Presencia y potencia
En cualquier tipo de familia (tradicional, monoparental, ensamblada, homoparental o en transición), el reclamo es el mismo, aunque esto parezca caracterizar estereotipos de género.
Los niños suelen ser obstinados en pedir a sus padres que sean padres. Esta redundante obviedad muestra la importancia de que los adultos asuman de modo activo sus roles si no quieren que los chicos muestren síntomas de carencia.
En cualquier tipo de familia (tradicional, monoparental, ensamblada, homoparental o en transición), el reclamo es el mismo, aunque esto parezca caracterizar estereotipos de género.
Los chicos siempre requirieron y requieren una mujer/madre que los contenga y transmita rituales de crianza, como el cuidado corporal, mantener horarios de alimentación y sueño y sostener rutinas escolares. Por supuesto, la pareja puede cumplir idénticas tareas, aunque los chicos esperarán en algún momento gestos femeninos.
También aguardaron y aguardan ver a un hombre/padre que establezca la ley: normas no escritas que equilibren los vínculos, brinden frenos a los desbordes y marquen límites. Una mujer puede hacerlo igual o mejor, pero los pequeños insistirán en ver el toque masculino.
Contención y ley, dos aspectos complementarios que, de existir, sostienen la salud física y mental de los hijos; pero, cuándo no, estos reaccionan: con la voz o con el cuerpo, con síntomas físicos o psicológicos, pero siempre de forma enfática, para que se entienda que algo importante les está faltando.
Surgen rebeldías, actitudes desafiantes o a veces problemas en las relaciones con los demás; también trastornos de sueño o aparentes retardos madurativos, por la frustración por no recibir lo esperado.
La tarea se complica cuando un progenitor debe cumplir con ambos roles solo y las conductas infantiles reflejan carencia. La familia ampliada (parientes elegidos o amigos del alma) puede aliviar la carga.
Dibujar el mapa familiar permite sospechar el origen de síntomas complejos al definir quiénes y cómo se cumplen (o no) los roles de padre y madre (otra vez: quienes ocupan ese lugar estructural).
Para reconocer si las reacciones infantiles indican carencia de contención o ley y para actuar en consecuencia, cada padre debería conocer qué se espera de él. En verdad, para ambos lo mismo, pero con particularidades.
De quien cumple el rol de madre, se esperan muchas cosas, pero sobre todo presencia. No necesariamente acumulación de horas con los hijos, sino coherencia en el decir y el hacer, en cumplir las promesas, en llegar a horario, en conocer los gustos, fortalezas y debilidades de cada hijo, y en ser autora principal de rutinas familiares.
Todo eso puede ser satisfecho aun en ausencia. Porque si dispone de largos períodos fuera de su casa para trabajar u otras actividades, los niños entenderán y sentirán idéntica contención siempre y cuando esté cuando dice que está. Porque los chicos perdonan cualquier ofensa, excepto no querer estar con ellos.
De quien cumple el rol de padre, se espera lo mismo, pero principalmente potencia. La capacidad de poder hacer todo para y por los hijos: desde protegerlos de peligros externos hasta la fuerza para abrir una gaseosa; desde cargar bultos pesados hasta patear penales; desde arreglar la bici hasta mantenerlos a salvo de los ladrones.
Esto no significa que no pueda mostrar flaquezas o falta de habilidad en algo, pero ningún niño ha dejado de pensar, al menos hasta la adolescencia, que en verdad su padre es un superhéroe.
En realidad, los roles no son estáticos; por el contrario, se intercambian según la circunstancia, pero lo masculino y lo femenino deben estar, y en lo posible a la vista de los chicos.
Luego vendrán los años en que, para desesperación de los hijos, los padres se tornan súbitos ignorantes y las madres insisten en despedirlos con un beso a la puerta del colegio.
Potencia y presencia perderán prestigio ante quienes ahora prefieren educarse con sus pares, no con sus padres.
Hasta entonces, la crianza inicial, la que funda, dependerá de la contención y de la ley.
* Médico

