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La primavera árabe

Se equivocó Huntington al sugerir el choque de civilizaciones, y se termina de equivocar Marx: el fantasma que recorre Oriente no es el comunismo, sino la democracia. Francisco Delich.

05 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
Francisco Delich*
La primavera árabe

Las revoluciones sociales del siglo 20 fueron la consecuencia de la injusta distribución de la tierra y los actores que las llevarían a cabo –el sujeto histórico– fueron los campesinos con y sin tierras, explotados desde el fondo de la historia. Cada una de esas revoluciones creó las condiciones para la emergencia de regímenes políticos o los condicionó severamente. El magistral estudio Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia , de Barrington Moore (hijo), ha cumplido cinco décadas y es por el momento un clásico insuperado para comprender la relación entre espacio territorial y política en sentido genérico, y de tenencia de la tierra y democracia en particular.Las grandes revoluciones en Rusia (1917) y China (1945-48) fueron revoluciones campesinas, asumidas de este modo en este último país por Mao Tse Tung y subordinada al proletariado por Vladimir Lenin.Las revoluciones sociales perdurables en Latinoamérica tuvieron también como razón de ser las condiciones sociales agrarias, desde México en 1910 hasta Cuba (1959), pasando por Guatemala (1944) y Bolivia (1952). Y, también, otras revoluciones menos perdurables en prolongaciones políticas, como la revolución peruana (1968).Las primeras grandes revoluciones sociales del siglo 21 se están produciendo en el norte de África. No reclaman por la tierra ni son campesinos sus actores. Reclaman por derechos y sus protagonistas son urbanos. No forman parte de la civilización occidental, aunque viven en sus bordes europeos. No son cristianos: son herederos de culturas ancestrales atravesadas por dominaciones tan antagónicas como instrumentales.Los derechos no se reclaman en nombre de Dios sino del pueblo, de la sociedad civil, de la gente. Derechos humanos, libertades civiles y participación política. Procesos distintos. Se equivocó Samuel Huntington al sugerir el inevitable enfrentamiento entre el Occidente cristiano y el Oriente musulmán. Se termina de equivocar Karl Marx: el fantasma que recorre Oriente no es el comunismo, sino la democracia. Los países no son asimilables históricamente –aunque compartan territorios, lenguas y religiones más o menos comunes– porque en el último medio siglo tuvieron procesos distintos de independencia política después de la Segunda Guerra Mundial. Compartieron regímenes autoritarios o autocráticos, democracias limitadas y eventualmente corruptas, alineamientos tercermundistas o soviéticos o estadounidenses durante la Guerra Fría.Y, sin embargo, una ola democratizadora los recorre. Las autocracias no se sostienen en el vacío social. Ningún régimen político perdura a través de generaciones sin un orden social que se reproduzca, que tenga legitimidad y consolide algún tipo de establishment apropiado; es decir, una conducción y garantía del orden social compatibles con el régimen autoritario. Creo haberlo demostrado analizando la relación entre el régimen político que Alfredo Stroessner instauró en Paraguay durante medio siglo, entre la apropiación y distribución de la tierra y el orden conservador funcional. Diferencias significativas. Entre la sociedad militar que fundó y consolidó Gamal Abdel Nasser desde 1954 y la alianza tribal que Muamar Kadhafi mantuvo durante cuatro décadas, existe una distancia significativa. Alianza de jefes tribales en Libia, surgimiento de una nación panárabe en Egipto; orden patriarcal en Libia, surgimiento de una burguesía local en Egipto. Sin embargo, ambos comparten desigualdades sociales y autoritarismo, conservación de costumbres acompañadas de exacciones inauditas, modernizaciones tardías alejadas de la modernidad occidental. No es el antiguo monólogo de la razón que persigue progresos de consecuencias no queridas. Es una razón que contiene más a Immanuel Kant que a Georg Friedrich Hegel. Es una urbanización sin ruptura agraria, congestión de marginalidad sin Estado benefactor, aparición de clases medias sin soporte normativo, difusión escolar insuficiente. Pero, probablemente, la hipótesis más consistente la formuló el sociólogo francés Emmanuel Todd al señalar dos revoluciones silenciosas: una, demográfica; la otra, educativa. Las mujeres árabes, como en Occidente, tienen cada vez menos hijos y más tiempo para ellas. La alfabetización –lo señalé– convierte habitantes en ciudadanos. No se fundan estados: sólo gobiernos.En ese contexto, la rebelión social es pura reacción, más que proyecto político o social. La demanda democrática es una precondición de la transformación política y ésta, del reconocimiento de un orden social distinto que asuma los nuevos actores sociales, más allá del mercado financiero global que muchos llaman globalización. Pero es una precondición que sólo se agota cuando se convierte en orden posible. Se convierte en fenómeno planetario cuando los medios de comunicación individuales atraviesan la sociedad y anticipan a los medios de comunicación masivos; cuando el reclamo no proviene de una situación económica ni se traduce en intereses, sino que es profundamente simbólico.

*Sociólogo; ex rector de las universidades de Buenos Aires (UBA) y Nacional de Córdoba (UNC).