Temas del día:

Que Dios los ayude

Hay muchas puertas por cruzar, para evitar que esa distancia –aún franqueable– se transforme en un abismo social infranqueable. Un abismo de desdicha, frustración y violencia.

19 de septiembre de 2013 a las 02:00 p. m.
Rafael Velasco*
Que Dios los ayude

A  veces, la situación social se parece a los textos sagrados, y otras, estos reflejan la realidad de manera bastante aguda.

Las condiciones cada vez más penosas de los pobres en nuestro país me hacen recordar una parábola del Evangelio de San Lucas que –más allá de su interpretación religiosa– da que pensar.

Es la parábola conocida como la de “Lázaro y el Rico” (Lucas: 16, 19-31). Allí se dice que vivía un hombre rico (sin nombre) y a su puerta un pobre llamado Lázaro. Se dice también que el rico vestía de púrpura (el color del poder) y lino finísimo (signo de su altísima posición económica).

Se dice, además, que este hombre se la pasaba de banquete en banquete. A su puerta vivía un pobre llamado Lázaro, que tenía el cuerpo cubierto de llagas (obsérvese la ironía: está vestido de “púrpura”, pero por las llagas de la exclusión y la miseria) y esperaba las migajas que caían de la mesa del rico.

Ambos mueren y –según la parábola– el pobre va al cielo y el rico al “lugar de los muertos”. Desde el lugar de los muertos, el rico pide que Lázaro le refresque un poco su sufrimiento; pero se le dice que ya es imposible ese encuentro porque ahora hay un abismo infranqueable entre uno y otro. El rico se preocupa entonces por que sus hermanos que no sigan el mismo camino. En la parábola, se le responde que sus hermanos tienen palabras de parte de Dios y referentes (los profetas) que los guíen; así que deben hacerles caso.

Y allí queda la cosa. No se nos dice qué habrán hecho los hermanos del rico, ni qué hacen hoy.

Así en la vida como en la Biblia

Más allá de la interpretación religiosa, la parábola me parece interesante para iluminar algunas situaciones sociales actuales.

Llama la atención que el rico no tiene nombre, sí el pobre: Lázaro ( Eleazer , que en hebreo significa al que Dios ayuda). El anonimato del rico hace pensar en el anonimato del capital, que hoy no tiene rostro ni nombre, pero se sigue portando igual con Lázaro. Son directorios anónimos los que deciden la suerte de Lázaro. Son hombres de trajes caros y mucho poder los que reparten las porciones de la mesa.

Y los pobres, ya se sabe, a lo suyo: a la puerta a esperar las migajas, y “que Dios los ayude” (o Cáritas, o alguna organización no gubernamental).

En la parábola, entre los dos hay una distancia en vida. Una distancia que se saldaría con sólo cruzar la puerta. Luego, esa distancia se transforma en un abismo infranqueable. Ese abismo se abre cuando ya no se cruza ninguna puerta ni se acorta ninguna distancia.

El tiempo ha pasado y el Rico y Lázaro siguen iguales. Como sociedad, tenemos aún muchas puertas que franquear si queremos evitar que el abismo sea ya insalvable.

Puertas por cruzar

Las puertas de muchos despachos gubernamentales deberían ser traspasadas por los funcionarios, para comprender y compartir el sufrimiento de los Lázaros que tiran del carro para llevar el pan a la mesa, o que limpian vidrios en las esquinas o buscan trabajos con los que apenas sobreviven, o los Lázaros sin trabajo y sin futuro. Lázaros que esperan migajas cuando, en realidad, tienen derecho a políticas públicas coherentes y a recibir del obsceno banquete electoral algo más que limosnas y planes sociales.

Los universitarios tenemos puertas que cruzar: las de nuestras aulas y laboratorios para encontrarnos con Lázaro y comprender sus problemas reales y producir conocimiento pertinente, y ser profesionales comprometidos socialmente para transformar la realidad.

El sector productivo tendría tal vez que cruzar la puerta de las oficinas de sus empresas para dar algo más que las migajas de cierta responsabilidad social empresarial que –en algunos casos– parece más una dádiva que una respuesta acorde con la dignidad de las personas.

En fin, que hay muchas puertas por cruzar, para evitar que esa distancia –aún franqueable– se transforme en un abismo social infranqueable. Un abismo de desdicha, frustración y violencia.

Como sociedad, aún estamos a tiempo de cruzar las puertas que haya que cruzar para dejar de decirles a los pobres: “Que Dios los ayude”.

*Rector de la Universidad Católica de Córdoba.