¿Por qué seguir "embombillando" giles?
La Presidenta y los sindicatos, pese al bullicio, se necesitan y no se dejarán confundir: respetarán las funciones y prerrogativas de cada uno. Lucio Garzón Maceda.
En octubre pasado, se suponía que las negociaciones económicas próximas de los trabajadores de la actividad privada estarían condicionadas oficialmente. Hoy sabemos que los salarios serán acordados, libremente, con moderación, a partir de variables y referentes tradicionales, bajo la premisa de que "... el dirigente, además de 'organizador eficiente de la protesta', debe saber obtener, en la negociación, una suma superior a la que el propio empresario estaba dispuesto a conceder unilateralmente, sin la intervención sindical".Los sindicatos reivindican la necesidad de que las empresas no continúen abonando salarios de mera subsistencia y que el Poder Ejecutivo Nacional cese con las desprolijidades presupuestarias (apropiación de fondos destinados a la salud), actualice las asignaciones familiares, los mínimos por pago de ganancias y el seguro de desempleo, asegure la disponibilidad de buenos servicios públicos, ejecute una política de vivienda e incluso modifique la ley sobre terrorismo, etcétera.Hasta la exitosa política de creación de empleo se opaca con el incremento de los llamados "trabajadores pobres", antesala de la pobreza lisa y llana, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Tema: salarios. Es intolerable que el 50 por ciento de los asalariados registrados perciban de bolsillo, por jornada completa de 44 a 48 horas semanales, sumas cercanas a los tres mil pesos mensuales. Suma única que el 30 por ciento de los hogares dispondría y que los más postergados del decil inferior –como la Presidenta lo denunciara el 28 de diciembre– reciban tan sólo 1,3 por ciento de la masa salarial. En algunos niveles, orillando la ley de hierro/bronce de los salarios de subsistencia (David Ricardo-Ferdinand Lasalle), el poder adquisitivo registrado es incluso inferior al de algún año de la década de 1990 y muy por debajo de los percibidos en las de 1950 y 1970.Los sindicatos aguardan poder lograr una recuperación del valor salarial y un mínimo aumento en el poder adquisitivo, cumpliendo así con la obligación funcional de marcar objetivos y carencias, incluso al gobierno amigo.El Poder Ejecutivo no puede soslayar legítimas, lógicas y razonables demandas; sabe que los dirigentes sindicales se juegan la piel y que no debe condicionar las negociaciones. Eventualmente, si lo intentara, abriría la puerta hacia un infierno inimaginable. Alguien tiene que ceder. Las empresas –"que la embolsaron con palas", como dijo la Presidenta– tendrán que ceder. ¿Suponen, acaso, que las importantes ganancias, obtenidas en el último quinquenio, con alta productividad y bajos salarios, tendrán continuidad ilimitada? ¿Pensarán no ceder y, acaso, suicidarse? Como el tero, las gerencias aterrorizan a las comisiones internas amenazándolas con concertar una inexistente pauta oficial máxima de sólo 15 a 18 por ciento y, de manera coetánea, hacen la previsión presupuestaria anual con aumentos cercanos al 25 por ciento.Algunos sectores podrían concertar incrementos de hasta 28 a 30 por ciento. Resulta que es más costosa una huelga con demanda creciente, inversión e inflación moderada que concertar un aumento.Las empresas grandes y medianas registran alta productividad y buenas diferencias, algunas usando el color gris ("medio en blanco y medio en negro"); las pequeñas, manteniendo el... color del luto. No hay estadísticas confiables, oficiales o no, que desmerezcan estas apreciaciones.La negociación de los bancarios de la semana pasada, sin ser un modelo generalizable, confirma estas previsiones. Se necesitan. El Ejecutivo, sobre todo después del reclamo de Camioneros, sabe que, casi sin excepción, se negociarán salarios conforme a los precios del supermercado, en procura de una mejor calidad de vida. El Gobierno, por atenuar los aumentos salariales, pensaba "... que los sindicatos serían con él menos malos, olvidando su impotencia para que fueran bondadosos: no hay poder sindical sin éxito y no hay éxito sin un buen acuerdo...".Wright Mills, hablando del poder sindical, decía que "... una buena dirección sindical es una cualidad rara que, una vez hallada, debe ser conservada..." y que "en los períodos de crisis, los dirigentes deben aplicar formas combativas o aceptar el riesgo de perder la dirección...". "En los momentos previos al conflicto, el sindicato se asemeja a un círculo de conferencias y debates y, cuando comienza el combate, a un ejército; pero no ambas cosas a la vez..." (J. B. S. Hardman).La Presidenta y los sindicatos, pese al bullicio, se necesitan y no se dejarán confundir: respetarán las funciones y prerrogativas de cada uno. Juntos deberán insistir en que las empresas paguen bien, asegurando variables que afiancen la estabilidad, la eficiencia y la competitividad con inversiones que atenúen la inflación en forma mínima y progresiva, desvaneciendo la imaginaria disputa de sindicatos-Gobierno que sólo beneficiaría a aquéllas.No hay diferencias trascendentes entre ellos, sino una cuestión de lenguaje y oportunidad en el ejercicio de la función. Dirigentes sindicales, en público, así lo dejan trascender. Es indispensable que las empresas y algunos funcionarios dejen de amedrentar a los asalariados, climatizando negociaciones a la baja.Nadie debe olvidar que la Confederación General del Trabajo (CGT) y los sindicatos confederados, grandes, medianos y chicos, están todos alertados y, como decía un escritor chino, "...tienen sus lanzas por almohadas a la espera del alba..." (las demandas salariales a partir de febrero-marzo). Lesiones inevitables. Los que sin duda van a estar muy mal son los trabajadores del sector público y ciertas áreas de servicios con reducida capacidad de presión. Si los gobiernos no modifican sus ingresos genuinos, habría restricciones, y ellos serían los rehenes. Habrá que privilegiar prioridades y evitar tozudeces. Deberán buscarse prontas vías para proteger directamente el poder adquisitivo y la letra de los estatutos. Los graves incidentes en Santa Cruz confirman los presagios.De compleja realización es la construcción de la política; hay y habrá lesionados en algunos centros de influencia, con épicas devaluadas, demasiado pragmatismo, con confusas definiciones, oportunismo y ambiciones.La Presidenta lo sabe y no hace gárgaras con cristales; aun ahora, en su delicado trance quirúrgico, es consciente de que el Gobierno requiere cuidado y que, pese al 54 por ciento de sufragios –incluso, hoy, los votos serían más– los sindicatos, como las buenas monedas, mantienen su valor y son indispensables. No es aconsejable alentar la división.Hay que cesar, entonces, de alimentar un relato que habla de batallas, donde sólo hay una "polka" por momentos mal bailada. Equívoco mayor para los ingenuos... si quedan. ¿Por qué seguir, entonces, sindicatos y Gobierno, "embombillando giles"?

