un ascético catre de madera. Así de jodido podía ser el arte.

Una hora después de tu acceso al paraíso, mi abuela se paraba al pie de la escalera con los brazos en jarra y te mandaba el primer grito de advertencia.–¡Schifoso!