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Puñado de lluvia

Para los cordobeses, el agua siempre fue una “fruta de estación”, y nada es posible sin la llegada de la lluvia.

03 de noviembre de 2013 a las 12:02 a. m.
Puñado de lluvia

Tantas veces he visto a la lluvia correr por las calles.

La he visto cambiar los colores del campo pintar los valles.

La he oído inquietar la noche de los 
techos.

Miles de veces.

Y cada vez pensé que nunca olvidaría ese momento.

Ni ese ni todos los momentos que me salpican el corazón.

Ahora la estoy mirando por la ventana de un bar al que llegué casi náufrago. La veo y la conozco.

La veo y hay algo más que no conozco, algo como de una primera vez de verano. Tengo dos manos pequeñas, juntas, casi del tamaño de mi corazón. Sólo puedo retener un puñado de lluvias. Las otras, todas las otras, miles y miles, se van a un cielo eternamente tormentoso el cielo del olvido ............................................................ La lluvia es tantas veces nuestro estigma, lo sabemos por su ausencia, cuando desesperan los inviernos y los montes arden de sed.

Para los cordobeses, el agua siempre fue una “fruta de estación”, hasta que desde finales del siglo 19 los diques comenzaron a sistematizar el recurso para afrontar la carencia. Pero nada es posible sin la llegada de la lluvia.

Córdoba ya se parece a esas regiones españolas en las que funciona el dicho “tres meses de invierno y nueve de infierno”, por lo árido que se ha vuelto el paladar del clima en estas tierras. Es seguro que los hombres, y nuestra intervención directa sobre la naturaleza, mucho tenemos que ver con eso.

Mientras tanto, cuando cae una lluvia como la de la semana que acaba de pasar, intensa, caudalosa, constante, persistente, hay gente, paisajes, animales, un pequeño cosmos que se llena de sonrisas. Aunque también se desatan tragedias.

La lluvia es tormento, a veces encendiendo el infierno de la sed con su ausencia y otras, lanzando su abundancia con una violencia que multiplica su furia cuando viene aliada del viento.

Vivir aquí, al ras del piso y a expensas del humor del cielo, es una condición que ha abrumado a los hombres desde los orígenes. Y entre tanto misterio que envuelve el halo de la vida, entre tanta vastedad lejana e inexplicable del universo, la lluvia, la tempestad, es una manifestación cósmica y cercana de lo mucho que no podemos controlar.

Cuando se expresa devastadora, empequeñece toda la gloria humana que hemos creído edificar.

Ya lo hemos dicho. Si no militara en la inclemencia, no revolviera las heridas de la intemperie, no desbocara el instinto de los ríos, no sometiera la fragilidad de las moradas, podría decirse que cae del cielo para fecundar la maternidad más esencial, para aliviar el sudor del aire, para bruñir los colores, para mojar la aridez de los días y de los corazones.

Si no llegara montada sobre la tempestad y se abatiera sobre las puertas, si no buscara con desesperación el final de su caída, podría derramarse como una caricia sobre el respiro de la tierra firme y refrescar el aliento de los caminantes.

Si no alimentara las aguas que dividen, si no abandonara a los solos a su soledad, podría despertar los ventanales, reavivar las últimas luces de la tarde. O podría simplemente pasar y dejar tras de sí sus rastros húmedos, que sobre el asfalto y la tierra se convierten en los mil fragmentos de un gran espejo que muestra las caras recién limpias de la vida y de las cosas.

De todos modos, tal vez, si la lluvia no llorara, las cosas no podrían sonreír cuando escampa.